Mi árbol y yo (versión de la balada de Alberto Cortés en un universo bizarro)

Luego de compartir con los asiduos a este espacio la noticia de cómo otro scout, Juan Carlos Quezadas, recién obtuvo un premio nacional de literatura, me puse en contacto con el susodicho para solicitarle autorización para reproducir la colaboración que le sonsacáramos tiempo atrás para la revista scout para un especial de paradigmas, apreciado terminajo por parte de los encargados de la Asociación, que aquí se muestra como una divertida confesión de juveniles tropelías ecológicas.

Los dibujos que ilustran el Manual del guía de patrulla ejercieron siempre en mi mente una influencia funesta.

Yo veía aquellos puentes, aquellas gigantescas balsas, aquellos refugios del tamaño de un departamento del FOVISSSTE instalados en la copa de un árbol, y quería construir algo semejante. Cortar todos los árboles del bosque para fabricar un incomodísimo comedor que tan sólo habríamos de utilizar una vez.

Días antes del campamento me la pasaba afile y afile mi hacha para no dejar títere con cabeza o, mejor dicho, arbolillo en pie.

Llegaba el campamento y con él la bendita noche del viernes para ir adelantando las construcciones, pero entonces aparecía mi jefe de tropa y daba la inconsciente orden de que no se podría cortar ni una rama. Se trabajaría únicamente con los bordones.

¿Cómo íbamos a fabricar aquellas bellezas con un par de palitos flacos?

Yo sufría mucho pero tenía que acatar el mandato.

Siempre me quedaba con las ganas de cortar un arbolillo igual que veía que lo hacían, con toda (anti)naturalidad, los personajes de los libros.

Hasta que un día el destino —que para remediar asuntos de negro cuño, se pinta solo— me colocó cara a cara con la víctima perfecta. Era una caminata de Tres Marías a las lagunas de Zempoala. La mesa estaba puesta: solamente íbamos guías de patrulla, sin jefes; mis compañeros ya se encontraban dormidos, yo de guardia, y enfrente de mí un arbolillo muy flaco, del grosor de un bordón, pero de unos cuatro metros de altura.

No lo pensé dos veces y comencé mi ecocidio particular.

Unos cuantos golpes bastaron.

“¡Fuera abajo!” Tuve la desfachatez de anunciar cuando el árbol estaba cayendo. A pesar de su tamaño, hizo un gran ruido en su desplome. Un gran ruido que aún retumba en mi cabeza. Me sentí como supongo que se sintió Eva al zamparse la manzana. Cayó sobre mí, de manera inmediata la vergüenza más grande del mundo.

Primero pensé esconderlo. Olvidarlo en medio de la nada.

Después creí justo regalarle algún provecho al pobre tronco y lo convertí en mi bordón. Vivimos aventuras formidables. Sirvió de camilla, de asta, de espanta perros. Me acompañó durante varios años. Incluso terminó como tubo del clóset de mi departamento de recién casado.

Sin embargo sé que aquel árbol habría sido más feliz elevándose anónimo en algún punto de Huitzilac, tal vez sirviendo de nido y no de corbatero.

Aún me siento culpable de la suerte de mi árbol, el que nunca creció, el que no dio sombra y el que corté hace veintitantos años.

Y todo por culpa de unos magníficos dibujos que echaban a volar la imaginación. Habría que prohibirlos.

Llamadas de silbato
“AQUÍ HAY DRAGONES”:
Yo me enteré por un libro de Mauricio Montiel Figueras (Terra cognita), aunque supongo que nuestro cuate Perceval el geógrafo ya lo sabía desde antes: las regiones inexploradas de los mapas antiguos eran señaladas con la maravillosa leyenda Hic sunt dracones (“Aquí hay dragones”), propicias palabras para echar a volar la imaginación de los espíritus aventureros… OCUPAR ESPACIOS PÚBLICOS: Al fin terminó la maratónica Feria del Libro del Zócalo, donde los asistentes pudieron ver que los scouts no sólo recolectan latas y hacen publicity con sopas de vasito; también nos dimos tiempo y maña para ir a presentar Sombrero de cuatro pedradas y a hablar sobre lo que hacemos en este blog en la Reunión anual de coleccionistas scouts que se realizó en la UAM-Iztalapapa, otro escenario de lujo para hacer actividades, como tuvimos a bien decírselo a los organizadores…COSAS DEL DIABLO: Hay varias formas de desvelarse los domingos, como ver la transmisión en vivo del concierto de U2 por Internet —con todo y el grito de “¡Viva México!” exclamado por Bono a media interpretación de “Vertigo”, que no tuvo madre—, antes de ponernos a armar el post de la semana. Porque no todo en la vida son scouts. (26/oct/09)