Cáucaso: la provocación

Sábado, 16 Agosto, 2008

Larga es la historia del conflicto que se libra en el Cáucaso, pero en sus diferentes etapas –especialmente en la más reciente que generó la confrontación militar entre rusos y georgianos– brilla el doble rasero con que Occidente ha abordado el problema del separatismo, esa tendencia exacerbada de nacionalismo que ha dividido, a veces en porciones simplemente ridículas (considerando que el factor territorio también es importante para la definición de una nación como tal), a diferentes países.

En el origen más inmediato de las tensiones que hoy sacuden a esta región tenemos desde luego la desintegración de lo que fuera la Unión Soviética, un gigante del que se independizaron estados como Georgia. Cosa curiosa: un georgiano, de nombre inolvidable porque su ismo es sinónimo de régimen totalitario y dictatorial, fue el hombre que manejó los destinos de Rusia durante décadas. A nadie se le hubiera ocurrido en esos años la sola mención de la palabra independencia, por lo que muchos georgianos se olvidaron del tema y, más bien, prefirieron consolarse con la idea de que su paisano era el mismísimo José Stalin.

Pues bien, una vez que los georgianos consiguieron su independencia sin mayor drama ni conflicto (lo mismo que Ucrania y las naciones bálticas), se opusieron militarmente, entre 1991-92, al propósito separatista de Osetia del Sur. Rusia consiguió en ese momento una tregua que se convertiría con el tiempo en un polvorín. En su habitual estilo demagógico, Boris Yeltsin se jactó de una paz que en realidad sólo aplazó un conflicto en el que los rusos tienen parte sencillamente porque los habitantes de Osetia del Sur, lo mismo que los de Abjasia, se sienten más rusos que georgianos. Para no ir más lejos, en 2006 los osetios votaron por su independencia, pero Georgia decidió desconocer su voluntad.

Con la llegada al poder de Mikhail Saakashvili, electo presidente de Georgia en 2004, las cosas comenzaron a empeorar toda vez que uno de los pilares de su campaña fue la pronta recuperación de estos territorios que han permanecido en una suerte de limbo. Hace unos días, en lo que constituyó una imprudente y bárbara provocación, Saakashvili quiso materializar su promesa con una invasión que en sus primeros días cobró sobre todo víctimas entre los osetios.

La palabra empeñada de un gobernante corrupto y, para colmo, “nacionalista”, es siempre peligrosa.

Dirigir el interés de todo un país (que tiene muchos otros problemas) hacia la recuperación de lo que se cree suyo, es el peor recurso que utilizan los políticos o dictadores para incrementar su popularidad o mantenerse en el poder. (El caso de la Guerra de las Malvinas puede ser un buen ejemplo de cómo incluso una junta militar pudo obtener el respaldo, así sea pasajero, de la población.)

En cuanto a Rusia, su reacción (“desproporcionada”, según Condoleezza Rice, representante de un gobierno que desde el lanzamiento de las bombas atómicas de Hiro-shima y Nagasaki, hasta la invasión de Irak, no tiene ninguna autoridad diplomática para hablar de actos desproporcionados) tal vez no es justificable, pero sí era del todo previsible por Saakashvili, quien por lo visto buscó polarizar las cosas y probar qué tan favorable podía ser Occidente a sus juegos de guerra. Ahora lo sabe, pero a un costo humillante que su ejército y población hubieran deseado, desde luego, no tener que pagar.

“Darse cuenta del germen de una nueva guerra en tiempos de paz es, con seguridad, una tarea difícil”, escribió Donald Kagan en su magnífico estudio Sobre las causas de la guerra y la preservación de la paz. Sin embargo, en este conflicto las cosas eran bastante claras: una acción militar de Georgia contra los osetios no podía sino desencadenar, tal como sucedió, la respuesta dura y contundente del Kremlin que, por lo demás, tiene puesta en la región toda su atención a partir del conflicto con los separatistas chechenios (un proyecto de independencia que les resulta intolerable)

Pero hay otro antecedente y que concierne a toda Europa. El periodista francés, Jean-Marie Colombani, lo ha resumido en un excelente artículo: “…habría sido conveniente acordarse de la advertencia que hizo Rusia en el momento en el que se aceptó la independencia de Kosovo. Los rusos avisaron, en nombre de la protección que consideraban que debían otorgar a los nacionalistas serbios que, si se aceptaba la independencia de Kosovo, ellos la considerarían como un precedente aplicable a las provincias separatistas de Georgia. Salvo España, que lo había advertido en su momento, los estadunidenses y los europeos hicieron mal en no tener en cuenta la amenaza rusa: si los occidentales violaban el Derecho Internacional en Kosovo, los rusos advertían que harían lo mismo en Georgia.”

¿Por qué, entonces, el presidente Saa-kashvili persistió en su intento? Sólo se me ocurre lo antes dicho: está calibrando, a un alto precio en vidas, sus apoyos en Occidente y la reacción rusa. Pasará a la historia, si no como un demente, sí como un peligroso demagogo.

De ahí que el gobierno de Bush se identifique plenamente con este personaje y le ofrezca su apoyo. Difícilmente hará algo más, pero llama la atención que sus últimos disparos diplomáticos los malgaste en respaldar las bravatas de Saakashvili. Al lado de Bush, personajes como Sarkosy y hasta Berlusconi han jugado un papel mucho más sensato que reconoce la imposibilidad de que Georgia recupere los territorios que cree suyos a través de la vía armada.

Será en el contexto de la paz como Georgia podrá negociar algo (quizás solamente que los soldados rusos no lleguen, si se reanudan los combates, hasta su capital). Pero es casi un hecho que Osetia del sur y Abjasia conseguirán su separación tarde o temprano.

arijimenez@milenio.com