La risa

PUBLICADO EN MILENIO DIARIO MONTERREY
ENERO 26 010

¿Qué es lo que hace que la risa sea el lado opuesto de la ira? ¿Su apariencia? ¿La forma en que cada una manifiesta su sentir de las cosas? ¿Por qué, si ambas manifestaciones del estado anímico son por lo regular explosivas, resultan ser parte de una simbología opuesta, cuando no antagónica?
¿Es efectivamente la risa una píldora que beneficia a la salud o es sólo un mito más?

Y la ira, ¿qué tan cierto es que esta oveja negra, hija descarriada del ser y actuar del hombre, ejercida en exceso se traduce en deterioro? ¿Por qué la risa se hermana, casi por inercia, con la alegría y el flujo de la luz, mientras que la ira deviene casi siempre en respuestas que se revierten?

Si la risa es tan importante para la vida, ¿por qué la azotamos con el látigo de nuestro silencio, le adjudicamos corbata y un rostro cara de palo?

Se me ocurre que la risa, al igual que otras fases evolutivas del hombre, se desarrolla por edades. Hablemos entonces de las edades de la risa.

Nuestro tan llevado y traído Alfonso Reyes dice que cuando el hombre sonríe “brota la conciencia, pues entonces funda la civilización y con ella empieza la historia”.

Pertenezco a una familia de parcos. De los nueve hermanos que somos, sólo uno se hacía acompañar siempre por la risa. Hablo en pasado porque ese único paladín de la risa un día sufrió un accidente y los hemisferios de su cerebro cambiaron, así es que nos emparejamos en parquedad.

En el campo potosino, en el que viví hasta los seis años, los únicos sonidos parecidos a la risa eran los de las radionovelas. Las casas más cercanas estaban a un kilómetro de distancia. De los rostros que conserva mi memoria: campesinos, hijos de campesinos, la familia misma, formábamos una comunidad de mustios. Quizá exceptuando a mi padre. No es que la risa estuviera excluida de nuestra dieta, sólo que no era el platillo principal. No recuerdo que la carcajada nos fuera familiar, como sí lo eran las sonrisas o la risa a medias.

No es que los hombres y mujeres del campo no sean festivos o carezcan de sentido del humor, será que sus emociones las externan por vías distintas a la de la risa. O la risa se llama de otro modo.

Los campesinos ríen por debajo del ala del sombrero, las mujeres se cubren la boca para reír. Las más de las veces, en vez de una risa estruendosa, acompañan sus manifestaciones de júbilo con una sonrisa socarrona, un comentario chusco, una sombra de risa interior. Porque la risa no sólo es un signo gestual externo que viene de adentro, a veces la risa es una hija en cautiverio, una razón oculta, una carcajada en el clóset.