Orhan Pamuk y su inocencia nostálgica
“El premio [Nobel] no cambió ni estropeó mis hábitos de vida”, aseveró el narrador.
Para triturar la tensión en el ambiente, nada mejor que las situaciones entrañables. Así que observar a un premio Nobel sacar su cámara digital y soltar eso de “foto, foto” antes de sentarse en su lugar sobre el estrado, para plasmar en una sencilla instantánea un momento único en su trajín de vida literario, relajó los nervios y prácticamente sentó las bases de un intercambio ágil de ideas acerca de su más reciente novela, El museo de la inocencia, que hoy presentará al público de la FIL.
Aunque a su lado se encontraba su actual editor, Claudio López, de Random House Mondadori España (el cual aclaró a la prensa que por favor “hicieran preguntas exactas”), Orhan Pamuk no tuvo empacho en responder a los diferentes cuestionamientos que se le hicieron, con una pulcritud que demuestra que su congruencia con su entorno, tanto social como cultural y político, está en inmejorable salud.
De entrada, lo primero que puso en claro Pamuk fue el círculo temático que encierra la historia de su nuevo libro: “Son dos personajes que no dejan el amor de lado, pero que prestan atención a los silencios de su relación. El protagonista pone especial atención a cada gesto de su amada; por ejemplo, la manera en que ella ve la televisión. Dicha atención, que surge cuando no hay comunicación o ésta se encuentra limitada, es muy similar a la que un novelista le da al mundo”.
Enseguida precisó que su “carácter quiere mantener la memoria de los tiempos de oro de Estambul”, puesto que El museo de la inocencia es un retrato no fiel, sino contundente, de la sociedad de clase alta de esta ciudad desde la década de los años setenta hasta la actualidad.
Como era de esperarse, no faltó en sus palabras el gran cambio que significó en su vida ser ganador del premio Nobel en 2006. Pero, contrario a lo que la mayoría del público cree, Pamuk ha encontrado en este reconocimiento un Santo Grial de la felicidad: “Me hizo feliz”, enfatizó, “pero aunque Doris Lessing [ganadora en 2007] se queja y queja de todo después del premio, no tiene nada de malo. Solamente te hace más ocupado como persona, pero a la vez más responsable; das más entrevistas y los editores te programan más conferencias [de prensa]. Al final es una gran felicidad que todo el mundo te lea, pero el premio no cambió ni estropeó mis hábitos de vida”. Incluso, afirmó con un sutil tono de ironía, mientras señalaba con su dedo índice su nuevo libro colocado a unos centímetros de su persona, que “ya lo tenía a la mitad escrita cuando gané el Nobel y ahora lo finalizo pensando que lo leerán más lectores”.
Al final, después de comentar que El museo de la inocencia contiene grandes cotas de inocencia —“la inocencia es un gran valor, pero no siempre, como cuando las personas naïves llegan a aseverar que la Coca-Cola es la mejor bebida del mundo y lo creen”—, Pamuk se dijo optimista porque escribir una novela brinda la más inmensa de las felicidades y, si conecta con los lectores, el círculo está cerrado.
Enseguida, Pamuk dijo, sonriendo de un lado a otro del rostro: “Soy optimista, no en materia de crisis económicas ni sobre el calentamiento global, sino con toda la gente que lee libros”. pm
Presentación de El museo de la inocencia. Con Orhan Pamuk, Jorge Volpi, Jordi Soler y Cristóbal Pera. Auditorio Juan Rulfo, 17:00 horas.














