¿Quién puede leer la Biblia?
Martes, 19 Agosto, 2008
Los temas de religión y política suelen levantar pasiones. Pero pocas veces me han escrito tantos lectores para darme su opinión, quejarse de mis afirmaciones o respaldarme en lo que dije, como en las últimas semanas, a propósito de la utilización de partes de la Biblia para apoyar una campaña a favor del uso del condón entre los jóvenes. Al final, me quedan más claras algunas cosas. En primer lugar, que nadie es poseedor absoluto de un libro sagrado o un conjunto de textos sagrados. Pensemos en los textos védicos, en las recopilaciones de las enseñanzas del Buda, en el Corán, en el Antiguo Testamento o en los Evangelios: afortunadamente, no hay una sola interpretación de los mismos. Osama Bin Laden podrá tener su propia lectura del Corán e incluso reinterpretará términos como el de yijad (jihad) o “guerra santa”, pero afortunadamente no es el único en poder hacerlo y eso ha permitido que muchos musulmanes tengan una lectura distinta e incluso lo contradigan. En la medida en que el mundo musulmán es muy complejo, pese a la existencia de escuelas coránicas, las corrientes de interpretación y tendencias religiosas son enormemente diversas, desde las “sufis” o místicas, hasta las más racionalistas, desde las shiitas hasta las sunnitas, desde las que están en Túnez o Marruecos, hasta las que se encuentran en Indonesia o Filipinas y que, por la influencia de sus propias culturas, leen los textos sagrados con ópticas particulares.
En los países de mayoría católica estamos demasiado acostumbrados a pensar en términos de “Iglesia”, más que en los de “religión”. Pero ésa no es la realidad mundial. No hay por ejemplo una Iglesia musulmana, como no hay una Iglesia budista o una Iglesia hinduista, para hablar de algunas de las religiones que más fieles o seguidores tienen. Por lo tanto, el pensamiento teológico no está centralizado y muy pocos pretenden tener la última palabra acerca de su religión. Si acaso, sugieren su interpretación de los textos, de la tradición, de los pensadores originales, etcétera. Pero, sabedores de la existencia de un enorme pluralismo, aunque algunos hacen proselitismo para imponer su versión de las cosas, no son capaces de imponer su verdad particular. El budismo tibetano no es igual al budismo zen y el Dalai Lama no pretende imponer sus verdades a los budistas de otras corrientes diversas en Vietnam, en China o en Japón.
Esto que sucede en otras religiones no siempre es claro en el cristianismo, en el que, independientemente de la creencia en Jesucristo como salvador de la humanidad, hay muchas “iglesias”, corrientes de pensamiento, tradiciones religiosas, escuelas teológicas e interpretaciones escatológicas. El catolicismo nos ha acostumbrado a pensar en la centralidad y en el dogma, en lo que supuestamente “debe ser” y en la “correcta interpretación”, pero visiones de lo que es y debe ser el cristianismo ha habido muchas desde el origen de esta religión. Nunca hubo una sola Iglesia, puesto que los apóstoles predicaron cada quien por su lado, dándole énfasis y características específicas al mensaje que empezó a llamarse cristiano. Pero por eso mismo, las divisiones entre las diversas iglesias apostólicas obligaron en época del imperio romano a la convocatoria de “concilios” para tratar precisamente de “conciliar” las diferencias. No siempre fue posible hacerlo de manera pacífica y eso llevó a las primeras persecuciones entre cristianos; los que tenían la mayoría perseguían con apoyo del emperador a los que quedaron en minoría. Pero aun así, la división del imperio en occidente y oriente habría de marcar diferencias entre las iglesias de rito griego y las de rito latino. Después de muchos siglos de enfrentamientos, las iglesias hoy llamadas “ortodoxas” terminaron excomulgando al obispo de Roma y éste hizo lo mismo con sus colegas de oriente. Por supuesto que detrás de muchos de estos conflictos había una lucha por el poder, pero también había diferencias teológicas importantes, que se fueron ahondando con el tiempo.
La reforma protestante no es más que la expresión de esta diversidad que siempre existió, aunque fue negada y donde se pudo suprimida por la Iglesia de Roma. Los que pensaron distinto fueron clasificados como “herejes” y perseguidos por muchos hombres, luego declarados “santos” (como Santo Domingo) por la Iglesia. Nada más que con Lutero las circunstancias políticas hicieron posible la sobrevivencia de su disidencia religiosa dentro del propio cristianismo. La traducción de la Biblia al alemán (así como a otras lenguas vernáculas), y la invención de la imprenta, hicieron posible que los textos sagrados llegaran a todo el mundo. Esa fue la gran aportación del protestantismo al cristianismo, porque a partir de ese momento se entendió que ya no se requería la Iglesia física de Roma para alcanzar la salvación. Lo que ahora vemos en nuestras comunidades indígenas o de otro tipo, rurales o urbanas, es el mismo fenómeno con sus consecuencias sociales, políticas y religiosas: cada quien puede leer la Biblia en su propio idioma, interpretarla y sacar sus propias conclusiones. ¿Por qué entonces, “Católicas por el derecho a decidir” no puede hacer lo mismo?
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