Y Dios creó a la mujer

En el refectorio, el cartujo, precavido, mira a todos lados; lo tranquilizan la soledad y el silencio. Pero su corazón no se apacigua, menos aún cuando de la alacena toma una botella de vino para llenar una copa, alzarla al cielo y pronunciar un nombre: Brigitte Bardot.

Un nombre prohibido en el monasterio, una blasfemia, un atentado contra la virtud. En abril de 1958 en la Exposición Universal de Bruselas, el Vaticano presentó un pabellón dividido en dos secciones: una dedicada al Bien, a los santos, a los milagros, a la continencia, al cielo prometido. Y otra al Mal, a sus vanas promesas y castigos ejemplares. Para representar al pecado favorito del demonio: la lujuria (según San Bernardo como bien lo recuerda el piadoso Héctor de Mauleón en su novela El secreto de la noche triste, a la cual volveremos en otra homilía), la Iglesia eligió una foto de B.B. en Y Dios creó a la mujer, la película malditamente inolvidable de Roger Vadim. Desde entonces, lo reconoce ella misma en sus memorias, su imagen quedó asociada “al escándalo, a la inmoralidad, al pecado de la carne, al diablo con cuernos, al símbolo de la mayor depravación”. Desde entonces, nombrarla en la santa sede es una falta imperdonable… BRIGITTE BARDOT NACIÓ hace 75 años, el 28 de septiembre de 1934. El tiempo se ha ensañado con ella, nada queda de su belleza física y la del espíritu tampoco permanece indemne. Queda, sin embargo, el recuerdo de su hermosura, y no se diga de su insolencia. Una noche, ella tenía 16 años, Vadim, su amante y protector, la invitó al teatro Antoine y después a cenar al Maxim’s en una mesa de escritores, actores, diplomáticos, periodistas, presidida por la señora Simone Berriau, directora del Antoine. Avanzada la reunión, la señora Berriau, en medio de “un silencio de muerte”, le preguntó inesperadamente: “Usted es encantadora, mi querida, ¿es aún virgen?” “Todo el mundo me miraba —escribe la actriz—, miles de ojos, insectos; rápido, desaparecer… Reían… Se burlaban de mí… Mi voz, pese a todo, contestó en medio de ese mismo silencio: ‘No, señora, ¿y usted?’… Un inmenso estallido de risa, algunos aplausos, ahora los insectos la miraban a ella, vieja, agria, con su ridículo sombrero… ¡Estaba feliz, había ganado mi primera batalla!”… DIRIGIDA POR LOUIS MALLE, con Jeanne Moreau y George Hamilton, en 1965 B.B. filmó en México Viva María. Durante seis meses recorrió el país y se enamoró de él, a pesar de algunas experiencias poco gratas. Un día, por ejemplo, mientras esperaba el llamado para una escena, se sentó en una piedra, estaba aburrida y enojada. De pronto llegó corriendo y gritando un ayudante, la tomó entre sus brazos y la levantó sin miramientos. “Bajo la piedra en que estaba sentada —cuenta Brigitte— hervía un nido de escorpiones”. ¡El culo (glup) más célebre de la época se salvó de milagro!... QUERIDOS CINCO LECTORES, en un cálido amanecer en la ciudad de Chihuahua, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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