Juan M Sarabia GutiérrezTak Daleko, Tak BliskoOriginario de Monterrey, actualmente radica en Cracovia desde donde alimenta este blog. Termina estudios de ingeniería y posteriormente obtiene una maestría en artes en cultura europea de la Universidad Jaguielónica. Colabora con el departamento de relaciones internacionales del Tec durante un semestre y viaja a Polonia para desarrollar sus credenciales académicas. Entusiasta del arte ha trabajado como administrador de proyectos y gestor cultural en galerías y ha expuesto su propia obra fotográfica (www.pinkplasticbag.net). Conserva un gusto por la lectura y la escritura y se inicia como bloguero en este medio.
Festum Omnium (Meorum) Sanctorum
Jaime Sabines
La luz del sol se cuela entre los edificios y entre las ramas desnudas de los árboles. Me recuerdan un verso de una canción a Penélope (santa mujer que teje): los árboles se abrazan como bosques de esqueletos en la lluvia... Las calles se maquillan de tonalidades amarillas con las hojas secas, hojas que abandonaron su hogar para yacer en nódulos de restos botánicos, inertes y a merced del viento. Sobre el empedrado, testigos en silencio del pasar del tiempo, amortiguan los pasos de la gente y adornan el camino hasta el cementerio Salwator, un lugar inmóvil y a merced del viento del recuerdo y la luz de la creencia. Primero de noviembre en Cracovia, Día de Todos los Santos, Wszystkich Świętych: un día para recordar, para comprender que la muerte es parte de la vida, que la vida es parte de la muerte. El ritual satisface la necesidad de una comunidad, provee al individuo consuelo, comprensión y sentido de pertenencia; al mismo tiempo suministra la materia prima de la cohesión social: la tradición, el mito.
Cimentada en la religión católica, la celebración fue establecida por el papa Gregorio III (731-741) quien consagró una capilla en la Basílica de San Pedro para Todos los Santos. En el siglo IX el papa Gregorio IV (827-844) la extendió a toda la iglesia. En Polonia, como en muchos países católicos la costumbre consiste en acudir al cementerio no a recordar a los mártires de la iglesia y a los santos, pero a los seres queridos, familiares y amigos. La tradición que un día depositara su significado y fuerza en los nombres propios de la iglesia, es decir los nombres-símbolo de los santos y su martirio, ahora lo hace en el carácter simbólico de los muertos personales. Se ha pasado de un ritual comunal, institucionalizado a un ritual individual, personalizado: una búsqueda de nuestros propios santos. No sólo se conmemora a San Alejandro, defensor de los hombres, pero también a Alejandro, el tío abuelo fallecido hace tres años; no sólo a San Cristóbal, aquel que lleva a Cristo, pero también a Cristóbal, el primo, el hermano, el padre. El día ya no es exclusivo de Santa Lucía la luminosa o Santa Bárbara la extranjera, pertenece igualmente a Bárbara la hija, la madre, la hermana, la amante, a Lucía la sobrina, la maestra, la amiga, la esposa. La tradición perdura porque se transforma, la función social permanece porque se adapta, la vida continúa porque se renueva: el Día de Todos los Santos se ha convertido en el Día de Todos Mis Santos.
Recorro la cuesta sobre la alfombra amarilla, me abro paso entre la gente que viene a visitar a sus santos, el aire helado me acaricia el rostro, cruzo el portal del cementerio, camino entre nichos de granito pulido, llego hasta una tumba, ayudo a encender una veladora, guardo silencio, la luz es magnífica, y pienso que a pesar que mis santos están en otra tierra, tan lejos, la tradición y su presencia se sienten tan cerca, ahí sobre la ciudad-dragón en la necrópolis alguien me habló al oído, despacio, lentamente, me dijo: ¡vive vive, vive! Era la muerte.
Cracovia, Noviembre 1, 2009.










