José Luis Martínez S.El Santo OficioEn 1986, en una ciudad en escombros por los sismos del 85, hicieron su aparición los cartujos, en un principio un grupo de cinco amigos reporteros dispuestos a compartir información y ganarse unos pesos para el café de cada noche con una columna llamada “Picota”, firmada por El Santo Oficio, en el periódico Ovaciones. Las deserciones comenzaron muy pronto y cuando ese mismo año la columna comenzó a publicarse en la revista Diva, el monje ya estaba solo. Desde entonces ha sido un largo peregrinar por los periódicos Esto, El Sol de México, El Nacional y La Crónica de Hoy, la agencia informativa Notimex y las revistas Etcétera y Milenio Semanal, a donde llegó en el 2000 por invitación de Andrés Ruiz y Horacio Castellanos y en la cual permanece. Con fundados temores, hace ahora su primera incursión en el universo insólito de los blogs, en donde espera contar con la bendición de Dios y la complicidad de sus cinco queridos lectores.
Así sea
«Tijuana Moods»
La música de Charles Mingus resuena en la insignificante celda del cartujo, llenándola de júbilo y recuerdos, también de tristeza. En la victrola gira Tijuana Moods y sus canciones devienen travesía por una ciudad de insospechadas virtudes.
El cofrade conoció Tijuana en 1976. Desde entonces ha vuelto varias veces a ella para recorrer, siempre con asombro, sus templos y librerías, sus famosos restaurantes de comida china. Ha tenido algunos extravíos nocturnos, no lo puede negar. El primero de ellos en un lugar ya desaparecido: El bodegón de Guillermo, donde vio a las mujeres más hermosas y padeció la maldición de la economía de mercado, no pudo comprarles ni una sonrisa, pero pasó las horas admirándolas mientras bebía, con singular lentitud, una copa de vino. Ahí vislumbró su porvenir: el celibato y acaso la santidad. Tomó los hábitos y viajó por toda la Península de Baja California, un paraíso de mar y desierto, de misiones y salinas. Predicando llegó a Cabo San Lucas y cayó de rodillas ante El Arco, esa incomparable frontera entre el Golfo de California y el Océano Pacífico. Luego volvió a Tijuana, a la fiesta evidente en Ysabel’s Table Dance, la canción donde Mingus explora la magia de las castañuelas, al sentimiento hondo y profundo de Flamingo… LA FRÁGIL MEMORIA del trapense se aviva con dos noticias, una buena y otra mala. La primera es la del encuentro literario Lunas de Octubre, organizado por Edmundo Lizardi en La Paz y Cabo San Lucas, en el cual coinciden amigos queridos de la pía sociedad. La segunda, la detención el pasado 10 de septiembre de Eugene Mingus en Playas de Tijuana, donde tiene su casa y cuidaba amorosamente un invernadero “con sesenta plantas de marihuana de dos metros de altura y entre cinco y siete tipos de semillas”, según informó el periódico Frontera. Hijo del genial Charles, Eugene fue víctima de una denuncia anónima y tratado por la policía como delincuente cuando es un ecologista —en sus plantas no utilizaba ningún herbicida—, un maestro generoso a quien mucho le deben Julieta Venegas y otros músicos locales. En la fotografía difundida con motivo de su detención, Eugene semeja un monje, un monje viejo con capucha y barba blanca, con el rostro enjuto y la mirada melancólica. No parece preocupado, sólo triste. Es un hombre libre, un jazzista forjado en la tradición y por lo mismo en la búsqueda de sonidos nuevos. La cofradía —como permiso de los bienpensantes— ruega a Dios por su pronta liberación… EN EL MUSEO Mural Diego Rivera, la sonorense Mara Romero presentó su libro De tu olor y de mis miedos. Vestida de negro rotundo, con unas alas del mismo color como respaldo de su silla, leyó, entre otros, su poema dedicado a la Piazarnik: “La enamorada cruza el puente de la realidad,/ oscura se distingue,/ acomoda en barracas el olvido;/ un viento agrio juega con su pelo:/ labios hormigantes/ que le devuelven la sed”… QUERIDOS CINCO LECTORES, con Liliana Campa, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.
joseluis.martinez@milenio.com










