Taxistas en Guadalajara

Subir a un taxi en la capital del Estado de Jalisco es como hacerlo a un juego en parque de diversiones, con el agravante de que con éstos chafiretes los peligros son tan reales que merecen ser llevados a una cinta de Tarantino

El del auto japonés

Era una tarde hermosa y me la estaba perdiendo por estar pegado a la computadora. En 8 de Julio frente al Wall Mart, pare un taxi que venía tendido por la ruta de alta velocidad, dirección Lázaro Cárdenas. Sin tentarse el corazón el chofer me miró, viró hacia la derecha saltando dos carriles y rechinó llanta a 10 centímetros de mi mano alzada. Era un morenazo extrovertido y con obvio sobrepeso, que manejaba echado para atrás a velocidad Fórmula 1.

A los pocos metros, abrí charla con voz temblorosa pues el Nissan cruzaba las vías sin detenerse:

—¡Qué desperdicio! El día esta bien chelero y yo encerrado…

No terminaba aun mi queja cuando el tío ya me preguntaba a gritos:

—¡¿Quieres un vino?! ¡¿Quieres un vino?! Te lo digo de verdad; ahí en la cajuela traigo unas botellitas de un tequila que cumple con las tres “B”: bueno, bonito y barato. Te estoy hablando en serio, bájate aquí en el OXXO y cómprate unos vasitos…

Lo ignoré de inicio pues la duda y desconfianza propia del chilango me pusieron a meditar. Claro que se me antojaba darle un llegue al maravilloso tequila pregonado, pero enseguida pensé que era una treta para sedarme y después asaltarme, ultrajarme y dejarme abandonado en un paraje cercano al rancho de Los 3 Potrillos. Me imaginé al día siguiente en la portada del amarillista Metro bajo la cabeza "Hicieron patria: sodomizaron a un chilango". Pretendiendo disimular mi susto, lo reté.

—Y si me echo un tequila… ¿tu mientras tanto, qué?—
—¡Pues me echo otro contigo! Nunca dejo tomar solos a mis clientes—, respondió como si fuera en realidad teibolero y no taxista.

A esta aclaración, siguió una confesión de partes donde relataba que a diario se echaba “de medio litro a tres cuartos de tequilita, aquí chambeando”. Y como si nada. Su descompuesta figura daba certeza de lo que despedía su descarado speach. “Por ejemplo hoy salí a las siete de la mañana a chambear. Le paré a las once, fui con mi compadre a almorzar, me eche cuatro vinos (tequilas), fui al sitio, lavé el auto, me tomé unos tehuacanes, me entablé y aquí me tienes chambeando de vuelta. Al rato como a las siete le paro, voy con otros colegas y me echo otros cuatro vinos”. Y como si nada.
Tenía razón, el tequila cacareado, que al final le acepté, era bastante bueno. Con razón manejaba tan excitado en todo momento.

El del compacto alemán

Pocas semanas después, me tocó viajar con uno de los pocos chafiretes introvertidos de ésta ciudad; un tipo más bien ranchero que parecía absorto en las noticias por radio. Para abrir plática, le relaté el episodio de su colega tequilero. Como lo esperaba, su primera impresión fue de asombro.

— ¿De verdad?
— Así como lo oyes. Un chofer que andaba ebrio. Y además traía un tequila excelente. La verdad es que lamento mi mala memoria pues no me puedo acordar de la marca.

Entonces el taxista serio se arrancó con un pequeño monólogo en el que acusaba al borrachote de que, por taxistas como él, el gremio estaba bien desprestigiado, que por eso luego la gente ya no quería tomar taxi, y que la situación estaba crítica por irresponsables como el mentado a quienes los encargados del transporte deberían no sólo retirar la licencia, sino levantar una denuncia penal por poner en riesgo la vida del querido pasaje que les da de comer. Sin embargo, remató con una revelación desconcertante.

— Yo por ejemplo, para chambear, si me doy mis "pases".
— ¿Eh? ¿Cómo?— Pensé que había entendido.
— Si, para manejar, consumo coca, compadre. Es algo totalmente diferente a andar borracho—, me dijo con la misma seguridad con la que eligió una ruta alterna para ir de la cantina La Fuente al table Candy´s, en Zapopan.
— Supongo…
— Si, con la cocaína andas bien pilas, y nada se te va. Es lo mejor para soportar las rudas jornadas al volante.
— Y ahorita andas…
— ¡Si claro! Everyday, primo. Y a poco se me nota… pues claro que no.

Cuando se fue bien tranquis, pensé que tenía razón en algo: durante sus maniobras no había rastro alguno de su intoxicación.

El loco del Ford

En aquella ocasión estaba hospedado en un hotel cercano al Centro Magno. La anterior había sido una noche tormentosa por lo que la resaca molestaba plena. El hotel contaba con su propio sitio de taxis y a uno de ellos subí. “Primo, ando un poco crudo, llévame a donde me alivianen, por favor”, ordené a otro rechoncho personaje al volante.

— ¿Anda crudo, jefe? ¡Uuuuyyyy, ahorita va a ver!

Me llevó a un lugar excepcional conocido como La Chata y pidió permiso para echarse un taco conmigo. Acepté para ver hasta donde llegaba. Antes de pedir de comer, ordenó una botella de ron. Lo dejé actuar como si fuera objeto de un estudio antropológico y además lo escuché sin reclamar. Mientras comíamos y bebíamos como los grandes, me contó su vida en la que su mujer, cuñadas, suegra, hijos, vecinos y patrones se unieron en un ramillete de quejas. Al terminar, me invitó a una cantinucha cercana a la avenida Independencia, en donde chicas con sobrepeso atendían en minifalda. Pidió otra botella de ron y yo lo dejé pues, además de que no tenía pendientes, me interesaba saber hasta donde llegaría. Al anochecer lo único cierto es que yo era un poco más tolerante al alcohol, pues mi chofer ya comenzaba a hacer desfiguros, como caerse de la silla en par de ocasiones. Olvidó que ya me sabía la triste historia de sus males y me los volvió a recetar. Aunque me lo traté de llevar hacie el tema del futbol, siempre regresaba a sus tormentos, aprovechando que tenía un paciente sicólogo frente a él.
Corte. Siguiente secuencia en una avenida de nombre desconocido donde vemos a un turista manejando un taxi de Guadalajara, con el chofer de la unidad haciéndola de copiloto y, en completo estado de ebriedad, dando confusas indicaciones para llegar a su casa.

— Shévate mi auto y ai lo dejas en el sitio…— fue lo último que le escuché decir.

Sin embargo, ahora que ya sabía hasta donde era capaz de llegar, lo ignoré. MI estudio había terminado. Estacioné el auto afuera de su humilde vivienda y le dí las llaves a un rechoncho y chillón chamaco, quien se había llevado un coscorrón previo de parte del borrachón. Imaginé que era uno de sus hijos. Después caminé un par de cuadras en barrio bajo, y paré un taxi amarillo con toldo negro, típico de esta ciudad.

— ¡Al centro magno, primo!— dije con voz aguardentosa.
— Cómo no, jefecito. ¡Qué buena fiesta se trae! ¿A poco ya se va a dormir? Si gusta lo llevo a un lugar con unas muchachas; están re muñecotas todas.

A pesar de la oferta, que no tenía por qué ser mentira, los límites de los taxista en Guanatos me habían quedado tan claros, que ya no tenía caso seguirlos explorando.

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Por cierto, una disculpa a los blogueros de MILENIO.com pues el irresponsable gangster, encergado de escribir esta columna, se ausentó más tiempo del que hubiera deseado a causa de un conflicto sentimental que lo postró en la inmovilidad y el valemadrismo. Espero ya no ausentarme por temporadas tan largas. He dicho.