El eterno festejo de San Judas Tadeo
Las multitudes adoran a este personaje del santoral católico, a quien atribuyen pase directo para resolver los asuntos complicados. Ayer fue su día y lo celebraron en el templo de San Hipólito.
Martes por la noche. Faltan 24 horas para el Día de San Judas Tadeo y el río no cesa. Miércoles. Es el aniversario del “protector de las causas difíciles e imposibles”. Música, humo, colgajos, figuras, fritangas, tatuajes en cuellos y brazos, réplicas en regazos, sol ardiente y nublazón.
La avenida Hidalgo está bloqueada por fanáticos y creyentes. San juditas. San Judas. La multitud se agolpa y se arrastra con él y hacia él, en el templo de San Hipólito, situado en el cruce de Hidalgo y Reforma. Policías vigilan tras las cercas metálicas dispuestas. Niños, jóvenes y señores abrazan figuras.
“No pague la luz, no pague la luz, jefa”, pregona un simpatizante del Sindicato Mexicano de Electricistas, quien reparte volantes dirigidos “a los trabajadores y al pueblo”. Una señora se va con la duda a cuestas, pues interpreta que aquél invita a no pagar la luz a ese “gobierno que mintió de manera grosera”.
Pero nadie hace caso.
Y se mezclan coros y cantos tempraneros de jóvenes, danzantes emplumados, sincretismo puro y tronidos de cohetones. Sombras, resolana y viento se alternan sobre la ansiosa masa. Multicolor arena movediza que forma hileras para ver al santo de su devoción, instalado allá, en el altar, y habrá que aguardar horas, codo con codo, judas con judas en regazos y hombros y espadas.
Cae la tarde.
Y todo esto, recodo urbano examinado desde un helicóptero, se convierte en gelatinoso tianguis exclusivo del santo en cuestión y sus devotos, quienes abrazan figuras, figuritas y figurotas que apenas pueden cargar y abrirse paso, porque hay que saltar y esquivar todo este escenario tapizado por mercadería.
La industria de la fe menudea a ras de asfalto. Playeras a 25 pesos, joven, y escapularios y cadenas y elotes y tacos de canasta a ocho por diez pesos. Y súplicas. “Por favor no se empujen, por favor no se empujen”, pide una de las tantas voces salidas del megáfono, pero no es posible dejar de hacerlo.
“¡Que viva San Judas Tadeo!”, anima el del micrófono. Un grupito repite la consigna. ¡”No escuché, más fuerte! ¡Una, dos, tres: que vida San Judas Tadeo, que viva San Judas Tadeo, que viva San Judas Tadeo!”, reitera.
Una familia, imágenes en brazos, echa relajo a la sombra de árboles, a la espera de que se despeje el rebosante atrio y más allá, cerca de la estación Hidalgo del Metro, mientras escuchan una invitación a quienes apuran y empujan para poder entrar donde todos quieren: “¡Por favor, no chiflen, no falten al respeto!”
Y a cada paso la mercancía: tacos de canasta a ocho por 10 pesos, San Juditas a dos pesitos, a diez, a diez el ramito de rosas. Hileras de judas se extienden sobre el arroyo y la banqueta y los pretiles.
—¿Judas, cuánto?
—A 100, a 100…
Y se va el preguntón.
—Lléveselo a 90, pues.
Ni por eso.
Unos vienen y otros van.
Empieza a oscurecer.
Y sigue la peregrinación. De ida y venida. Y por aquí andan aquellos que, Judas en brazos, cazadores de incautos, piden ayuda con el garlito de supuestos juramentos, las manos estiradas y cara de compungidos, pantalones de cholos y tatuajes en cuellos, o este otro que frunce el ceño frente a quienes le niegan unas monedas.
—Para una manda.
—Orita no traigo, carnal.
De a tres por 10 pesos valen las medallas de juditas, ofrece el vendedor cuyos similares se multiplican en medio de esta extendida romería donde grupos de jóvenes, hombres y mujeres, armados de estopas remojadas de inhalantes, se tambalean con imágenes de judas acurrucados entre sus brazos.
—¿Entramos a misa, güey?
—Entramos.
Y ríen a carcajadas.
Y se abren paso con la “mona” escondida en sus puños, y trastabillan sobre arroyos y banquetas tapizadas de juditas, como dicen, y se detienen frente a unas muchachas que reparten tacos de arroz con salsa de chicharrón.
—¿Son gratis?
—Sí, son gratis. Dale uno.
Y jamban alegremente.
Siete jovencitas y tres niños regalan comida a peregrinos. Muchos de éstos hacen un alto frente a esta buena gente que se ha impuesto la misión de repartir tacos desde hace tres años. Es grande la multitud que se forma para recibir alimentos de sus manos, como lo hace el quinteto que alterna el sabor del guisado y el olor de la estopa que, habrá que decirlo, lo hace en forma discreta.
Es la familia Pérez Rodríguez, oriunda de Chimaulhuacán, desde donde se descolgaron para festejar un año más al santo patrono, que en Google cuenta con 280 mil entradas y una devoción más creciente.
—¿Es una manda?
—No.
—¿Entonces?
—Nomás.
Pues eso.
En este eterno festejo.










