Tullidos, barbones y caballeros

HISTORIAS DE NADIE - Milenio Diario de Monterrey

Los aeropuertos de ciudades grandes, especialmente de madrugada, son misteriosos. Mantienen ese ritmo incesante de ires y venires que suelen tener durante el día, sin embargo, durante la madrugada es otra la velocidad de este viaje pedestre alrededor de aduanas de revisión más relajadas, salas de espera improvisadas como recámaras y cafeterías que no venden café. El ritmo tiene ahora una velocidad humana.

Parte inevitable de esa inercia de aeropuerto, me acomodo en la sala 52 de la terminal y comienzo a leer al periodista polaco Wojciech Jagielski, un reciente descubrimiento que en este momento es como luz bajo la sombra de cóndores de metal varados, listos para volar.

El reportero Jagielski, cuyos libros por desgracia no se venden aún en México, ha viajado y escrito sobre Afganistán y la región de El Cáucaso, logrando retratar personajes del poder trágicos y fenomenales.

Sobre los gobernantes tullidos de Afganistán, dibuja: “Los gobernantes a veces son un espantoso reflejo de su país y de sus habitantes, y quizá en ningún lugar del mundo sea esto tan cierto como en Afganistán. Los talibanes eran unos tullidos. Tanto sus almas como sus caras morenas estaban surcadas por unas profundas cicatrices, y habían perdido en la guerra piernas, brazos y ojos. El propio emir estaba lisiado, al igual que prácticamente uno de cada dos ministros, generales o cortesanos. El ministro de justicia, el gullah Nuruddin Turabi, era tuerto y cojo; el ministro de Promoción de la Virtud y Prevención del Vicio, Wali Muhammad, era tuerto; el ministro de Exteriores, el gullah Muhammad Ghaus, era cojo y estaba casi ciego, y el viceprimer ministro y gobernador de Kandahar, el gullah Hasan Rahmani, así como el alcalde de Kabul, Abdul Majad, eran cojos”.

En cuanto a los rebeldes y sus barbas, dice: “Es curioso que en cuanto estalla una revolución, los hombres dejan de afeitarse. No es sólo cuestión de comodidad o que lo impongan las condiciones. En los ejércitos regulares, los soldados se afeitan incluso en el frente; los guerrilleros nunca, o raramente. La barba es un símbolo de la revolución. Suele ocurrir que los defensores del viejo orden van perfectamente afeitados mientras que los rebeldes se dejan barba. Larga o corta, la barba en el rostro del guerrillero constituye una especie de mensaje, el cual viene a decir que en ese momento sólo importa la lucha, la causa, y que concentra todas sus energías en un objetivo de rango superior. Todo lo demás ha de quedar a un lado”.

Su descripción sobre Zviad, el primer presidente de la Georgia independiente, cuyos restos fueron enterrados en Chechenia, sin que se conozca el sitio exacto, es la siguiente: “Era un hombre débil e infeliz. Por lo visto le interesaban temas como el ocultismo, la magia negra y la parapsicología, y creía en la transmigración de las almas. Al parecer por eso le había dado a su partido el nombre de La Tabla Redonda-Georgia Libre; creía ser una nueva reencarnación del rey Arturo, y sus compañeros serían los caballeros de la Tabla Redonda”.

TARUMBA: POEMA DE UN PERIODISTA

LEVANTAMOS UN FARO

Levantamos un faro en medio del mar
un faro de paredes de papiro
que usábamos para guardar los vinos
y para echarnos a beber con mujeres
pero no hacíamos nada para la posteridad
Una noche que intentamos dar Macbeth
nos demorábamos meses en darla
y se nos olvidaba en qué íbamos
Habíamos levantado un faro en el mar
para no hacer nada en la vida
y gozar desnudos y con mujeres
Ma a veces maravillados por un Mirage
por una clona que nos hacía los ojos
asaltábamos a la sexta flota española
y promovíamos graves desórdenes bajo cubierta
Pero no hacíamos nada grande la verdad
Abusábamos del amor
del ocio y del porvenir
y bebíamos hasta moverle el piso al mar.

Este poema se lo envió el periodista René Alonso a a la reportera Perla Mendoza, una de sus discípulas, cuando ésta partió a radicar a Seattle.

No sabemos dónde está ahora René, pero sí sabemos que le va bien.

El pasado 22 de julio, Perla Mendoza escribió lo siguiente en su diario:


Has muerto René. Bajo el atardecer del mes de febrero dejé de ver por última vez tu sonrisa. Recuerdo como tu mano tomaba con fuerza tu bastón mientras te sostenías de pie, sé que notaste mi alegría y mi miedo por comenzar una nueva aventura en otra tierra, entusiasta y solidario en los sueños ajenos, fuiste amigo y fiel consejo.

Me despedí de ti en tu vieja oficina del centro de Monterrey, entre poca gente, como también son pocos, los verdaderos amigos. Empacando mi nostalgia para iniciar un nuevo viaje, te sentaste a mi lado, me sonreíste, bromeamos y sin duda, como todo un buen maestro fortaleciste los sueños de tu alumna.

Hace unos cuantos veranos te conocí detrás de un viejo escritorio, el cual estaba cubierto de periódicos, en esos días no vestías con tu bastón. Estricto y fuerte en el momento de enseñar, y con tremenda sonrisa para apaciguar las dudas. Tus lecciones fueron claras, justas y directas.

Me siento triste por tu partida, he tomado tragos de silencio por no querer reconocer la noticia de tu ida. Entre este calor agobiante, raro para los escasos días soleados que hay en Seattle, llegan a mí recuerdos, esos buenos momentos, esas charlas reflexivas, críticas, y de constante aprendizaje, las cuales te agradezco pero no puedo dejar de advertir un dejo de tristeza y nostalgia en ellos.

Periodista, poeta y amigo.

Qué razón tenías mi estimado René acerca de la soledad, sé que la soledad no es un acompañante de viajes, y hoy vuelvo agradecer tu consejo: “La soledad, amiga, no viaja con nosotros, esta dentro y hay que reconocerla, acariciarla, para poder interpretarla.”

La muerte, como tú lo comentaste un día, llega y debe aceptarse. Mi querido René Alonso, me quedo con tu amistad, esas críticas bien formuladas, y el recuerdo de tu fuerza en tus últimos pasos por seguir avanzando.

Gracias, amigo

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