Las damas del jurado

¡Bendito Dios! Los gritos del cartujo trascienden los muros del monasterio, recorren bosques y praderas y selvas y desiertos y ciudades pregonando la inquebrantable voluntad de quienes han decidido proscribir en el arte la indecencia, la imaginación descoyuntada, las flaquezas humanas.

¿Cómo no agradecerles, queridos cinco lectores, sus fatigas a esas buenas personas? ¿Cómo no admirarlas cuando en su larga y noble lucha tantas veces son ignoradas cuando no incomprendidas y expuestas al escarnio? Las llaman mojigatas, pudibundas, gazmoñas y aun hipócritas. Y a ellas no les importa. Se han templado en otras querellas, en otras guerras. Tienen un valor y una moral de doble blindaje: nada las vulnera y cada golpe recibido las vuelve más fuertes, más poderosas. Y ahí están ahora mujeres de esa estirpe como Teresa Ulloa, Bertha Navarro y Lydia Cacho chillando contra la probable filmación de la novela de Gabriel García Márquez cuyo solo título sonroja e indigna a la pía sociedad: Memoria de mis putas tristes, la historia de un viejo de noventa años ávido de poseer a una virgen de quince, para lo cual entra en tratos con la dueña de un burdel. La melancólica belleza del relato, inspirado en La casa de las bellas durmientes, de Yusanari Kawabata, sus valores literarios, poco importan a las virtuosas señoras. Hacen bien… “No estamos atentando contra la libertad de expresión”, aclara doña Teresa al hablar de la cruzada contra la película encargada al danés Henning Carlsen con base en un guión del veterano Jean-Claude Carrière. “No estoy en contra del arte ni de la libertad de expresión”, afirma también Navarro, y Cacho pone las cosas en su justa dimensión al abordar el tema en su columna de El Universal: “No se trata de censura ni de moralina, sino de un debate real de fondo sobre el aval ideológico de la trata de niñas”… En su perorata, la autora de Los demonios del Edén cita a J.M. Coetzee, para quien —dice ella— “el final de Memorias es moralmente cuestionable”. ¿Habrá leído doña Lydia Contra la censura, donde el sudafricano explora la vocación por silenciar a los demás imperante a lo largo de la historia? ¿Tendrá alguna opinión sobre el ensayo publicado en ese libro referente a las feministas radicales en Estados Unidos e Inglaterra, furiosas opositoras de la pornografía? Sólo Dios y ella lo saben… En la santa sede el trapense alaba su esfuerzo por librar a la sociedad de los males proverbiales del arte y la literatura y sólo lamenta una cosa: cuando Cacho, Ulloa, Navarro y otras como ellas sean sólo polvo y nadie las recuerde, alguien seguirá hablando de libros como Memorias de mis putas tristes, Lolita, Historia de O, Las edades de Lulú, de películas como Taxi Driver, Pretty Baby, American Beauty, de los cuadros de Balthus (de La lección de guitarra, por ejemplo) y de tantas otras obras perversas. ¡Maldita sea!... QUERIDOS CINCO LECTORES, con una mujer sin nombre en pie de guerra, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

joseluis.martinez@milenio.com