La conspiración
Miércoles, 27 Agosto, 2008
Sabemos que es usted muy puntual, licenciado Maldonado.
Es usted un hombre de muchas virtudes.
Algunos dicen que demasiadas
• La cabeza de la hidra,
Carlos Fuentes
El reclamo generalizado a las distintas instancias de gobierno por el fracaso en la seguridad pública ha obtenido distintas respuestas. Una de ellas han sido los 75 compromisos surgidos en el Consejo Nacional de Seguridad Pública, celebrado la semana pasada. De entrada, lo copioso de los compromisos no puede sino despertar antes la suspicacia que la disposición, pues no se requiere sino sentido común para comprender que, entre tantas metas, existe un claro riesgo de incumplirlas.
Entre los compromisos del acuerdo nacional, aparecen la próxima creación de los llamados centros de control de confianza que, según el secretario de Gobernación, tendrán como principal encomienda la aplicación de cuatro valoraciones a los encargados de la seguridad pública: patrimonial, psicométrica, toxicológica y poligráfica. Con dichas pruebas pretenden controlar el enriquecimiento ilícito, la salud mental, el uso de enervantes y la “honestidad” de los servidores públicos que atienden nuestra seguridad.
Dos inconvenientes son los que, sin duda, convertirán en un fracaso más esta idea surgida de nuestros especialistas en la cosa pública. El primero tiene que ver con la funcionalidad burocrática y con el necesario monitoreo que se tendría que hacer de los miles de servidores en esta área; porque no sería suficiente valorar a los trabajadores una vez, sino y —ante todo— dar seguimiento a los supuestos indicadores de intachable conducta; es decir, verificar cada tanto que el trabajador público no se ha enriquecido ilícitamente todavía, o que no se ha vuelto loco, o que no ha hecho un hábito del vicio, o que no ha descubierto la utilidad y deleite de la mentira. El segundo inconveniente que de entrada parecería ser sólo una cuestión semántica, entraña un contrasentido que en realidad advierte que se ha hecho una focalización incorrecta del problema y, por lo tanto, se han desprendido estrategias que poco o nada coadyuvarán a erradicar los cotidianos crímenes.
Hablar de “centros de control confianza” es absurdo porque la confianza si es tal, surge de manera espontánea y genuina. La confianza no puede ser nunca controlada, la confianza es la seguridad o expectativa sólida que se tiene sobre alguien o sobre algo. Imagínese usted controlando la confianza que le tiene a su pareja, en ese momento, la confianza se acabó, no existe, no es tal. Control y confianza son en muchos sentidos, opuestos.
Más allá de la intención de controlar la virtud de los servidores públicos, tendríamos que preguntarnos cómo es posible hacer que la virtud no sea un obstáculo, sino un medio para ganar el respeto en los ámbitos profesionales y políticos; tendríamos que preguntarnos cómo podemos erradicar el vergonzoso refrán nacional “el que agandaya, no batalla”; y también tendríamos que imaginar cómo podemos vivir sin pensar que “este mundo se divide en chingones y pendejos y hay que escoger ya” (La muerte de Artemio Cruz, Carlos Fuentes).
La incorruptibilidad no es un don de origen incierto. Antes bien, es posible no ser corrupto teniendo conciencia de quien es uno mismo y quiénes son los otros. No existe otro medio de saber quién es uno mismo que utilizando la reflexión y los conceptos, más allá de cualquier dogma. Si se descubre que no se es muy bueno que digamos, la cultura, la literatura y el arte ayudan a la construcción de un ser mejor o tolerable. No se nace siendo corrupto, se lucha por no serlo. Con la medicina pretendemos salvar la corrupción del cuerpo y con la literatura y la filosofía pretendemos salvar la corrupción de nuestro ser.
¿No sería mejor, entonces, despedir a Elba Ester Gordillo, liberar nuestro sector educativo?, ¿no sería más efectivo pagar en especie —con libros y arte— esos obscenos aumentos que se atribuyen nuestros políticos?, ¿no sería más útil que los delincuentes purguen una pena de miles de minutos de horas lectura y escritura, arraigados en su propio ser?
La cuestión es que vivimos una conspiración imaginaria: somos “como las botellas que se usan en el teatro: con etiqueta de coñac y rellenas de limonada” (Rodolfo Usigli, El gesticulador). ¿Cuándo y cómo comenzaremos a derrotar esta conspiración imaginaria?
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