¿Misión imposible?

Comunicar la ciencia siguiendo las reglas del periodismo es algo que tratamos de hacer en esta sección un día sí y otro también. Y hoy toca la duda otoñal: ¿será verdad que se puede comunicar la ciencia de un modo periodístico?

Cuando le externé mis dudas periódicas a un amigo bien enterado, sacó de su memoria de elefante media docena de reportajes espléndidos de The New York Times, de Time y de varios otros medios.

Sí, le respondí, pero tú hablas de piezas periodísticas larguísimas. Si el espacio no es límite, se puede hacer mucho. Pero, ¿y si hay límites de espacio? ¿Y qué hacer con los límites de atención, cada vez más escasos, de lectores entretenidos por la infinita variedad de internet?

A esas alturas, ya teníamos entre pecho y espalda dosis terapéuticas de diversas bebidas alcohólicas, así que sacamos a patadas las inhibiciones, desempolvamos nuestra capacidad de salvar al mundo y empezamos a perorar. Resumo aquí algunos puntos que tocamos en esa jornada (y callo las tonterías que dijimos más allá del umbral de la ebriedad).

En un sentido literal, no es posible comunicar a un público totalmente neófito el valor de la ciencia, más allá de lo anecdótico, de lo maravilloso, de lo excitante, de lo emocionante. Es decir, la ciencia que se puede divulgar a cierto nivel del público es la ciencia espectacular.

Felizmente, muchos progresos, hallazgos, novedades científicas, tienen algo de atrayente, una conexión, un punto de empatía, un gancho de dónde colgarnos para tratar de insertar la historia en la imaginación del lector.

Los buenos lectores no abundan como uno quisiera. Distraídos por lecturas más amables o evasivas, pasan sobre las notas que uno suda con aire de “¿Y a mí qué?”, y como se quejaba un científico, en verdad muchos optan por los morbos cotidianos de la grilla, de los chismes del show business, de los deportes.

La ciencia vende poco, y si escribes mal, es peor. Si escribes bien, a veces funciona. Y con eso basta. En los lejanos tiempos en que di algunas clases de preparatoria, me desesperaba al ver los rostros estólidos de los alumnos, caras en las que veía claramente escrito: “¿A qué hora te callas para poder irnos?”. Pero a veces, oh, sólo a veces, decía algo que hacía brillar un ojito interesado. Cómo trataba luego de alimentar ese destello, de cultivar esa curiosidad. Tal es la misión imposible que tratamos de lograr, un día sí y otro también.

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