Un Estado europeo abierto a las nuevas culturas

Al recibir el Premio de la Paz 2009 en la Feria del Libro de Fráncfort, el escritor italiano pronunció un discurso —del que ofrecemos un fragmento— en el que reflexiona sobre las más recientes manifestaciones bélicas.

En Trieste, en los grandes cobertizos y patios de un antiguo cuartel abandonado, se pueden ver, alineados o dejados en desorden, como esqueletos de monstruos marinos que han sido arrojados a la playa por el reflujo de un maremoto, tanques de guerra, submarinos destrozados, cañones antitanques, automóviles blindados, aeroplanos con las alas rotas; en otras secciones del cuartel se alinean despojos de guerra más pequeños, escudillas (para el rancho de los soldados) agujereadas, bocinas de teléfono de campo rotas, cápsulas de proyectiles, cascos, carteles de guerra. Una vez, ese fue el reino de un personaje bizarro, Diego de Henríquez, quien dedicó su existencia entera —sacrificándose despiadadamente a sí mismo y a su familia para cumplir dicha misión— a coleccionar un inmenso y delirante material bélico, al sueño de construir, como él mismo lo escribió, un “Museo Histórico de la Guerra para promover la Paz”, un “Centro para la lectura y modificación del pasado y del futuro”. El profesor políglota, cargado de deudas tan estratosféricas como las que podría poseer una gran potencia militar, murió en un misterioso y acaso doloso incendio en 1974, que devastó al Museo y lo calcinó también a él en el ataúd adaptado como cama en que dormía, entre sus Sturmgeschütze (cañones de asalto) y sus autorrieles blindados.[…] Desconozco si el febril coleccionismo bélico de Diego de Henríquez escondiese, no obstante su indudable y sincero intento pacifista, una secreta y obsesiva fascinación por la guerra. Para intentar saberlo, es necesaria la literatura, que —decía Manzini— no comprueba los hechos, como la historia, sino que busca imaginarse cómo los han vivido los hombres. Es por esto que desde hace tiempo convivo con la sombra de este hombre, que las flamas de su hoguera han proyectado incluso sobre mi mente y en el papel sobre el cual intento escribir.

Acaso, esa sombra me interesa porque es una grotesca parábola de uno de los tantos artificios que insidian la paz, incluso primero en nuestras mentes, antes que en la realidad. Una de estas insidias es la de sentirse obsesionados por la universalidad de la guerra y creer que es inevitable, inseparable de la vida. Nunca olvidaré el discurso de un anciano líder nordvietnamita, que escuché por casualidad hace muchos años en la televisión francesa, durante el conflicto en su país. Para los hombres de su edad, dijo hablando con afable y firme melancolía, la vida casi se identificaba con la guerra, librada en esas tierras durante muchas décadas y en ese momento aún en curso; éste es, agregaba, el peligro más insidioso para nosotros, la costumbre de considerar a la guerra tan necesaria como la vida y el respirar, la incapacidad de pensar la vida sin la guerra. Todo se conjura para hacérnoslo creer y para ceder, resignados, en esta necesidad; no casualmente, la literatura occidental comienza con un gran poema de guerra, La Ilíada, y grandes libros sagrados que fundan el mundo, como el Mahabarata y en parte el Antiguo Testamento, también son libros de guerra. Pero el sentido de la vida consiste en resistir a las seducciones idolátricas de lo que se proclama fatal. “¿Was darf ich hoffen?” (¿Qué puedo esperar?), se pregunta Kant, ante el Mal radical que se presenta victorioso, y responde que precisamente la visión de la devastación exige que ella no sea la única realidad y justifica la esperanza, experta en desesperación. La virtud más grande es la desesperación, apremia Péguy, precisamente porque es tan difícil —pero, precisamente por eso, necesaria— ver cómo van las cosas y esperar que, no obstante esto, mañana sean diferentes. Incluso, a veces, una esperanza de luz relampaguea en el corazón de tinieblas que parecen definitivas. En 1943, desde el tren que lo están llevando a Auschwitz, Aron Lieukant —quien, a diferencia de otros, está muy consciente de su destino— encuentra la manera de enviarle una carta a sus hijos, Berte y Simon, en la que les pide que no beban bebidas frías si están sudados. Para él y para otros como él, para esta fuerza y para esta humanidad indestructible, el Tercer Reich, que se proclamaba milenario parece sólo “una insignificante Medusa”, como escribió Joseph Roth, destinada a la derrota; no duró mil años, sino doce, menos que mi calentador de agua. Hay otra insidia para la paz real, que se anida en la timorata y progresista convicción de que el progreso ya se realizó, que la civilización venció a la barbarie y que la guerra, por lo menos en nuestro mundo, ha sido derrotada, al igual que la fiebre amarilla. La guerra no se nombra, ni siquiera cuando existe; no se le declara, ni siquiera cuando se arrojan bombas.

Cuando la OTAN —y, por lo tanto, también Italia— bombardeaba Belgrado y Serbia, los periódicos italianos, anunciando el retiro del embajador italiano de Belgrado, expresaban la preocupación que dicha medida pudiese prejuzgar las buenas relaciones entre Serbia e Italia. Este miedo de mirar cara a cara la realidad —en este caso la guerra— ayuda al horror, que no se quiere ver, a difundirse como un cáncer del que el enfermo no quiere darse cuenta. Existe una terrible anécdota, no sé si verdadera o falsa, acerca del almirante Nelson: interrogado acerca de por qué había continuado bombardeando durante dos horas, incluso después que los daneses se habían rendido, su flota y Copenhague, él respondió: “I’m damned if I have seen it!” (¡Me puse el catalejo en el ojo vendado!). Cierto o falso, la anécdota muestra cómo no se ve, cómo no se quiere ver la violencia. La Tercera Guerra Mundial ya se verificó, incluso si la mayor parte de los europeos tuvo la fortuna de no pagar su precio en sangre. Veinte millones de muertos, más o menos, después de 1945; a diferencia de las víctimas de la Segunda Guerra Mundial, han sido ignorados y olvidados, expuestos a la ulterior violencia del olvido.

Hoy, a la paz, la amenazan otras fronteras, confines a veces invisibles que se encuentran en el interior de nuestras ciudades, entre nosotros y los recién llegados desde cualquier parte del mundo, que a duras penas logramos ver porque, como dice la canción de Mackie Messer, están en la oscuridad. Hoy, un nuevo populismo, que culebrea un poco por doquier en Europa, está creando, escribió Massimo Salvatori, democracias sin democracia. Esto es una amenaza para la democracia y para la paz. Este populismo es una gelatinosa totalidad social, que destruye algunos valores fundamentales, todo sentimiento de lo lícito y de lo ilícito, de la relación entre el bien del individuo y el bien común. Sentimiento que no es suficiente pero es necesario tener, para por lo menos esperar que se pueda construir la justicia y, por lo tanto, la paz. Sin la primera, no existe la segunda.

La guerra está en el aire como una amenaza o una realidad objetiva. Asume muchos rostros; se insinúa y se mimetiza en las más diversas manifestaciones; no es solamente las matanzas de Biafra, el 11 de septiembre en Nueva York o las toneladas de isocianato de metilo en Bhopal, que provocaron tantos muertos. Guerra es el tráfico de órganos arrancados a niños asesinados para dicho fin, es la ininterrumpida cadena de asesinatos de la mafia para defender sus ganancias de gran multinacional.

Sólo una Europa realmente unida, un verdadero Estado —naturalmente federal, descentralizado— podría tener la capacidad (y tendría el deber) de afrontar problemas que han dejado de ser nacionales. A Europa le espera la grandiosa y ardua tarea de abrirse a las nuevas culturas de los nuevos europeos provenientes de todo el mundo, que vienen a enriquecerla con sus diversidades. Se tratará de poner en la discusión a nosotros mismos y de abrirse al máximo diálogo posible con otros sistemas de valores, pero trazando las fronteras de un mínimo pero preciso quantum de valores que no son negociables. Pocos pero netos valores, como por ejemplo la igualdad de derechos entre todos los ciudadanos prescindiendo de toda diferencia de sexo, de religión, o de etnia. Pero mientras Europa siga siendo una Acción Paralela, nuestra realidad, al igual que la musiliana, seguirá sosteniéndose en el aire.

Obras:

El mito habsbúrgico en la literatura austriaca moderna.

Danubio (1986)

Premios:

1986 Premio Internacional Antico Fattore y Bagutta

2004 Príncipe de Asturias de las Letras.

Claudio Magris