¿Guerra de televisoras?

Miércoles, 6 Agosto, 2008

Desfilando en una pasarela constreñida por el rating, el espíritu olímpico tropieza con los tacones. Disfrazado de minifalda y Wonderbra, será exhibido por la tele, acostumbrada a maquillarlo todo. Aun frente a la exuberancia del vestuario, el voluptuoso recurso padece anorexia. En casos puntuales, la cobertura provocará desprendimiento de retina al televidente. Menospreciados por la sagaz imaginación de un ejecutivo, escondido comunmente detrás de sus variables; aficionados, atletas, comentaristas y patrocinadores, son damnificados de una embustera teoría del mercado televisivo mexicano, que suscribe: “Sin tetas, no hay paraíso”. Sufriendo desajustes impropios para una ciencia, la madre mercadotecnia es manoseada por sus gestores. Erigidos como realizadores, intentarán demostrar al medio, que los Juegos Olímpicos son el evento cómico-erótico, que usted y el anunciante exigieron a la televisión. Una vez superado el trance post zapping, el share se encomienda al medallista desconocido. Vecino de un ejido en Atlacomulco, donde cada lágrima es registrada por el minuto a minuto de IBOPE y la miseria, objeto de lucro. Aquí, se trepa el político como gorrón de la fiesta. Robando la inocencia al marchista, por una curul en la cámara de su estado. Definida in memoriam como “guerra de televisoras”, ciertas trincheras pernoctan bajo dudosos pactos de programación. Horarios, duración de bloques y otros vicios industriales, definen las reglas de la escaramuza digital. Algunos huyeron del programa estelar, protegidos en la comodidad del mediodía. El resto se juega la profesión cautivando a la audiencia nocturna. Convencidos que Phelps no vende y la Isinbayeva es material para un sensual musical. La opinión deportiva fluirá, arrinconada por secciones de falsas divas en extraviada pose oriental; confundiendo la cultura con la envoltura. Sin embargo, descubrirá usted honorables excepciones. Que llevan meses encabezando editorialmente un proyecto. Empeñando horas en pantalla nacional, a la causa y verdad de los valores olímpicos. Donde el esfuerzo de un atleta, es patrimonio social. Y la Olimpiada, un motivo para que el periodismo deportivo en televisión, recupere lo que le cortaron. A quien le quede, póngale el saco.