José Luis Martínez S.El Santo OficioEn 1986, en una ciudad en escombros por los sismos del 85, hicieron su aparición los cartujos, en un principio un grupo de cinco amigos reporteros dispuestos a compartir información y ganarse unos pesos para el café de cada noche con una columna llamada “Picota”, firmada por El Santo Oficio, en el periódico Ovaciones. Las deserciones comenzaron muy pronto y cuando ese mismo año la columna comenzó a publicarse en la revista Diva, el monje ya estaba solo. Desde entonces ha sido un largo peregrinar por los periódicos Esto, El Sol de México, El Nacional y La Crónica de Hoy, la agencia informativa Notimex y las revistas Etcétera y Milenio Semanal, a donde llegó en el 2000 por invitación de Andrés Ruiz y Horacio Castellanos y en la cual permanece. Con fundados temores, hace ahora su primera incursión en el universo insólito de los blogs, en donde espera contar con la bendición de Dios y la complicidad de sus cinco queridos lectores.
Así sea
En memoria del fuego
Para Jorge Luis Espinosa,
un abrazo, siempre
El cartujo vuelve a la melancolía. Escucha: “oh inteligencia, páramo de espejos!” y, con recuerdos prestados, viaja a los años cincuenta para encontrar a un hombre taciturno y distinguido, a un demiurgo.
En el libro de Elena Poniatowka Octavio Paz. Las palabras del árbol (Joaquín Mortiz, 2009) el humilde monje descubre un testimonio de gratitud, admiración y amistad. La periodista rememora paseos, fiestas y lecturas con el poeta de Pasado en claro. Lo conoció en 1953 en una fiesta en casa de Carlos Fuentes, tiempo después comenzaría a frecuentarlo, apuntando siempre en una libreta Scribe los diálogos con él, sus impresiones, sus consejos, sus poemas. No era la única, muchos lo buscaban. “Éramos jóvenes —dice Elena—, no pesábamos, teníamos agua en los ojos; la única mirada definitiva era la tuya y en cierta forma pendíamos de ella como la miseria sobre el mundo”. Una ocasión lo fue a visitar a su oficina en Relaciones Exteriores y ahí Paz le presentó a José Gorostiza. “Es un gran poeta”, le diría más tarde. En el creador de Canciones para cantar en las barcas ella vio a “un hombre triste, muy pulcro, peinadísimo, traje azul marino. Tímido, buscaba el sol sentado junto a la ventana del edificio porfiriano de la avenida Juárez”. Paz lo quería y admiraba. “De Gorostiza me dijiste —anota Poniatowska— que era un poeta que sólo salía a la superficie después de haber pensado mucho, cuando el poema se encontraba próximo a estallar”. “¿Cómo Juan Rulfo que va rumiando sus cuentos hasta que no le caben?”, le preguntó ella. La respuesta de Paz fue contundente: “Sí, si quieres, pero Gorostiza es mejor que Rulfo. Es más auténtico y más desesperado”… EL TRAPENSE LEE Muerte sin fin y se estremece con su “perfección acabada”, como diría Octavio Paz. El poema fue publicado en septiembre de 1939 por la Editorial Cultura de Rafael Loera y Chávez, legendario impresor y tipógrafo a quien tanto le deben las vanguardias mexicanas del siglo XX. A 70 años de distancia, Conaculta preparó una edición conmemorativa y el INBA la exposición La muerte sin fin de José Gorostiza, cuya apertura en la Sala Internacional del Palacio de Bellas Artes está programada para el próximo jueves. La muestra recorre la vida familiar del poeta, subrayando la relación con su hermano Celestino; también aborda su paso por el Servicio Exterior e incluye ediciones príncipe, fotografías de Manuel y Lola Álvarez Bravo, Paulina Lavista y Juan Rulfo, así como manuscritos y mecanuscritos. Una buena oportunidad, sin duda, de acercarse —nuevamente o por primera vez— a un poeta y a una obra esenciales… ¡ANDA PUTILLA DEL rubor helado,/ anda, vamos al diablo… el cofrade grita los versos de Gorostiza al enterarse de la muerte de su amigo Jorge Luis Espinosa, autor de En memoria del fuego, colección de textos publicados en su largo deambular por el periodismo cultural, donde sembró tantos afectos, donde lo quisimos tanto… QUERIDOS CINCO LECTORES, con tristeza, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.










