Estrepitoso derrumbe de la economía-casino

Domingo, 28 Septiembre, 2008

Cada vez que trato de entender las maquinaciones de los grandes especuladores bursátiles —ya saben, esas tramas tan complicadas de dineros ajenos que se apuestan para generar exorbitantes ganancias propias— me agarra el síndrome de déficit de atención, o como quiera que se le llame en castellano al Attention Deficit Disorder, el famoso ADD. Esto de no poder seguir enredados silogismos y fórmulas crípticas ya me ocurría en el colegio, en las clases de Matemáticas, Química, Física o cualquier otra asignatura que tuviera apenas que ver con la ciencia exacta (en oposición a otras materias más difusas que puedes tramitar alegremente por poco que tengas una mínima facilidad de palabra).

En fin, es muy difícil comprender la oscura lógica de los actuales mercados financieros —sobre todo el funcionamiento de aquellos mecanismos que no parecen tener demasiada relación con la “economía real” y con los procesos productivos— aunque haya uno intentado la conquista de algunas cumbres del pensamiento económico. En la adolescencia, no pude jamás digerir párrafo alguno de Karl Marx; luego, al convertirme al liberalismo galopante, la lectura de Adam Smith me pareció tan abordable como jubiloso fue, más tarde todavía, el descubrimiento de aquellos teorizantes, tales que Ludwig von Mises, Joseph Shumpeter y Friedrich Hayek, que habrían de fortalecer mi adhesión a uno de los principios de la sociedad abierta, a saber, el libre mercado.

Muy bien, es probable, sin embargo, que estemos, ahora, ante una perversa manifestación del “capitalismo malo” en tanto que el componente especulativo de muchas transacciones no sólo ha adquirido proporciones colosales sino que, al fracasar las apuestas de los temerarios y voraces jugadores, amenaza la integridad misma del sistema financiero mundial. Se escuchan, por ejemplo, voces que denuncian una evidente falta de regulación del Gobierno de Estados Unidos: lo ha dicho ni más ni menos que el ministro de Hacienda alemán, el señor Peer Steinbrück, en un durísimo discurso. Otros analistas, invocando justamente a Shumpeter, hablan de ese crónico proceso de “destrucción creativa” que expresaría la esencia misma del capitalismo y que podemos observar, entre otros fenómenos, en la reconversión de muchos sectores y la desaparición de algunas actividades económicas a favor de otras; por ejemplo, la reducción porcentual del sector industrial para dar paso al segmento de los servicios o la dolorosa recomposición de tantas industrias, digamos, la transición del henequén al nylon o la desaparición de la máquina de escribir con la llegada de la PC.

Pero, señoras y señores, aquí no estamos hablando de añejos procesos de producción sino de una serie de prácticas muy dudosas y de fabulosos rendimientos obtenidos gracias a la especulación. Adam Smith atribuía al deseo de lucro la virtud de generar riqueza y bienestar social. Esta propuesta, sin embargo, entraña siempre el reconocimiento del otro, o sea, una especie de egoísmo interesado donde las necesidades de los demás ocupan un lugar importante en tanto que contribuyen a satisfacer las necesidades propias. No parece ser el caso de los descarnados operadores de Wall Street que, movidos por una codicia desmedida y beneficiándose de la ausencia de reglas claras, han llevado al colapso del sistema financiero. En todo caso, el beneficio prometido a millones de pequeños inversores —personas que han colocado sus dineros en manos de los profesionales para garantizar, muchas veces, una simple jubilación o la mera supervivencia de sus ahorros— se ha esfumado tras la ola de quiebras de bancos y grandes corporaciones financieras.

Es ahí donde interviene el supremo Gobierno, muy a la manera de como ocurrió con el Fobaproa mexicano. El Hijo de Bush quiere traspasar 700 mil millones de dólares —una cifra astronómica—para rescatar el sistema financiero. Es dinero de los contribuyentes. Este hombre, por lo visto, olvida que redujo los impuestos a las grandes corporaciones y los ricos de su país. Ahora, mira tú, los fondos públicos le sirven para pagar los platos rotos. Curiosamente, muchos de sus correligionarios del Partido Republicano se oponen radicalmente a cualquier intervención del Gobierno en la economía. Pero, si no hay rescate no hay salvación. Ya no es un asunto de moralidad y de ideologías. Es una cuestión, urgentísima, de mera supervivencia.

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