Pactaron mentiras

El técnico del Guadalajara prometió un partido ofensivo, pero salió a echarse atrás en el Clásico, que fue para las Águilas gracias a un gol de Mosquera en pelota parada; Jesús Ramírez también planteó un juego timorato y demostró que el América es el nuevo rey del contragolpe.

Ciudad de México.- Estando en los banquillos de uno y otro lado dos de los técnicos más grises que han tenido en los últimos años América y Guadalajara, el resultado del Clásico en la cancha del Estadio Azteca no podía ser otro.

El 1-0, el resultado en el marcador que al final es el que le importa a la mayoría, demuestra la superioridad de las Águilas, su mejor momento, pero nada más, porque de la pasión obligada en un duelo de esta jerarquía, del compromiso con los que llenaron el Azteca y de los millones que siguieron la transmisión y de la responsabilidad de corresponder, aunque fuera un poco, con la tinta que se gastó a lo largo de la semana para hablar de este duelo, de eso nada hubo.

El de ayer fue un Clásico pobre, dirigido por un par de pobres técnicos que terminaron por exhibir lo grande que les quedó este partido. Y es que la historia dirá que Jesús Ramírez ha sido campeón del mundo con una selección menor y que Raúl Arias es, en números, mas no en logros, uno de los técnicos más productivos del futbol mexicano de la última década.

Pero, bendito lugar común, el Clásico es cosa aparte, un juego diferente. Y ayer, lastimosamente para uno y otro equipo, no pudieron con el paquete.

Pero América, que no se olvide que con la atrocidad mostrada en la cancha, ganó. Y por eso hoy Raúl Arias es más villano que su colega, porque además faltó a su palabra de que, contrario a sus ideales, Chivas no se encerraría.

Rául mintió, por eso es vapuleado justamente. Chivas regaló descaradamente la primera mitad y si no se llevó tres goles en contra al vestidor fue gracias a Luis Michel, a una dudosa decisión del silbante Mauricio Morales para no marcarle un penal en contra y a una de esas intervenciones salvadoras de alguno de sus defensas.

Con este panorama, América se sirvió con la cuchara grande y tan mal estaba el de enfrente que la manera tan chata de querer hacer daño sobre el arco de Michel que utilizaron las Águilas ni siquiera destacó.

La fortuna estuvo del lado amarillo y a los tres minutos de haber iniciado el partido ya estaba arriba en el marcador, gracias a un seco remate de Aquivaldo Mosquera. Y, desde ahí, tan temprano, ya no hubo necesidad de volverse loco, porque ni siquiera el rival así se lo exigió.

Para la segunda mitad, el marcador adverso obligó a Raúl Arias a soltar un poco la rienda a sus jugadores, pero Chivas siempre buscó irse al frente de la manera más básica, de la forma más elemental y con muy pocas unidades, así América no padeció para controlar el partido.

Regresó entonces la clásica fórmula tapatía, esa recurrente en los últimos meses sin importar quién sea el técnico y como símbolo inequívoco de la desesperación que ha cada rato cunde en este plantel, la de Javier Hernández matándose solo al frente, esta vez con cero resultado.

Fue en este segundo lapso cuando el miedo también hizo de su presa a Jesús Ramírez, quien llevó al América a esa gélida fórmula de sobrellevar los partidos, y que en nada comulga con la tribuna, mucho menos con un partido de esta envergadura, pero que termina por ser efectiva ante un remedo de equipo, como lo fue Chivas. Así se fue el Clásico, no como agua, pero sí como una tortura, como una gran falta de respeto de los tipos que mataron al encuentro más importante del futbol mexicano con sus timoratas decisiones desde la banca.

América 1 - 0 Chivas

Estadio Azteca
Capacidad: 104
Asistencia: 93 mil (90 %)
Árbitro: Mauricio Morales

Ricardo Magallán