«Einstein», el apatosaurio

Stephen Jay Gould, todavía mi gurú estilístico en materia de ensayo, escribió en muchas ocasiones que su vocación científica, aunque pudo haber sido más temprana (porque su padre era un naturalista aficionado), tuvo su punto de inflexión a los cinco años, cuando Leonard Gould lo llevó al Museo Americano de Historia Natural. El pequeño enfrentó ahí la figura mayestática de un Tyrannosaurus rex, y en ese momento decidió que sería científico. Y lo fue: uno de los más importantes del mundo. Sobre todo uno de los más interesantes del mundo, aunque polémico en muchas cosas. Pero no recuerdo a ningún otro intelectual de quien se dijera que fue el mejor ensayista vivo en lengua inglesa.

Estas ideas y otras pasaron por mi magín la tarde del martes, mientras caminaba alrededor de la impresionante estructura del Apatosaurus conocido como Einstein. Mauricio Fernández me dijo, emocionado, los detalles de su extracción, preparación, montaje, viajes y adquisición final por parte de su familia. No es poca cosa: es propiedad de mexicanos uno de los mejores dinosaurios del mundo. ¡Guau!

Las buenas noticias no terminan aquí. El propósito de Mauricio y sin duda de su familia es que ese monumental fósil de 23 metros de largo sea la semilla alrededor de la cual se construya un museo de historia natural de clase mundial. El alcalde electo de San Pedro dijo que ha visto cientos de museos en todo el mundo, y en ninguno hay una pieza tan formidable como Einstein. Yo vi hace unas semanas el dinosaurio del Museo de Historia Natural de Londres, y no puedo sino asentir: Einstein es increíblemente bello y valioso y majestuoso.

Si la familia de Mauricio se empeña y si el nuevo gobierno de Rodrigo Medina apoya la idea, Monterrey podría ser sede en un futuro próximo de una institución todavía más valiosa que el apatosaurio: un semillero de científicos, un inspirador de vocaciones, un museo vivo que pueda exponer al mundo no sólo a Einstein, sino al Monstruo de Aramberri, el ictiosaurio del sur de Nuevo León y a otras piezas que han aparecido y seguirán apareciendo en canteras del norte del país.

La experiencia de El Museo del Desierto, que en Coahuila ha edificado una instalación sensacional, es muestra de que apostarle a la educación en este asunto sigue una lógica ganar-ganar. ¿Quién sabe cuántos científicos geniales podrán surgir de un museo como el que sueña Mauricio?

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