Había una vez unos mercados muy malos

Sábado, 11 Octubre, 2008

El modelo económico dio de sí, sus resortes están fatigados, ya no regresan a su estado original: la idea de crecimiento perpetuo y el mercado como mecanismo para distribuir la riqueza equitativamente. Al juguete se le ven los alambres: la escasez de recursos financieros en el mundo es tal, si se trata de atender el hambre, la pobreza, epidemias, la migración, al medio ambiente o las injusticias; en cambio puede cesar, volverse bonanza y generosidad, si de salvar al sistema bancario se trata. Un ya basta soterrado, y no tanto, recorre el planeta.

En momentos de crisis económica aguda lo más sencillo es proponer un rompimiento con el sistema viejo; el problema es que el discurso neoliberal, o liberal a secas, se ha impuesto de tal manera, que las vías alternas que surgen aquí y allá, huelen a lo mismo o a un regreso al otro lado de la cortina de hierro.

¿Cómo pensar en lo otro, en una economía sin bancos, sin bolsas de valores, sin mediadores, corredores, capitales, sin los grandes tiburones del negocio, sin indicadores que nomás miden la salud de la economía misma, no la de la sociedad? Hace un año, Bill McKibben publicó Deep economy, The wealth of communities and the durable future (Economía profunda, La riqueza de las comunidades y el futuro duradero), se convirtió en un bestseller en Estados Unidos. En la introducción, McKibben dice: “Algún argumento de los que usaré en estas páginas parecerá familiar: el crecimiento ya no está haciendo a la gente más rica, en cambio está provocando inequidad e inseguridad. El crecimiento está presionando límites físicos tan profundos —como el cambio climático y el pico del petróleo— que continuar expandiendo la economía es tal vez imposible; aun intentarlo puede resultar peligroso. Pero hay algo más, un comodín de la baraja que recién estamos aprendiendo a entender: investigaciones nuevas, desde muchos cubículos, han comenzado a mostrar que aún cuando el crecimiento nos haga más ricos, la mayor riqueza no nos hace más felices.

“Puestos juntos, estos hechos muestran que necesitamos hacer un cambio básico. Dado todo lo que conocemos respecto a temas cuyo rango va de la estructura molecular del dióxido de carbono a la psicología de la satisfacción humana, necesitamos movernos decididamente hacia reconstruir nuestras economías locales. Esto quizá mueva menos materiales, pero producirá relaciones más ricas; esas economías tal vez crezcan menos rápidamente, si es que crecen, pero sin duda se las arreglarán para durar más.

“Cambiar nuestro enfoque hacia la economía local no significará abandonar a Adam Smith o abolir los mercados. Los mercados, obviamente, funcionan. No obstante, construir una economía local implicará cesar de adorar a los mercados como infalibles, y conscientemente fijar límites a sus alcances. Necesitaremos minimizar la eficiencia y poner nuestra atención en otras metas. En nuestros hábitos cotidianos tendremos que hacer los cambios más grandes que se hayan visto en generaciones –y un cambio mayúsculo, también, a nuestra manera de ver el mundo, a nuestro sentido de lo que constituye el progreso.”

La tarea no es poca: ir de la centralidad de la economía y sus requerimientos endogámicos, a entender nuestra vida de un modo diferente, a medir el progreso más allá de la capacidad de consumo de productos hechos en China, o por el número de ricos Forbes.

¿Podremos poner la economía al servicio de la justicia, de la felicidad (por más inaprensible, indefinible y acientífica que sea), la del presente? De entrada, pensar en la economía de comunidad en comunidad parece menos arduo que seguir poniendo parches a un modelo cuyos cimientos se mantienen firmes sólo si pueden echar mano del erario del país.

Y en este punto, cuando se trata de resolver un problema financiero disponiendo del trabajo de quienes no participan del desarrollo, el asunto se vuelve político: en 1969 Octavio Paz escribió: “Una sociedad plural, sin mayorías ni minorías: en mi utopía política no todos somos felices, pero todos somos responsables.”

El mensaje que envía la actual crisis económica mundial es: quienes detentan la riqueza y propiciaron la debacle, no son responsables, para eso está la masa, desdichada y obligada por decreto. El modelo caducó, ¿quién lleva la noticia al imperio? O esperamos a que escuche la explosión.