La viga en el ojo propio (segunda y última parte)
Viernes, 15 Agosto, 2008
¿Qué hacemos? ¿Cómo enfrentamos los ciudadanos la grave crisis de seguridad que pone en riesgo nuestras vidas y nuestro patrimonio? ¿Cómo exigimos al estado, a los gobernantes de todos los partidos, que cumplan, sin dilación ni pretexto alguno, con la tarea de garantizar la seguridad de los ciudadanos? ¿Cómo depositamos, de nuevo, nuestra confianza en los cuerpos policíacos habida cuenta de la evidente infiltración en los mismos del crimen organizado? ¿Cómo hacemos frente a delincuentes cada vez más despiadados, cada vez mejor armados y organizados que operan, además, impunemente a lo largo y ancho del territorio nacional? ¿Qué hacemos pues? ¿Qué nos queda?
Mal consejero es el miedo. Peor todavía la histeria colectiva. Motivos para que ambos campeen en nuestro país desgraciadamente sobran. Si es inmoral, sin embargo, que los políticos saquen raja propagandística de la sangre derramada por las víctimas del crimen, suicida habrá de resultar como nación dejarnos llevar, los ciudadanos de a pie, los que estamos más expuestos a la acción de los delincuentes, por una furia indiscriminada contra las instituciones, por la sed de venganza contra los delincuentes o contra aquellos que pensamos que son delincuentes. Justicia es lo que necesitamos; que se cumpla y que alcance a todos sin excepción pero justicia al fin y no venganza.
La impotencia de tantos; el terror colectivo, la crispación que se respira en muchos lugares, el oportunismo de unos cuantos que, con muy pocos escrúpulos y desde posiciones en el poder político o mediático, explotan y azuzan descaradamente la zozobra social, pueden arrastrarnos al abismo. ¿Qué quedaría de nosotros, como país digo, si todos nos armamos, si cada quien administra a su arbitrio lo que piensa que es la justicia, si es, finalmente, la Ley del Taleón, la ley de la selva pues, la que, producto del miedo, los agravios sufridos y la incitación al linchamiento de criminales e instituciones, se instala en nuestros campos y ciudades?
De la exigencia estridente de la pena de muerte y la descalificación histérica de todos los esfuerzos de procuración de justicia por parte del estado o la condena indiscriminada a todos aquellos que portan un uniforme o una placa de policía, a la justicia por propia mano hay sólo un paso. Es preciso reconocer que no todo está podrido. Que a la ley de plata o plomo muchos, en los cuerpos policíacos o en los aparatos de procuración de justicia, responden con dignidad y ponen su sangre.
No nos equivoquemos. Dar ese paso; al vigilantismo, a la vendetta, al que muchos irresponsables nos incitan, al que la multitud de traiciones de aquellos que supuestamente debían velar por la seguridad pública nos orillan, es ponernos en el mismo plano que los delincuentes. Hablar su mismo lenguaje. No les regalemos una victoria más. Menos esa.
Ceder a la tentación de terminar de demoler lo que queda de las instituciones, echar por la borda el respeto a los derechos humanos es mirarse en el mismo espejo que los criminales, rendirse ante ellos. Ante el crimen nos toca, conviene estar absolutamente claros de esto, fortalecer las instituciones; a los cuerpos policíacos, a las procuradurías de justicia, a los jueces y tribunales. Sin ellas no hay país. Urge refundarlas y esa tarea nos corresponde a todos. Para eso sirve la democracia.
Ya el antiguo régimen y luego Fox, ya la corrupción endémica y generalizada –ese antivalor que parece a veces en nuestro país una segunda piel– erosionaron a fondo nuestra vida pública, deshilvanando, descomponiendo el tejido social. Somos victimas, todos, de la debilidad, también endémica de nuestros democracia pues sin ella no logramos -¡cómo hubiéramos podido!- construir instituciones sólidas, ni implantar, en muchos de los servidores públicos, una noción profunda y clara de justicia. Antes bien el estado servía para medrar. Escuela de delincuentes, guarida de criminales fue por décadas y lo sigue siendo para muchos.
Acostumbrados a no rendir cuentas de sus acciones porque el voto vale poco para ellos. Irrespetuosos pues de la voluntad popular, nuestros gobernantes, violadores muchas veces –y en tanto violadores, delincuentes– de las reglas del juego democrático, incubaron el huevo de la serpiente.
La sociedad tiene en sus manos una sola arma: el voto. La inseguridad un sólo remedio efectivo: la democracia, y con ella una vida institucional sólida y limpia. Que nadie se atreva de nuevo a sabotearla. Deben los ciudadanos hacer que su voz se escuche más allá de los períodos electorales. Demandemos, propongo, mecanismos como el referéndum revocatorio. Quien no garantice, sea gobernante, juez, funcionario o policía, la seguridad de los ciudadanos, quien no trabaje sin descanso para devolver la majestad a las instituciones que rinda cuentas y se vaya a su casa o responda, si así corresponde, ante un tribunal.
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