Rituales urbanos / 2

Martes, 26 Agosto, 2008

La ciudad es un caos. O mejor dicho, las pequeñas ciudades que conforman Monterrey y su área metropolitana son parte vertebral de este caos. Sé que no estoy descubriendo el agua tibia con esta afirmación.

A lo mejor los regios son muy chingones para asar carne o volcarse en masa hacia el futbol, lo cual no es ningún mérito. Pero son malos para manejar, para conservar limpia la ciudad y para respetar los derechos de los demás. Sé que estoy generalizando y que es horrible hacerlo. Pero también estoy consciente que hay rasgos culturales que nos hacen ver más provincianos; o en su defecto, siendo realistas, más nacos.

Fiebre rayada. Nunca he ido a un partido de futbol ni pienso hacerlo. Me parece una pérdida de tiempo estar más de dos horas en una banca dura haciendo olas o echando porras al equipo favorito o a los jugadores que se la rifan. No que me moleste este deporte. Más bien reniego de la parafernalia que hace ver el balompié como un redondo dios. Ya Juan Villoro tiene un título así: Dios es redondo, sobre crónicas de futbol.

Mientras salía de MILENIO, hace poco más de una semana, los fans de Rayados salían del estadio Tecnológico. No quiero herir susceptibilidades, pero no parecían humanos. Semejaban una estampida de búfalos o algo así. Los búfalos gritaban a rabiar y no se acababan nunca. Pronto bloquearon Garza Sada, Junco de la Vega y calles aledañas al Tec.

Los búfalos iban a pie, en autos, en autobuses. Ocupaban los sentidos contrarios de algunas calles y no respetaban hombre, mujer o quimera que se atreviera a invadir su camino. Llevaban pancartas y banderas. Algo del primitivismo indígena propio de las antiguas tribus de Rayados se apreciaba en aquellos gritos y cantos.

No hay fuerza capaz de detener la infame turba. No soy un amarguetas. No siempre me disgusta el bullicio. Pero el bullicio, mejor dicho, el alarido de los hinchas Rayados me parece patético. Definitivamente los estadios de futbol deben estar lejos del mundanal ruido. El estadio Tecnológico ya es parte del centro. Ahorcar la ciudad por un juego de futbol no es nada meritorio.

No veo ninguna actitud deportiva en una marabunta de aficionados gritando en coros desafinados, corriendo, atropellando, arrojando basura por todos lados. No veo disciplina ni la tenacidad que requiere el deporte. Quizá todo se deba al deseo de desahogarse de la opresión laboral, familiar, urbana o una simple barra para deschongarse.

Por el lado de Tigres no se cantan mal las rancheras. La vendimia en Ciudad Universitaria y la reventa de boletos hace que por unas horas los alrededores del estadio parezcan un mercado sobre ruedas.

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