Hasta en los perros hay razas
Pertenecen a una misma especie, pero incluso en ellos su destino es muy diferente, según el lugar y la posición social donde les tocó nacer.
Nos encontramos en los andadores del Parque México, a la altura de la calle Laredo, observando a una perrita llamada Milady, que se levanta en dos patas cuando su entrenador alza las manos y, al decirle ven, el animal avanza hasta escuchar un alto. Enseguida viene la orden de muerto y el animal se echa al suelo sobre su costado. Vueltas, se le pide después y el perro comienza a girar, como si una tortilla invisible lo hiciera taquito.
Unos pasos a su derecha, otro perro, completamente distinto al taquito pero también de raza, camina sin correa junto a un entrenador de otro equipo, quien, junto con seis familiares, entrena a un conjunto de entre 65 y 70 perros, que, echados en el mismo espacio con sus cuatro patas al lado de su cuerpo, esperan su turno de educación.
Son las 11 de la mañana en el parque, donde atienden a los perros de raza en 98 por ciento, y 11 de la mañana lejos de ahí, en el Antirrábico de Aragón, donde su director, Mario Martínez, escucha llegar una perrera con tres ejemplares dentro, que se sumarán al 89 por ciento de perros criollos sin dueño. El resto son Bullterrier, Pastor Alemán, French Poodle y Schnauzer, todos destinados a pasar a la inspección de rabia y a morir por inyección letal si en 72 horas nadie pasa a identificarlos con su cartilla de vacunación, para quien el perro corresponde, una multa de 20 pesos, —si ha mordido, de 33 pesos— y los 24 del costo de la estancia.
En la antesala de 400 jaulas habitadas, los recién cautivos criollos no saben que serán inmolados por la salud de los habitantes de la gran urbe, toda vez que, al no existir la cultura de la tenencia de animales, cuando éste crece termina en la calle, y alguien llama por teléfono para denunciarlo, ya porque mordió o porque su presencia molesta.
“Hay desde la gente que se acostumbra a las necesidades de sus perros hasta quienes los abandonan, y aquí está el otro lado de la moneda”, dice en entrevista el director del antirrábico, quien calcula que por cada seis habitantes hay en promedio un perro en la ciudad, es decir, alrededor de 2 millones.
Dependiendo de la época del año, al inicio de la primavera, cuando las hembras entran en calor, los perros enloquecen, se conglomeran en colonias y terminan hasta 15 por día en el antirrábico, comenta el etólogo que estudia el comportamiento animal, mientras detrás de su voz se inunda del llanto y el rabiar de los perros sin dueño ni fe.
¿Quién gana más? ¿El director del antirrábico, bajo cuya responsabilidad trabajan 52 personas en tres turnos, de éstos, diez veterinarios, tres médicos generales, dos enfermeras, 16 muchachos de limpieza y racias, administradores y demás, o los entrenadores de tantísimos perros afortunados?
Si al día seis entrenadores tienen unos 60 perros en promedio, cada uno puede ganar hasta 5 mil pesos. Han estudiado, como Fredy, (de 18 años, con arete al lóbulo), un año en la Federación Canófila de México, con un costo de 7 mil pesos el curso.
¿Cuánto tiempo estudió el veterinario especializado en etología por la Universidad de España para dirigir un centro donde llegan a diario entre ocho y diez perros y en el que habitan 22 y mueren a diario seis más o menos, y además vacunan y atienden a quienes han sido atacados por animales callejeros?
Los dos y los cuatro lados de la moneda.










