Amparo

Jueves, 4 Septiembre, 2008

Preguntó si “el amparo” era un homosexual vendedor de tortas por el rumbo de Atemajac. No es un nombre de mujer, le dijo su asesor en barbajanería y guerra sucia. Es un recurso jurídico capaz de librarlo de sus males.

¡Ah, un amuleto de la suerte! gritó exaltado dando brinquitos de emoción. Pues en este mismo momento, dijo con el tono histriónico, solemne empleado en sus últimos espectáculos públicos, instruyo a mi achichincle encargado de compras para que me compre uno bien grandote.

No maestro, le dijo su asesor de cabecera y teórico del autoritarismo servil, se trata de un papelito donde se le otorga una suspensión y solicitan su restitución.

¡Ah! Exclamó nuevamente exaltado pero dubitativo. ¿Significa que se me restituirá mi condición humana? No maestro no, gritaron con cierta desesperación al unísono los tres asesores mas escuchados.

Restituirlo significa que aunque nadie lo quiera, aunque nadie soporte sus poses de priísta del jurásico, aunque nadie se coma el cuento de la iluminación transformadora por la que según usted atravesó, aunque no tenga proyecto, programa o idea de cualquier cosa relacionada con el puesto que ocupaba hasta hace unos días, usted podrá sentarse en la silla y volver a ponernos en su generosa nómina.

¿Y podré volver a gritar, desconocer y sentirme superior a cualquiera como la canción que me ponen para dormir?, ¿y volveré a entrar a los pueblos con la banda de guerra por delante y en medio de una incesante lluvia de confeti?

Claro maestro, aunque esas charlotadas salen un poco caras, el exhibir su figura por los pueblos nos deja buenos dividendos políticos.

En un instante, el rostro sudoroso y enrojecido de felicidad, se transformo en un puchero y con la voz a punto de quebrársele preguntó ¿y volveré a ser amigo del borrachito del pinche papelito?

Claro maestro, volvió a gritar el cuerpo de asesores levantando los brazos. El amparo, no el de las tortas que le gustan, puede hacer eso y mucho más. Qué importan los problemas sociales que su necedad pueda generar. A quien le importa el que usted busque venganza y sus rencores acumulados en años de servilismo generen divisiones, odio e inestabilidad en la sociedad.

El buen derecho es el derecho. La gran institución heredera de Crescencio Rejón, Mariano Otero y otros grandes abogados, puede permitirle a usted cometer esos y otros excesos con la impunidad que usted requiera. Si el góber precioso pudo, a poco usted no.

La estética judicial hace milagros.

rcastela@cencar.udg.mx