Las mil y un tocadas del South by Southwest

Este texto que, por equis o ye, no llegó a ser publicado por allá de marzo-abril de este año. Para que no se quede en el cajón, se los comparto. Una versión impersonal de este artículo fue publicada en Playground Magazine.

Desde que llegamos al South by Southwest sólo hemos podido comer una cosa: salchicha. Como de a 5 dólares la pieza. Un hot dog con sabor a jalapeño, con inspiración italiana, o un monster cock bovino por unos centavos más. Es lo mejor de lo peor, ‘best wurst’ como el nombre de uno de los puestos fijos de la calle sexta, en el centro de Austin.

Estamos a unas cuatro horas de la frontera con México, si pisas bien el acelerador. Nada más de caminar en la banqueta duele: 15 pesos por dólar. A lo mejor por eso no te has movido en un buen rato. Nos costaría todo. La oportunidad de escuchar a Daniel Johnston antes de que se le vuelva a aparecer el demonio, a los Herman Dune como rabinos del folk honesto, a Asobi Seksu en radiación shoegaze durante una carne asada. Probablemente nos tardaremos en escapar de esta fila. Antes van diez personas igual de hambrientas y cansadas. La calle es la mar de gente, en pleno exilio. No puedes ver la banqueta.

Yo espero detrás de ti. En realidad la fila es menor que la del Rappolo’s Pizza. No hay que perder más tiempo. Porque todas esas personas han venido con nosotros a ver a una cantidad ridícula de bandas. Sabes que son más de mil, desde PJ Harvey y Metallica hasta bandas de países lejanos que van empezando. Muchas de ellas están tocando en este momento a lo largo de la calle Sexta, sobre la que estamos parados. Cada una en un bar o en un museo o en una tienda de ropa, porque no es como en el Vive Latino o como en el Coachella. En el South by Southwest el centrifuguismo es puro y se toca donde se puede.

Apenas llegamos el miércoles a los Evangelicals, en un bar de vaqueros indies y paredes de madera, y dieron uno de los mejores sets de cuatro rolas que hayamos visto. Ayer en la noche escuché media hora de Brother Ali en el patio de un restaurante cubano, donde unas 500 personas palpitaban con sus rimas atraviesa-ritmos como si fuera un walking bass. Hoy cargas contigo dos agendas y varios panfletos por miedo a perderte conciertos que no sabías que existían. Como al ácido lisérgico o al sexo con supermodelos, este festival no es algo a lo que quieras acostumbrarte.

El aceite rebota contra el acrílico del puesto de hot dogs y lo ensucia. Si pagamos ya no nos alcanzará para el taxi de regreso. Estoy empezando a juntar centavos. Nos dieron un montonal en el Austin Music Hall, cuando fuimos a ver a Devo. No te esperabas esa sesión satírica de gimnasia. Ni al Booji Boy aventando pelotas de plástico que sacaba de sus calzones durante “Beautiful World”. Si te platico ya no divagas en qué comeremos mañana. Scherezada para las mil y un tocadas. ¿Esperabas algo distinto de la ciudad? Texas está lleno de cowboys y tecnocumbias, pero los supermercados son los mismos. Y Bush nació en este estado.

Aún así no creo que conozcas cada rincón del laberinto, por más que te jactes que no es la primera vez que vienes. Te faltan las fiestas no oficiales, las que usan los periodistas para huronear la canción que nos joderá por el resto del año. ¿Realmente quieres ver a MSTRKRFT? Eso sí es lo peor de lo peor. Un buen mundo pero no para ti, mal-parafraseando a Devo. A ver si nos buscamos una banqueta limpia para contarnos las ampollas o si nos robamos unas ‘complimentary beverages’ de alguna fiesta. Pero ya, antes de que empiecen las siguientes bandas. Saca tus agendas de una vez y deja que se quede con el cambio. Al rato veremos cómo le hacemos para regresarnos con todos.