Frivolidades y seriedades

Decía ayer Martín Bonfil en este mismo rincón que “la incultura científica del mexicano es galopante” y que quienes comunicamos ciencia debemos redoblar esfuerzos, supongo que para combatirla.

Estoy de acuerdo en que es preferible un mexicano que piensa a un mexicano que no lo hace. ¿Por qué? Porque en vez de ver su vida como un rosario inacabable de tragedias que inevitablemente son culpa de otros, como una cadena interminable de hechos aislados, el conocimiento ayuda a comprender un dato simple: los hechos están conectados.

Esto es algo tan obvio que más de tres, acaso cuatro, podrán decir que para leer estas gracias no necesitan de mi auxilio, porque obviedades hay dondequiera, pero la verdad es que para una porción tristemente grande de nuestra sociedad incluso una simpleza como la recién apuntada es una novedad.

La verdad es que, impelidos por las revolucionesde internet, de la crisis, de la globalización y de nuestra propia pereza, indolencia o inercia, según se quiera ver, todos los humanos derivamos poco a poco hacia dos rumbos divergentes: por un lado están quienes aprovechan los fenómenos citados para enterarse mejor de las cosas y ver con seriedad el futuro, y por otro quienes poniendo sobre su testa la cachucha del “¿Y a mí qué?”, hacen buena la profunda filosofía del Tigre Azcárraga engullendo felices toda clase de sandeces y mamarrachadas que se les venden como cultura.

Ahora, conste que en realidad yo creo que cada quien debe hacer con su vida lo que quiera y pueda, y si alguien prefiere verla como una tragedia retratada en las telenovelas y engullirse enteros los mensajes que le dejan los mausanes y demás fauna oportunista, es su decisión.

Similarmente, si yo prefiero leer, ver la tele, navegar por internet, rascarme la pelona (u otra zona anatómica), tengo derecho a que se me respete mi decisión.

¿Entonces a santo de qué decimos los que comunicamos ciencia que estamos haciendo un trabajo a favor de las mayorías? La respuesta se reduce a esto: oportunidades.

Alguien con escasa formación cultural, que aprende de los programas de variedades y se guía por los consejos de un astrólogo, en realidad no tiene de dónde elegir; carece de oportunidades. Alguien mejor formado, con criterio y opinión propios, puede elegir mejor y por lo menos sabe que hay opciones. Ese es el derecho por el que buscamos promover el mensaje racional de la ciencia y sus bondades.

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