Se acabó la fiesta

Sábado, 11 Octubre, 2008

Si algo hemos aprendido los mexicanos de la llamada generación de la crisis (los que nos integramos al mercado laboral a finales de los setenta y principios de los ochenta) es que la capacidad de empeoramiento es infinita y que eso que se llama tocar fondo es sólo una bella metáfora de psicoanalistas.

Cada crisis era una vuelta más a la tuerca y lo que parecía ser el límite siempre era simplemente una línea imaginaria. También aprendimos que aquello de que el pueblo no aguanta más, es una muletilla de políticos que, en nombre del pueblo que no aguantaba más, hicieron los grandes capitales de este país. Fuimos una generación que aprendió economía en los cafés y que hicimos del eterno retorno un acto de fe: si de algo estábamos seguros es que cada fin de sexenio regresaría la crisis.

Contrario a la generación anterior, que escuchaba a José Alfredo y cantaba con falso convencimiento aquello de que “la vida no vale nada”, la generación de la crisis lo que pregonábamos era que lo que no valía nada era el dinero y que entre más rápido te lo gastaras menos perdías. Quizá por eso, y sólo por eso, esa generación apreciamos tanto a Ernesto Zedillo; gracias a él pudimos decir, “un peso es un peso es un peso es un peso”, parafraseando el poema Sacred Emily de Gertude Stein, que contiene el famoso verso “a rose is a rose is a rose, is a rose” (y que lo chinos tradujeron como “arroz es arroz es arroz es arroz”).

La crisis actual no se parece en nada a las de antes, lo cual no es ni una buena ni una mala noticia, es simplemente un dato. No es una crisis de las finanzas públicas del gobierno mexicano, sino una crisis del sistema financiero mundial y del modelo económico. Es cierto lo que dijo el secretario de Hacienda, Agustín Carstens, en esta ocasión no nos dará pulmonía, pero da igual si lo que tenemos es un choque sistémico que es más grave y para el cual no hay medicina.

Hay quien quiere ver en esta crisis financiera mundial el equivalente neoliberal a lo que fue la caída del muro de Berlín para el sistema socialista. Suena bien como deseo de venganza manque sea tardía, pero sólo sirve como comparación para entender la gravedad del asunto.

Hay dos componentes clave en esta crisis que no hay que perder de vista. El primero es que el crecimiento mundial de los últimos años estuvo basado en la capacidad de consumo de los gringos y los europeos. El juego era venderle a los gabachos lo que fuera y para eso había que aumentarles el crédito indefinidamente. Hasta a los gordos les llegó el momento en que ya no pudieron comer más y comenzó la devolución de la botana. Ante el espectáculo, el mesero decidió que lo mejor es traer la cuenta a la mesa pero resulta imposible que los gordos paguen todo lo que se tragaron. Ni con todas sus tarjetas juntas les alcanza para pagar y viene entonces una crisis en cascada porque nadie puede cobrar. Hay una crisis del modelo de economía basada en el consumo, pero ésta, más temprano que tarde, se va a recuperar. Si alguien piensa que este es el fin de la economía de mercado se va a llevar una buena decepción.

El segundo componente es financiero y tiene que ver con el modelo neoliberal. Para darle de comer a los gordos insaciables se podía hacer de todo. Cualquier maroma era permitida con tal de que los atascados siguieran tragando. Nos brincamos por lo menos dos cortes de caja (los ciclos económicos más o menos previsibles) para no interrumpir la comilona con el objetivo de que el crecimiento mundial no se detuviera. Esas maromas financieras no tenían red de protección. Se tomaron riesgos de más y llegó un momento en que hasta los espectadores estaban en peligro por la irresponsabilidad de los malabaristas.

El sistema financiero internacional es el que sí tendrá que sufrir grandes cambios, al menos en lo que tiene que ver con la regulación de los mercados. Difícilmente veremos de nuevo una “fiesta” financiera neoliberal como la que vivimos en los últimos 20 años.

La crisis no va a derivar en un cambio de paradigma, porque no hay otro paradigma en juego. Lo que sí se replanteará es el papel del Estado en la economía y la necesidad de regular los mercados. Hasta los más reventados están pidiendo a gritos que alguien ponga orden en la fiesta. Será un regreso a modelos de mayor intervención gubernamental, un giro a la izquierda. No faltará quién desempolve su boina del Che Guevara, los acetatos de Los Calchaquis y eche a volar El cóndor pasa. Pero regresar sin más a los años de la economía regida por el Estado será fracaso seguro: el gobierno sigue siendo un pésimo gestor.

La siguiente crisis, empujada por factores ecológicos, va a ser, ahora sí, la del modelo de consumo. Pero, como nos gusta estirar la liga hasta que reviente, esa crisis previsible nadie la está atendiendo.

diego.petersen@milenio.com