La muerte no tiene nombre en Tijuana

Tijuana, Baja California

Victor Hugo Michel

Sexo, masculino. Edad, entre 50 y 55 años. Raza, hispana. Causa de muerte, tortura, probablemente desangramiento por la mutilación de cuatro dedos y la lengua. Nota adicional: los dígitos fueron hallados colgados en el cuello anudados, cosidos, dispuestos en forma de collar.

Nombre: desconocido.

Para el registro, la víctima de este homicidio ha sido definida como Juan Pérez (“JP”)y dos semanas después de amanecer colgando de un puente vial está a horas de ser enviado a la fosa común de Tijuana, a punto de unirse en el olvido con casi un centenar de hombres fallecidos violentamente —sicarios, secuestradores, víctimas inocentes, ejecutados todos—, cuyas identidades siguen enterradas en el misterio.

“La norma marca que un cadáver debe permanecer 15 días en el Servicio Médico Forense antes de ser enviado a la fosa común y el plazo se ha cumplido”, admitió María Guadalupe Castellanos, directora estatal de Servicios Periciales de la Procuraduría General de Justicia de Baja California.

Justo como cuando fue descubierto colgando de un puente vial de Tijuana el 17 de octubre pasado, “Juan Pérez” pasó el Día de Muertos en el anonimato, virtualmente olvidado en el Servicio Médico Forense de la ciudad, a un paso de sumarse a la tropa de desconocidos que han muerto violentamente en esta ciudad en 2009, al menos 80 en nueve meses.

Aun cuando los restos de “JP” fueron vistos por millones en la televisión y pese a que la imagen de su cadáver colgando de un puente vial dio la vuelta a México, nadie nunca se presentó a identificar su cuerpo, fenómeno que suele suceder con las víctimas de narcoejecuciones en Tijuana, muchas de las cuales nunca son reclamadas.

Ahora, a medio mes de distancia y después del plazo requerido por ley, en el Servicio Médico Forense “JP” fue declarado ya como un desconocido más, uno de casi 200 que en los últimos cinco años no han sido reclamados de las planchas de la morgue.

En Tijuana, como en otras partes de la frontera norte, la muerte no siempre viene acompañada de una identidad, al menos de forma inmediata, en especial cuando se trata de una ejecución ligada al crimen organizado.

Pero un frasco que permanece refrigerado con lo que alguna vez fue la saliva de “Pérez” podría cambiar, algún día, eso.

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Paso por paso, la fosa común del Panteón Municipal Número 12 de Tijuana mide casi 200 metros cuadrados. Y sus contenidos han ido en aumento. Este año, según asegura Jorge, un enterrador municipal, han sido añadidos al menos otros 10 bultos sin identificar, nuevos túmulos sin cruz ni placa que acumulan basura aun en Día de Muertos.

A diferencia del resto del panteón, la fosa común pasa el 2 de noviembre prácticamente abandonada, excepto por los pocos que han aprendido a visitar a sus muertos de forma genérica, sin verdadera precisión ni ya con la esperanza de encontrar a sus desaparecidos.

“Mi hermano está ahí en alguna parte”, dice Norma Navarrete, quien junto con su familia acude a la fosa común a depositar flores de cempasúchil en un hueco que acumula cenizas de fogatas y en el que, asume, están los huesos de su familiar, desaparecido desde hace 3 años.

“Murió por drogas”, añade. No especifica cómo. El resto de las tumbas, de los túmulos plagados de botellas de plástico y excremento canino, no reciben visita alguna.

“Si no hay cuerpo, el duelo está sin resolver, psicológicamente no hay forma de decir ‘aquí está la tumba, aquí le lloro y le recuerdo’”, sostiene Castellanos, cabeza de un proyecto gubernamental que, al menos en teoría, busca enfrentar la epidemia de fallecimientos sin identificar que afecta a Tijuana.

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Desde hace cuatro años, la Procuraduría Estatal se ha dado a la tarea de raspar con pequeños hisopos de algodón las cavidades orales de casi doscientos cadáveres de víctimas de violencia —196 para ser exactos— con miras a crear un banco de datos genético de desconocidos que pueda servir de guía para quienes tienen un familiar desaparecido.

A la fecha, 76 familias han acudido a la procuraduría a solicitar el examen genético y comparar muestras de padres, madres o hermanos con las que se contienen en el banco de datos. Pero no ha habido mucha suerte. Hasta ahora, solo dos personas han obtenido resultados positivos y encontrado a sus desaparecidos.

“Son pocos, pero para nosotros son grandes resultados porque nos ha permitido establecer la identidad de dos personas”, defiende Castellanos, cuyo laboratorio toma en promedio de 5 a 10 muestras por mes de cadáveres encontrados por todo Tijuana, hombres de entre 20 y 35 años de edad en su mayor parte y quienes han fallecido violentamente.

Una muestra similar le fue tomada, hace 5 días, a los restos de “Juan Pérez”, cuyos alelos y cromosomas —composiciones químicas, base de lo que alguna vez fue un hombre— están siendo procesadas para cuando alguien, algún familiar, se acerque en busca de identificarle.

En tanto ese día llega, “JP” está listo para emprender otro viaje. Éste, al cada vez más grande cementerio anónimo de Tijuana.