Horacio SalazarEl País de las Maravillas
Peguémosle al gordo interior
Todos los mexicanos (los de falda, los de bigote y todos los demás) queremos pegarle al gordo. Lamentablemente, sólo queremos pegarle al gordo de la Lotería, expresión con la que externamos nuestro sueño de forrarnos de dinero a cambio de unos pesos y nuestra optimista e inquebrantable fe en que un día un milagro nos sacará de la inopia.
Pero ahora nos enteramos de que está bien pegarle al gordo. Es más, de que es imperativo que le peguemos al gordo. Pero esto no significa un aval para la violencia: nadie nos pide que agarremos a catorrazos al prójimo voluminoso más próximo.
Se trata de que le peguemos, metafóricamente, al gordo que todos llevamos dentro (y algunos también afuera, gulp). En otras palabras, el IMSS nos invita a que adoptemos un estilo de vida que excluya de manera tajante las michelines, la doble papada, la fiaca vespertina, las tallas extra y la gula de media tarde con panecito y cafecito.
Y ahora el argumento no es estético. No se trata sólo de que estando esbelto se ve uno mejor (algo que constato cada vez que bajo de peso). Ahora se trata de una cuestión de salud.
Con un par de días de diferencia, las autoridades federales de Estados Unidos y México, que rara vez se ponen de acuerdo, se las arreglaron para salir casi simultáneamente con cifras aterradoras que en pocas palabras dicen: o enflacas o te mueres. En México cada día la lonja y sus secuelas se llevan a 87 prójimos.
Y es que la verdad ambos países cojeamos del mismo pie: abrimos la boca de más, y no precisamente para hablar, sino para engullir las delicias que nos ofrece ese villano llamado refrigerador.
Pero esas delicias que tan bien saben al pasar por la boca, se suman a las que traemos acumuladas sobre el esqueleto, y la abundancia de azúcares, almidones y demás cochinadas esponjosas va dejando en el interior del cuerpo una huella parecida a la que deja un tanque al cruzar una ciudad.
Tienen razón los médicos: el placer de comer como desaforados no es algo que uno pague a corto plazo (aunque a veces el exceso no te deja dormir). Es en el largo plazo cuando nos caen encima intereses sobre intereses, y la báscula es testigo.
Entonces, amigos, mexicanos: hay que hacerle caso al IMSS y a Clinton, hay que cambiar de vida para que, cuando lleguen los años, dejemos atrás los kilos. ¿Queremos ser unos viejitos felices y esbeltos o unos vejetes gordos y gruñones? Sólo de nosotros depende.










