Comparten mexicanos mezcla cultural de Día de Difuntos en Ecuador
El pueblo de Calderón no sólo es famoso por la forma en que sus indígenas recuerdan a sus muertos, sino también por sus policromas figuras de mazapán, hechas con harina de trigo o de maíz refinada y endurecida con formol.
Quito.- Con una imagen de la Virgen de Guadalupe como trasfondo, el Ballet Nacional de México Xochiquétzal, danza en el Festival de Mazapán Calderón, al norte de Quito, en el Día de Difuntos.
Su escenario es una calle, apenas delimitada por flores y adornado con velas y calaveras, mientras en el fondo, para hacer más evidente una mixtura cultural, mujeres ecuatorianas ofrecen colada morada y "guagas de pan", alimentos de su país propios de la temporada.
Los integrantes del grupo sostienen que el Día de Difuntos de Ecuador se parece mucho al Día de los Muertos de su país.
En efecto, los cementerios de Calderón muestran el Día de Difuntos la mezcla cultural latinoamericana de la que hablan especialistas y recuerdan a los muertos que dialogan en la literatura del mexicano Juan Rulfo.
A un costado del improvisado altar en el que un sacerdote dice misa por una interminable lista de muertos, familias de indígenas y campesinos, sentados en torno a las tumbas de sus difuntos, comen y brindan, en silencio, pan, "achicut" y colada morada.
El pan tiene figuras de humanos y animales, como es usual en esta temporada en Ecuador; el "achicut" es un plato de arroz con papas, arveja tierna, salsa de maní y a veces carne o vísceras de res y la colada morada es una bebida de una fruta silvestre andina llamada mortiño, de color morado.
El hábito de comer junto a la tumba de sus difuntos "es una costumbre de nuestros antepasados", explicó a Notimex una campesina, sin acertar a profundizar en la cosmovisión indígena de los muertos que viven en el más allá.
En el pasado, cuando esas prácticas culturales eran más intensas y aún en la actualidad en pueblos andinos remotos, donde no penetró con fuerza la cultura hispana, los vivos ponen comida en sus casas la noche previa al Día de Difuntos, para que las almas se alimenten.
El cementerio de Calderón no tiene ni de lejos el ordenado trazado, ni el verdor de los exclusivos camposantos, donde los mestizos entierran a sus familiares, en Quito.
Por ello, los deudos caminan entre los sepulcros, la mayoría de ellos polvorientos, pisándolos y atropellándose. Hasta ahí llegan tras haber hecho una fila de más de cien personas a la entrada del cementerio.
Todas las tumbas tienen una cruz en su cabecera, ceñidas con coronas de papel negro y morado, en señal de riguroso luto, adquiridas en las ventas instaladas a la entrada del lugar, en las que además se ofrecen tarjetas con un invariable vocativo: "Inolvidable…".
Es notoria la ausencia de motivos en color blanco, característico de los cementerios citadinos.
Calderón no sólo es famoso por la forma en que sus indígenas recuerdan a sus muertos, sino también por sus policromas figuras de mazapán, hechas con harina de trigo o de maíz refinada y endurecida con formol.
Nadie sabe a ciencia cierta cómo nació esa industria en el pueblo, de la que vive buena parte de sus habitantes y de la que se enorgullecen todos.
El animador del festival de las figuras de mazapán de este Día de Difuntos dice que la tradición se remonta a mil años atrás, y tiene relación con una decisión de El Vaticano, pero la dueña de una venta dijo que data de apenas décadas atrás.
Lo único indiscutible es que se trata de una industria de la que viven los mestizos, gracias al turismo nacional y extranjero que llega al pueblo, atraído por la fama de las figuras.
Sea lo que fuere, las autoridades de Calderón están, literalmente, dispuestas a patentar las figuras de mazapán como algo suyo y por eso organizaron este lunes ese festival que quedó instituido, de aquí en adelante, como un acto anual.










