Aborto y criminalidad (I)
Martes, 26 Agosto, 2008
En este momento tiene lugar una discusión en torno a dos temas aparentemente inconexos: el incremento de la delincuencia y la despenalización del aborto. El primero ha colocado en un víacrucis al país, mientras que el segundo mantiene dividida a la Suprema Corte de Justicia y a la opinión pública. ¿Podría la despenalización del aborto contribuir a la baja significativa de la criminalidad en el país?
Para Steven D. Levitt, maestro de economía en la Universidad de Chicago, y Stephen J. Dubner, periodista del The New York Times, autores del libro Freakonomics (o el lado oculto de los fenómenos que nos afectan cotidianamente), la respuesta no sólo es afirmativa, sino que dicha acción es más eficaz que la cadena perpetua, la pena de muerte, el incremento de policías en las calles, la elevación de presupuestos públicos y privados para seguridad, o la misma autorización para que los ciudadanos compren armas y defiendan sus propios hogares.
Para Levitt y Dubner, permitir que las mujeres puedan interrumpir de manera legal un embarazo puede convertirse en la política pública más eficaz para disminuir drásticamente los índices de criminalidad en una sociedad. La razón es sencilla. “Décadas de estudio han demostrado que un niño que nace en un entorno familiar adverso tiene muchas más probabilidades de convertirse en un delincuente”, que aquel niño procreado en un entorno de nacimiento planeado, esperado y querido. ¿Cuál es ese entorno familiar adverso? “Madres pobres, solteras, adolescentes con embarazos no deseados, para quienes el aborto ilegal resulta excesivamente costoso (más de ocho mil pesos en México, por ejemplo) o inaccesible”.
Pero dejemos a los autores del libro y del concepto Freakonomics que nos relaten a su manera esta vinculación. El crimen en Estados Unidos, al inicio de los 90, “había ido aumentando implacablemente –una gráfica que trazara el índice de criminalidad en cualquier ciudad estadunidense durante las últimas décadas semejaba una pista de esquí de perfil—y parecía anunciar el fin del mundo tal y como lo conocíamos. La muerte por arma de fuego, intencionada o no, se había convertido en algo corriente, al igual que el asalto y el robo de coches, el atraco y la violación. El crimen violento era un compañero horripilante y cotidiano. Y las cosas iban a peor. Así lo afirmaban todos los expertos.
“La causa era el denominado superdepredador. Durante un tiempo estuvo omnipresente: fulminando con la mirada desde la portada de los semanarios, abriéndose paso con arrogancia en los informes gubernamentales de 30 centímetros de grosor. Era un adolescente canijo de la gran ciudad con una pistola barata en la mano y nada en el corazón, salvo crueldad. Había miles como él ahí fuera, nos decían, una generación de asesinos a punto de sumir al país en el más profundo caos.
“Criminólogos, politólogos y doctos analistas plantearon un futuro horrible… Y entonces repentinamente, en lugar de seguir aumentando la criminalidad comenzó a descender. A descender, descender y descender aún más. La caída resultó sorprendente en varios sentidos: era omnipresente, las actividades criminales, en todas sus categorías, disminuían a lo largo y ancho del país; era constante, con descensos cada vez mayores año tras año; y completamente imprevista, sobre todo para los grandes expertos que venían prediciendo lo contrario”. Freakonomics, Ediciones B, Barcelona, España, 2006.
Todos los especialistas, apuntan Levitt y Dubner, se apresuraron entonces a dar sus explicaciones: por ejemplo, los economistas apuntaron que fue gracias a la reactivación económica y el empleo, ya que los jóvenes preferían un trabajo seguro a la delincuencia riesgosa; los abogados por su parte apuntaron al endurecimiento de las leyes y penas como la explicación más lógica; los estrategas policiales, a su vez, decían que la disminución era obra de la proliferación de leyes para el control de las armas.
“Estas teorías se abrieron paso , al parecer sin cuestionamiento alguno, desde las bocas de los expertos a los oídos de los periodistas y a la opinión pública. En breve pasaron a formar parte de la sabiduría convencional. Sólo presentaban un problema: que no eran ciertas”, apuntan los autores.
“Entre tanto, existía otro factor que había contribuido enormemente al extraordinario descenso de la criminalidad en los 90. Había tomado forma 20 años antes e implicaba a una joven de Dallas llamada Norma McCorvey.
“Como la mariposa del proverbio que bate sus alas en un continente y finalmente provoca un huracán en otro, Norma McCorvey alteró de forma espectacular el curso de los acontecimientos sin pretender hacerlo. Lo único que ella quería era abortar”.
ricardo_monreal_avila@yahoo.com.mx


