¿Última llamada?

Sábado, 16 Agosto, 2008

En medio de la rebambaramba mediática y oportunista armada por el abominable asesinato del niño Fernando Martí, se han puesto de manifiesto las grandes diferencias de concepción para hacer frente a la escalada delincuencial. Hay quienes se pronuncian por aumentar las penas a los malosos, desde la cadena perpetua propuesta por Calderón, a la pena de muerte propuesta por Gamboa Patrón. Otros sostienen que la madre de todas las causas es la impunidad.

Partiendo de que las leyes son las reglas que rigen la convivencia en las sociedades organizadas, surge una contradicción de origen respecto al tratamiento de aquellos que las incumplen. Lo punible, punitivo, tiene que ver con la penalidad, el castigo y la venganza. El sistema judicial que por definición es el encargado de impartir justicia, niega que esas sean sus motivaciones, pero en los hechos, la brutalidad primitiva de la pena de muerte y las inhumanas condiciones de los sistemas carcelarios dicen lo contrario.

Las teorías de vanguardia recomiendan atender las causas que motivan la delincuencia (sociales, económicas, psicológicas, etc.) y las atrasadas se ceban contra los delincuentes, a quienes tratan como representantes del maligno en la tierra.

Así las cosas, al final hay dos sopas a elegir, o el Estado opta por profundizar en las causas del delito y avanza hacia una sociedad con igualdad de oportunidades, combatiendo la exclusión y la discriminación, e instrumenta estrategias de rehabilitación de los delincuentes con medios educativos, psicoanalíticos, ocupacionales, etc.; o sigue por el mismo camino de considerar que la sociedad se divide en buenos y malos, y endurece su tendencia a castigar con mayor rigor a los malandrines, se asume como el gran vengador de la parte buena de la sociedad.

Lo que parece simple no lo es, sobre todo porque en las sociedades actuales, atrasadas o no, donde prevalecen los valores del “éxito” basado en la cuantificación y acumulación de bienes materiales y el fin justifica los medios, la ética se hunde en un mar de desolación y la impunidad es moneda de cambio.

Durante décadas los detentadores del poder en México se han hartado de timar, engañar, saquear y mentir. Se inventaron un sistema a modo cuyo lubricante es la corrupción y fomentaron una cultura donde se ve como “natural” que la justicia y la ley estén al servicio del mejor postor. El servicio público prostituido en santa alianza con la “iniciativa privada”, construyeron una gran fábrica de ricos fast track “haiga sido como haiga sido”.

Por eso los puestos de elección, las aduanas, las delegaciones, las esquinas, las patrullas, las ventanillas, los giros negros, etc., se subastan y los postores se “asocian” con patrocinadores para adquirirlos, como dicen en el póker, hay que meter para sacar. Los malandrines antes tolerados, hoy son mecenas buscados con ansias desesperadas.

Por todo eso y muchas cosas más, resulta verdaderamente patético el desgarramiento de vestiduras de los grandes empresarios y sus organismos “civiles” clamando justicia, y escuchar por enésima vez a los jerarcas de la clase política jurando que “ahora sí” van a ir “hasta donde tope, caiga quien caiga”, sin ver que son la ocasión, de lo mismo que culpan. Ellos son los principales promotores y beneficiarios de la impunidad, criaron los cuervos que ahora les sacan los ojos.

La mugre de las escaleras se lava de arriba para abajo, reza el dicho popular, así que vale recordar que en este Periscopio le ofrecimos unos consejos gratuitos al “hijo desobediente” cuando se encaramó en la silla de todos tan querida, luego de una elección cuestionada y una debilidad manifiesta: Que se deslindara del gobierno de Fox; que investigara a fondo las acusaciones de enriquecimiento ilícito de las familias Sahagún-Fox y actuara conforme a los resultados; y, que retomara los ideales éticos tradicionales de su partido.

Con eso hubiera ganado legitimidad, credibilidad y fuerza para gobernar y emprender una etapa transformadora de la vida nacional. Prefirió la inercia y la comodidad de continuar “por el mismo camino”, las consecuencias están a la vista.

Su “gobierno” está severamente cuestionado, ya no solo por su archienemigo el “presidente legítimo”, ahora también por los poderosos grupos que apadrinaron su ascenso. Pasar de victimarios a victimas es intolerable.

Nuevamente los secuestrables han pasado a la ofensiva y han convocado otra gran marcha para exigir que se les garantice seguridad. Calderón está contra las cuerdas, su recurso favorito, los apabullantes spots, no podrá ser usado en esta ocasión y sus “asesores” no dan para más.

Tal vez sea la última llamada para que se decida a cambiar de camino y de caballo. Eso de “echarle ganas” y “ponerse las pilas” funciona para engañar o engañarse, pero no para gobernar. Llegó la hora cuchi cuchi, la hora chingüengüenchona, como decía el magazo Beto el boticario. Nadie le exige que sepa cómo, es evidente que no sabe, pero sí que acuda a los que saben.

Los cuates de que se ha rodeado le pueden servir para hacer negocios o para jugar dominó, pero el país está en una situación límite. Ya son casi cinco mil asesinados en lo que va de su sexenio. El monto de los recursos que ha costado al país su guerra contra los narcos es tan incalculable como inútil. El viraje es impostergable.

La convocatoria al Consejo Nacional de Seguridad es su gran oportunidad, será un foro con todos los reflectores y la audiencia conveniente para mostrar al menos su intención de escuchar y atender opiniones diferentes a las de su círculo cercano. Tercera llamada, tercera llamada.

Juvenal_glz_g@yahoo.com.mx