Ver con los ojos de otros

Relato de un paseo a ciegas, donde la fotografía ya no es una selección visual del autor, sino la imagen más exacta de lo que nos rodea

Monterrey, NL.- Javier llegó sin un guía para el recorrido y Gerardo le ofreció su hombro; uno con los ojos vendados, el otro ciego desde los 25 años, caminan por entre los jardines del Parque Fundidora, ninguno de los dos ve hacia donde se dirigen.

El joven viste con uniforme de chef y camina con temor, con una cámara digital colgada al hombro que en momentos toma para disparar instantánea, pero el fotógrafo es el otro, cuyo mundo de obscuridad no le ha impedido retratar la realidad que le rodea y mostrar a otros cómo sensibilizar el resto de sus sentidos.

Gerardo Nigenda es oaxaqueño y se inició en la fotografía desde 1999, cuando ya era invidente; desde hace nueve años viaja por el país con su curso “Percepción no visual”, donde sensibiliza a los participantes no sólo en el uso del resto de sus sentidos, sino también en sus conceptos de solidaridad, tolerancia y respeto.

“A veces la visión enajena y te causa muchos prejuicios, parte de lo que busca el taller es que esa riqueza de estímulos visuales la puedas enriquecer con una mayor cantidad de estímulos complementarios”, dice sereno.

Mientras, casi 40 personas, entre participantes y guías, esperan la llegada del transporte público. Han cruzado el Parque Fundidora haciendo preguntas sin respuesta a sus lazarillos: ¿Dónde estamos?, ¿A dónde vamos?.

Por fin llega el camión y comienza la parte más complicada de la travesía, el chofer se exaspera ante el grupo de invidentes temporales y sus torpes guías. Adentro los participantes se ríen de nervios, no dejan de disparar sus cámaras y gritar ante cada bache que sortea el destartalado autobús

Casi todos caminan como si hubieran alunizado, un pie tras otro, la confianza en su guías llegara más tarde, cuando los olores y sonidos del mercado les entren por los poros y pierdan el miedo.

Huelen, tocan, escuchan, incluso se desinhiben, la gente los mira con curiosidad mientras accionan su cámara; más tarde vendría otro reto importante: comer a ciegas.

Unos intentan con el tenedor, otros usan las manos y tiran el contenido de los vasos, pero el hambre gana y todo siguen; se atragantan mientras se cuentan sus experiencias.

“Para mí fue una experiencia increíble haberme topado con este curso, es un parteaguas en la forma de hacer mi arte”, dice Vanessa.

Después de la comida Gerardo parte a Zacatecas para remover allá las conciencias de un grupo nuevo de artistas.

Daniela Mendoza Luna