La fe en Felipe de Carlos Mota

En ocasiones, aunque sus autores no lo digan explícitamente, las páginas editoriales de los diarios se comunican unas con otras. Así pasó la semana pasada en MILENIO, y aquí pretendemos continuar ese respetuoso diálogo.

“Yo sí creo en Felipe Calderón”, decía Carlos Mota en su Cubículo Estratégico del pasado miércoles. Ahí aseguraba que, a diferencia de él que tiene creencias muy estables, “México es bipolar”, que cambia de opinión de un día a otro. Así lo explicaba: “Un día nos congratulamos porque nuestro Presidente finiquita Luz y Fuerza del Centro y al otro día decimos que el país está acabado porque Fitch nos bajó la calificación. Una semana aplaudimos la lucha contra el crimen organizado, la otra semana ovacionamos al Nobel que dice que fuimos los peores en el manejo de la crisis”. Asombrado, se preguntaba que qué pretenden quienes critican a Calderón: “¿derrocar al Presidente?... ¿Llevar a la Presidencia legal a AMLO?”. Y a manera de reproche concluía: “¿Alguien le agradece a Felipe Calderón que llegarán 17 mil millones de dólares en inversión extranjera directa este año? ¿Alguien le reconoce que no se colapsó el sistema de pagos como en 1995 y que no requerimos de un préstamo de emergencia como el de Bill Clinton? ¿Alguien palomea la austeridad?”.

Creo que el editorialista no contempló dos cosas: uno, que ese “México bipolar” del que habla no es un cuerpo uniforme, sino que está compuesto por individuos con una enorme diversidad de intereses y opiniones; y, dos, que un apoyo o reconocimiento puntual a una acción o logro del gobierno de Calderón no le garantiza a éste que el ciudadano ya no criticará nada de su futuro accionar. Entiendo que quizás la intención del texto de Carlos Mota era rechazar el exceso de pesimismo y quejas que solemos hacer los ciudadanos y los “profesionales” de la opinión pública. Pero me parece que ignora que, como explicaba Aguilar Camín en la última entrega de su “Fenomenología de la queja”, “en el extremo vicioso de la crítica que es la queja hay un fondo de salud, incluso de vigor intelectual y político, que no mejora la calidad de los quejosos pero expresa la energía democrática de la vida pública”. Sí, es cierto que, como ya decía el mismo Aguilar Camín, “cuando la crítica deriva en queja y la queja en resignación, algo fundamental se ha perdido en el intercambio democrático: precisamente el ánimo de corregir la siempre imperfecta y cambiante realidad”. Pero eso no quita que sea responsabilidad de periodistas, intelectuales y académicos, “prender los focos rojos, informar, alertar, criticar”; que, cuando algo va mal en la vida pública, “vale más que pequen por exceso que por omisión”.

Siguiendo esta idea, pienso que en la democracia sí se vale –o al menos debería valerse– criticar al gobierno y aún así desear que el país avance; que se puede reconocer lo positivo de los esfuerzos de austeridad, y también decir que éstos llegaron tarde y que pudieron ser más amplios; que, aunque se coincida en criticar los despilfarros en LyFC, se cuestione si el gobierno tiene otra agenda en su liquidación; que, aunque se comparta la necesidad de restarle poder al narcotráfico, se dude de la (falta de) estrategia del gobierno en este tema; que congratularnos por algunos puntos de la estabilidad macroeconómica y por la llegada de 17 mil millones de Inversión Extranjera Directa (IED), puede ser compatible con que nos mostremos alarmados por los altísimos niveles de desempleo. (Aunque bueno, para celebrar la cifra dada por Carlos Mota, primero ésta tendría que ser cierta, no olvidemos que la Secretaría de Economía publicó recientemente su reporte sobre IED en el que informa que, hasta septiembre, la IED apenas ha alcanzado 9,750 millones de dólares –37% menos que en el mismo periodo de 2008–, por lo que tendría que sumar 7,250 mdd entre octubre y diciembre para llegar a los 17 mil millones mentados, situación que se ve bastante lejana; sobre todo si contemplamos que en el último trimestre de 2008 sólo entraron al país 5,605 mdd de IED, así que este año tendría que registrarse un aumento de casi 30% sobre el dato del último trimestre del año pasado).

Quisiera insistir en que hay un gran maniqueísmo en esa postura de “sí creer en Felipe Calderón”. Parece que nos quisieran decir: “¿Estás con Felipe Calderón o estás contra él? Si lo criticas, si lo cuestionas, estás entonces en su contra. Y si estás en su contra, estás también en contra de México. Eres un retrógrada”.

Yo no creo ni quiero creer en Felipe Calderón; me rehúso a pensar que la política y la democracia son cuestión de fe.

mavargas81@gmail.com