¿Una nueva guerra fría?

Viernes, 5 Septiembre, 2008

En la primera mitad de los años noventa, poco después de la fragmentación de la Unión Soviética en quince países, cuatro conflictos alcanzaron un estado de congelación: el de Osetia del Sur y Abjazia, en Georgia; el del Alto Karabaj, en Azerbaiyán; y el de Transdniéster, en Moldavia. Sin embargo, la independencia de Kosovo en febrero de 2008, aunada a la aparición del líder georgiano Mijaíl Saakashvili, ávido por reunificar las tierras de su país e ingresar en la OTAN, derritió este universo congelado. Así, el 7 de agosto, Georgia intentó conquistar la región separatista de Osetia del Sur. Los rusos, por su parte, contraatacaron, argumentando la defensa de sus conciudadanos residentes en el territorio mencionado con anterioridad.

Cinco días después, el presidente de Rusia, Dmitri Medvédev firmó el alto al fuego, patrocinado por el dirigente francés Sarkozy en su calidad de presidente en turno del Consejo de la Unión Europea. De esta manera, Medvédev se comprometió a cumplir con los siguientes seis puntos: la renuncia al empleo de la fuerza, un alto al fuego real, el libre acceso de la ayuda humanitaria, la retirada de las tropas georgianas a los lugares de emplazamiento permanente, el repliegue de los rusos a la línea anterior al comienzo de los combates y el inicio de un debate internacional con el fin de encontrar los mecanismos para garantizar la seguridad de Osetia del Sur y Abjazia.

A pesar de que el plan señalado previamente omitió toda alusión al estatuto futuro de dichas regiones separatistas, el 26 de agosto Rusia reconoció su independencia, asegurando, además, su ayuda militar, económica, social y humanitaria. En consecuencia, la OTAN se enfureció: la secretaria de Estado estadunidense, Condoleezza Rice, enfatizó que “Rusia no puede tener las dos cosas: no puede actuar como lo hizo en la guerra fría y esperar que se le trate como un socio responsable al mismo tiempo”. Asimismo, dicha organización decidió cancelar la cooperación militar y las reuniones políticas regulares con Moscú. No obstante, el Kremlin afirmó estar preparado para enfrentar las posibles sanciones de la OTAN.

En este mismo sentido, la Unión Europea ha expresado su inquietud respecto al reconocimiento de Osetia del Sur y Abjazia por parte de la ex Unión Soviética. En el seno del Consejo de países europeos, no obstante, persiste la división sobre las medidas a implementar.

Occidente no está dispuesto a iniciar una guerra en contra de Rusia. El ministro francés para Asuntos Europeos, Jean-Pierre Jouyet, ha definido su política hacia la ex Unión Soviética en estos términos: “Será más una cuestión de enviar señales positivas a Georgia que de enviar señales negativas a Moscú”. Contribuir a la reconstrucción de este país, facilitar el comercio y el traslado de georgianos a través de la Unión Europea y otorgarles con mayor prontitud sus visas forman parte de estas medidas, que han sido vistas como un preludio a la admisión de Georgia en la Unión Europea.

Rusia ha asegurado no temer a una “guerra fría”, no obstante, encasillarse en la soledad no es el fin de la política ejercida por el presidente Medvédev. Por el contrario, el dirigente ruso pretende redefinir sus relaciones con Occidente. Sin duda, el ingreso de antiguos miembros del Pacto de Varsovia a la OTAN, la posible admisión de Georgia y Ucrania en la Alianza Atlántica y el reconocimiento de la independencia de Kosovo incomodaron a la ex Unión Soviética. Así, para El País, “La guerra de Osetia del Sur marca una inflexión en las relaciones internacionales de la era postsoviética, al haber propiciado que una Rusia cada vez más inclinada al autoritarismo vuelva a actuar como gran potencia. Más importante que invadir Georgia era para Rusia demostrar que podía hacerlo, colocando de paso a Estados Unidos y a Europa ante la imagen de su propia impotencia. […] Rusia ha visto en los náufragos de la antigua URSS un instrumento para afirmar su política contra la ampliación de la OTAN”.

En este mismo orden de ideas, en “Georgia es la clave”, Gabriel Albiac establece: “Osetia del Sur no es gran cosa. Georgia lo es todo. Materialmente hablando, la independencia de ese trozo de nada es irrisoria. Pero nadie está allí matando o haciéndose matar por independencia alguna". ¿Estamos, por tanto, en el umbral de una nueva guerra fría, patentizado por la pretensión de Rusia de mostrar su indiscutible influencia sobre las antiguas repúblicas soviéticas?

Érika Petersen O’Farrill

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