Laberinto

La figura del padre en la literatura

Admiración, ternura, odio, vergüenza, los sentimientos que inspira el padre han sido abordados por autores como Kafka, Alfonso Reyes y John Fante.

De niño, y casi siempre por un fútil motivo, mi padre me imponía un castigo corporal y me encerraba en un oscuro cuarto. Al poco tiempo me traían un plato con frutas y me soltaban. Después, yo veía a mi padre y sentía por él una tristeza y una piedad infinitas; pero nunca lo he perdonado.
Silvestre Revueltas

I

Franz Kafka principia así su Carta al padre: “Una vez, hace poco, me preguntaste por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre no supe contestarte nada, en parte precisamente por ese miedo que te tengo, y en parte porque en la argumentación de ese miedo entran muchos detalles, muchos más de los que yo hubiera podido coordinar hablando. Y si ahora intento contestarte por escrito mi respuesta resultará de todos modos muy incompleta, porque también al escribir me cohíben frente a ti el miedo y sus consecuencias, y porque la magnitud del tema rebasa grandemente mi memoria y mi entendimiento”.

La figura del padre es fuerte. Granítica. Por muy reblandecido que el padre sea, es toral, de toro. El solo hecho de saber que provenimos de su sexo enhiesto, en pie de guerra, le da esa categoría.

Crecemos a semejanza del padre. Por parecernos a él. O por no parecernos en lo más mínimo, de ser esto posible. Aunque terminemos evocando rasgos suyos —y más todavía nuestros hijos, sus nietos—, aun sin quererlo. Queremos hacer lo que él hace: si el padre siembra surcos, queremos sembrar surcos; si cultiva jardines, queremos cultivar jardines; si levanta paredes, queremos levantar paredes. Sólo así se explica que las mejores cosas se sucedan de padres a hijos, y que infinitud de veces el hijo supere al padre —como en ciertas familias italianas constructoras de violines, o en ciertas familias colombianas dedicadas al narcotráfico. Porque el hijo advierte que en aquella tarea el padre ha volcado su conocimiento, esto es su experiencia de vida. Se sigue, pues, el oficio del padre no sólo porque constituya una fuente de trabajo familiar sino porque lo hecho por el padre es ejemplar; y volvemos a lo mismo: o se agradece aquel oficio heredado, o se reniega de él hasta las últimas consecuencias. Dice John Fante en su novela La hermandad de la uva, que a mi modo de ver es uno de los homenajes literarios al padre más conmovedor que existe; dice el personaje protagónico, luego de que su padre, alarife más que albañil, reniega de que su hijo no quiera seguir el oficio de la albañilería: “Había llegado el momento del razonamiento, de la paciencia, de las palabras amables, de la contención, de los buenos sentimientos, de la caridad y de la generosidad filial. Le dije que lo sentía, papá. Le dije que había unas cosas que yo no le pediría a él y que había otras que él no me pediría a mí. Le dije que no era enemigo de transportar costales de cemento ni de colocar piedras. Le dije que la albañilería era un oficio honorable, la mejor garantía de nobleza y la aspiración del género humano. Le hablé con gratitud de la Acrópolis, de las pirámides, de los acueductos romanos y de las ruinas aztecas. De pronto empezó a desesperarme aquel viejo terco e irascible, perdí la paciencia y se apoderó de mí la irritación: ‘Hablando con franqueza, viejo —dije—, detesto el mundo de la construcción. Lo detesto desde que era pequeño y tú volvías a casa con salpicaduras de hormigón en los zapatos y en la cara. Creo que los pintores de brocha gorda y los albañiles son unos borrachos, creo que los plomeros son unos rateros. Creo que los carpinteros son unos sinvergüenzas y creo que los electricistas son salteadores de caminos. No me gustan las losas, ni el mármol, ni el granito, ni los ladrillos, ni las tejas, ni la arena, ni el cemento. Me importa un rábano si no vuelvo a ver en la vida otra chimenea de piedra, otra pared de piedra, otra escalera de piedra o cualquier otra piedra vulgar y corriente’... Cuanto más gritaba y aporreaba la mesa, más bebía él, y cuanto más bebía, más lágrimas asomaban a sus ojos. Sacó del bolsillo un pañuelo de lunares, se sonó la nariz y se tomó otro trago de vino”.

La admiración que su hijo sienta por él, en buena medida está en las manos del progenitor. La educación arranca desde un principio. Nuestros padres nos cargan de modo diferente. El padre nos levanta por los aires, como el primer paso para arrojarnos de sí; la madre nos carga y nos aproxima a ella, hasta acogernos en su regazo. El padre nos carga por encima de él para que veamos el mundo, para que nos broten las alas, para que veamos lo que nos espera.

El padre es el apoyo verdadero. Sobre todo cuando está muerto. Entonces su figura se agiganta. Vivo, el padre falla. A los ojos del hijo, construye las cosas para que se derrumben. Delante de él la barda crece, pero no delante del hijo. Nadie juzga tan acremente a un padre como el hijo. Nada le satisface al hijo. Todo el esfuerzo de aquél le parece pobre. Y más aún en el caso del hijo varón; bien dice Vicente Quirarte en su libro Peces del aire altísimo: “Como todos los adolescentes, yo también tuve vergüenza de mi padre”. Aunque habría que preguntarse si esto sucede en la misma medida en el varón que en la hija, que como mujer deifica el esfuerzo del padre, lo magnifica. Basta leer unos fragmentos del poema Retorno de Elektra de Enriqueta Ochoa: “Para poderte hablar,/ así, de frente,/ tuve que echarme toda una vida/ a llorar sobre tus huesos./ Tuve que desandar lo caminado/ desnudando la piel de mi conciencia./ Para poderte hablar/ tuve que volver a llenarme de aire/ los pulmones./ Y cuidar de que no se me encogieran las palabras,/ el corazón, los ojos,/ porque aún se me deshacen de agua/ si te nombro./ Ya me creció la voz, padre, patriarca,/ viejo de barba azul y ojos de plomo; ya te puedo contar lo que ha pasado/ desde que tú te fuiste...”.

Por alguna fascinación perteneciente más al orden de la elevación espiritual, las hijas, insisto, maximizan al padre desaparecido. Las mujeres se ven hermosas cuando hablan del padre muerto. O no muerto. Se transforman. Pareciera que una luz brotara de su frente. En sus ojos parece vibrar la comprensión, o latir la alegría, como si acabaran de dar de comer a quien no tiene nada que llevarse a la boca. Hasta su pelo brilla de un modo diferente. Tal vez aquella mujer evoque la mano paterna acariciando esa mata. Aunque desde luego algunas mujeres no perdonan a su padre. Generalmente por el consabido abandono. Sufren muchísimo. Se amargan. Se les atoran las lágrimas. No pueden llorar. Se muerden los labios y se sacan sangre cuando piensan en el viejo, y no porque su madre les haya envenenado el corazón —que ésta es casi regla de vida. Ven a su padre en todas partes. No podía ser de otra manera: en el modo en que su hijo se rasca la oreja, en el gusto que su hija tiene por el agua de jamaica. Algo muy dentro les dice que ese hijo suyo es el vivo retrato de su padre. ¿Y a la inversa? Tal vez el padre ve en su hija a todas las mujeres. La ternura, el amor, la comprensión, la energía, la inflexibilidad, la dulzura, todas las características de la mujer, el padre las ve encarnadas en ese ser pequeñito que va creciendo vertiginosamente delante de sus ojos. Que poco a poco, día a día, va prefigurando una mujer, que el día de mañana será el sueño de otro hombre. Porque así está escrito y así ha sido siempre. Tal padre se maravilla entonces de haber creado ese ser. De que ese ser sea producto de su simiente. Toma entonces de la mano a su hija y sale a caminar con ella por la calle. La levanta en vilo para que la niña contemple el mundo que le espera. Le muestra los colores del universo, le enseña a paladear los sabores, a identificar las voces de los animales. No le exige nada a cambio, salvo que se deje llevar. Aunque de pronto quisiera preservarla así para toda la vida. Que las hijas subliman esta preservación, es un hecho. Cuando menos vienen algunos ejemplos a cuento: Micaela, la hija de Candelario Huízar; Isabel, de Salvador Contreras, y Rosita, de Augusto Novaro: tres mujeres gracias a cuya tenacidad se ha sostenido la memoria de su progenitor, compositor en los dos primeros casos, luthier y matemático, en el tercero. Las hijas son seres humanos que se fortalecen a través del dolor; no a la inversa, que puede alejarnos de la entrega total, situación tan socorrida por los varones: “El desgarramiento [la muerte de mi padre] me ha destrozado tanto que yo, que ya era padre para entonces, saqué de mi sufrimiento una enseñanza: me he esforzado en frenar mi ternura, por no educar a mi hijo entre demasiadas caricias para no hacerle físicamente mucha falta, el día que yo tenga que faltarle”, sentencia Alfonso Reyes en su Oración del 19 de febrero.

Ningún padre sabe si es padre verdadero, y, a su vez, si él es hijo verdadero de su padre. Su ascendencia se quiebra en mil pedazos si mira hacia atrás —cuando se atreve a hacerlo. El punto de ruptura con el padre es constante. Con él principia y termina su generación. Es absolutamente el ser más solo sobre la tierra, sin comparación con la mujer. Por más fidelidad que respire en torno. Por más promesas y votos que se hayan hecho, nadie podrá asegurarle que proviene de quien proviene. ¿Acaso será ésta una de las razones por las que el padre es tan socorrido en la literatura?, ¿querrán compensar los escritores aquella sensación de desventura paterna y filial que sufren todos los hombres?

La primera línea divisoria entre el bien y el mal —que difícilmente franquearemos a lo largo de nuestra vida— la marca el padre. Lo que él hace, lo que él dice, lo que él afirma, lo que él niega; en lo que cree, de lo que abjura; si camina hacia adelante o hacia atrás; si gusta de que el viento se le incruste en el rostro por las noches o que el sol quiebre sus facciones por el día; si bebe o no bebe; si en la mujer admira más el cuerpo que la inteligencia; si cuando cierra los ojos evoca a su propio padre para guardarle fervor u odio, todo esto lo observa el hijo varón. De todo esto se nutrirá el corazón de aquel hijo. Sabrá lo que diga cuando afirme: “Ése es mi padre”. Y lo acompañará el resto de su vida. Por eso precisa Alfonso Reyes en su ya citada remembranza: “A la hora de las mayores desesperaciones, en lo más combatido y arduo de las primeras pasiones, mi instinto acudía de tiempo en tiempo al recuerdo de mi padre, y aquel recuerdo tenía la virtud de vivificarme y consolarme”.

II

Cuando el padre muere por fin vemos el mundo en su verdadera dimensión. Aquel estorbo se ha quitado de en medio. Ahí está el horizonte. Ahí está, al alcance de la mano, todo lo que es posible abarcar con la mirada. Por eso es tan importante que el padre se muera a tiempo.

La muerte del padre es el primer paso de nuestra muerte. Advertimos entonces a la muerte en su expresión más inextricable. Porque le da claridad a nuestra vida. Un acicate de dolor nos impulsa y permite columbrar el mañana. ¿Qué hizo nuestro padre por nosotros? A veces todo, a veces nada. Los poetas tienen la respuesta; en este caso María Elena Cerecero, que dice en su poema Mi padre: “Mi padre no vivió, no murió,/ no inventó nada.// Supe que caminaba con botas,/ con chamarra y pantalón de cuero/ en medio de los bosques;/ que al tocar su corteza/ conocía la edad de los encinos.// Y, sin embargo, sé/ que no vivió mi padre/ porque, de mis cumpleaños, mis quince o mis cuarenta,/ él no conoció nada.// No acarició mis hojas;/ no tocó mi corteza,/ no escuchó mi primera crinolina./ Me dijeron que pisaba aserrín/ que en una noche fría/ me trajo una cobija,/ que construyó una banca para el parque/ donde dejó su nombre aprisionado/ (eso decían los labios de mi madre/ mientras miraba no sé adónde y sonreía),/ pero yo sé que mi padre no vivió ni murió./ No inventó nada”.

La primera montaña que habrá de escalarse es la del padre muerto. Subir a la parte más alta —se llama cima, habría de llamarse pater—, justo ahí donde las nubes adquieren la forma que uno desea, y desde ahí gritar con esa voz proveniente desde las entrañas más profundas. No gritar una palabra, no gritar un nombre. Gritar solamente. Extraer tanto rencor acumulado. Tanta desolación. Para dejar atrás el escollo y levantarnos. Escuchemos una vez más a Alfonso Reyes: “Después de la muerte de mi padre me fui rehaciendo como pude, como se rehacen para andar y correr esos pobres perros de la calle a los que un vehículo destroza una pata; como aprender a trinchar con una sola mano los mancos; como aprenden los monjes a vivir sin el mundo, a comer sin sal los enfermos. Y entonces, de mi mutilación saqué fuerzas”. […]

III

Los padres que abandonan son imprevisibles. Se les ve cumplir con sus obligaciones en el trabajo; se les ve entrar desenfadadamente a un bar y pedir la cerveza para saciar la sed; se les ve arrodillarse delante de la Virgen y orar por el día de mañana. Son seres humanos como cualesquiera otros. Salvo por una razón: ellos crean su propia ley de la vida. Al día siguiente no están más.

Nada provoca tanta ternura como ver a un niño tocar el chelo, o, lo que sería equivalente: ver a un padre jugar con su hijo pequeño. Justo ésta es la ley de la vida que rige para todos, aun para los animales. Menos para los padres que abandonan. Los mueven extrañas razones: poner a prueba a la mujer que dicen amar, mantener a toda costa su libertad, hacer hijos a diestra y siniestra porque es un modo de demostrar su vitalidad. O de eludir la muerte.

El padre que abandona ve a los demás padres ser padres y de pronto piensa en aquel niño. Muy en el fondo se siente ufano: pase lo que pase, aquel niño siempre será su hijo —se repite, enamorado de sí mismo—; aunque tenga otro padre, aunque niegue su verdadera paternidad, aunque se cambie nombre y apellido, aunque su madre le oculte quién es su progenitor. O le trastoque el alma. […]

Los padres que abandonan crean su propia ley. Para ellos nada es igual. De algún modo por eso abandonan: porque quisieran volcar en ese hijo abandonado los sentimientos más abstrusos, pero legítimos, que parecen ser el motor de cada una de sus acciones. Que el niño se abra paso por sí solo, que luche a brazo partido, que aprenda en carne viva lo que es la existencia humana: un camino pedregoso y hostil en el que no caben reblandecimientos de ninguna especie. Que conmueva y se conmueva, aunque no exista, como en este poema de Mark Strand intitulado Mi hijo: “Mi hijo,/ mi único hijo,/ el que nunca tuve,/ sería hoy un hombre.// Se mueve/ en el viento,/ sin nombre ni carne./ A veces// viene/ y apoya la cabeza,/ más leve que el aire,/ en mi hombro// y le pregunto:/ Hijo,/ ¿dónde te quedas?/ ¿dónde te escondes?// Y me responde/ con aliento frío,/ nunca oíste/ cuando te llamé// y llamé/ y seguí llamándote/ desde un sitio/ más allá/ más allá del amor,/ donde todo,/ donde nada/ quiere nacer”.

Para los padres que abandonan nada es como dictan las normas. Van en contra de todo: de las buenas costumbres, de los preceptos religiosos, éticos, sociales. Son rebeldes por antonomasia, y siempre podrá esperarse de su conducta lo más inusitado. Abandonar al hijo puede significar el principio de una larga cuesta que hay que trepar. En fin, todo padre que abandona sabe que no habrá de esperar la misma reacción del hijo abandonado: si es varón, podrá contar con una última reconciliación, tal vez el perdón; si es mujer, habrá de perder toda esperanza.

IV

¿Pero un padre que se suicida es un padre que abandona? Traigo a colación la siguiente analogía: padre-piedra-poder-pared. Cuatro palabras y tres consonantes: p, d, r, al servicio de un golpe demoledor, de una embestida de toro.

Los suicidas acumulan la furia. Los suicidas hacen del coraje su bandera, y deciden ser héroes de su propia batalla. A veces son héroes triunfales y a veces son simplemente hombres honrados. Los suicidas dan todo por visto: el conocimiento, la emoción, las desdichas y los juegos —desde luego los placeres. Descreen del futuro porque no confían en los interlocutores invisibles. Los suicidas domésticos dejan un estigma en la familia: la culpa es de todos. Los suicidas elegantes —Yukio Mishima— dejan un estigma en la patria.

Digamos que Kurt Cobain y Ernest Hemingway —por citar, a modo de ejemplo, sólo dos personajes, progenitores ambos, que optaron por el suicidio en circunstancias muy distintas— no se ganaron el derecho a la inmortalidad por haberse suicidado. Como sí se lo ganó el conde Fernando de Morcerf, enemigo acérrimo de Edmundo Dantés el conde de Montecristo. Pocos escritores tan conocedores de la naturaleza humana —no sólo de la condición humana, que son los círculos concéntricos de que estamos hechos, a la manera de la edad de los árboles, sino de la naturaleza humana, que es el modo como se mide la historia—, pocos novelistas tan capacitados y eficaces para adentrarse en el misterio de los hombres, para revelarnos el mecanismo de las pasiones, como Alexander Dumas. Cuando en El Conde de Montecristo se enfrentan por fin sus dos personajes antagónicos —que en última instancia lo que se está enfrentando es la integridad contra la corrupción, la generosidad contra la maldad—, el lector ha llegado al punto más alto de la tensión dramática a que puede aspirar un narrador. Pero lo que aquí nos importa es que el suicidio del conde Fernando de Morcerf no es inocuo; por lo contrario —y esto lo infiere el lector—, su figura crecerá delante de Antonio, el hijo. Ni así es bienvenido el suicidio de un padre, pero se justifica.

V

Sólo basta mencionar una última figura literaria, cuya encarnación se ubica en el mismo pozo de la vida: la del padre violador, de quien por regla general aun los escritores más sórdidos procuran evadirse; Nabokov estuvo a punto de lograrlo, pero se salió por la tangente. No cualquiera se atreve a correr en un campo minado. Ni a eso puede aspirar un padre violador, a inspirar las páginas de un hombre de letras; salvo excepciones, que seguramente las hay, pues bien visto un padre violador representa un desafío literario: ¿o no se encuentra en esa encrucijada la conducta humana más abyecta, precisamente donde habría de cristalizar el amor, la fuente del conocimiento y la protección por antonomasia?

Coda

Toda esta suerte de sentimientos encontrados obliga a volver la moneda y advertir lo que ocurre en el lado inverso, cuando el hijo decide el destino de su progenitor —porque en el fondo lo que quiere decidir es el suyo—, como si por fin le fuera dado ejecutar aquel ajuste de cuentas, con el inequívoco convencimiento de que está en el camino correcto. Nada más dramático que cuando la muerte del padre a manos del hijo decide el devenir de la historia. Véase si no: Gladiador de Ridley Scott, Días de furia de Paul Schrader o bien Otro día para morir de Lee Tamahori. Tres narraciones en las que el padre, con su muerte, deja el camino franco al hijo. Acaso por eso apuntó Thomas Bernhard: “Cada padre que se muere deja abierta una puerta”. Acaso.

Eusebio Ruvalcaba