Lecciones colombianas contra el crimen organizado


¿Cómo redujo de manera radical una ciudad industrial grande –la segunda más importante de un país– los altos niveles de violencia que padeció a causa del narcotráfico, los cuales convirtieron algunas zonas urbanas en territorios inaccesibles, donde no entraba la policía y en donde los jóvenes admiraban a los narcotraficantes?

Llegué con esa pregunta a Medellín, la ciudad de Colombia que se hizo famosa a nivel mundial por Pablo Escobar y por los jovencitos kamikazes retratados crudamente por el escritor Fernando Vallejo en su novela La Virgen de los sicarios, la cual también fue adaptada al cine y se convirtió en una película muy taquillera.

El paisaje de Medellín me recordó a Monterrey de inmediato. Las bellas montañas del Valle del Alpurrá que la rodean son imponentes y cautivadoras para alguien que, como yo, creció arropado por un paisaje similar. Los paisas, como se les dice a los nacidos en el departamento de Antioquia, donde está ubicada Medellín, tienen fama de ser trabajadores y amables, además de buenos comerciantes.

Durante la década de los noventa, cuando la cúspide de la violencia que vivió Medellín era tal que los sicarios se paseaban por las calles de la ciudad con total impunidad, parecía que el Estado iba colapsar, según me relatan varias de las personas con las que he platicado y con las cuales he caminado las comunas de la ciudad, esos puntos urbanos enclavados en los cerros, que antes fueron tierra de nadie y hoy son sitios incluidos dentro del desarrollo de Medellín.

A principios de este siglo, un grupo de académicos (matemáticos, biólogos, arquitectos y periodistas) lograron desplazar a los partidos políticos tradicionales, ganaron la alcaldía de la ciudad y comenzaron una transformación que hoy en día es reconocida a nivel internacional.

Uno de estos académicos es Sergio Fajardo, quien fue alcalde de la ciudad y dio hace poco una conferencia en Monterrey donde explica la experiencia de esta transformación.

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