Violetta VerdúTacones Cercanos
Esa traidora llamada imaginación
Peco de tener mucha imaginación, lo cual para ciertos fines es muy práctico (como el hecho de tener una columna semanal y balconear a todo mundo, pero gracias a que la mente me permite disfrazar personajes y situaciones, no estoy expuesta a que más de uno me agarre a periodicazos); no obstante, he aprendido que en el día a día, andar pajareando con la mente no deja los mejores resultados.
Es decir: no puedo imaginar mi vida sin imaginar, pero creo que hay momentos en que nuestras fantasías rebasan la realidad de tal manera que no nos permiten disfrutar el aquí y el ahora. Me parece que las fantasías sirven en todo caso, como plataforma para realizar las cosas que anhelamos, no como una vía de escape para huir del presente.
Tengo una amiga con la cual no me une nada más que cariño (porque somos diametralmente opuestas) que me contó cómo anda padeciendo de males emocionales. “Mi matrimonio está colapsado”, me dijo Margarita quien es una gran chica, cuando la conocí (long time a go) teníamos sueños similares, trabajábamos por conseguirlos y nos imaginábamos cómo sería el resultado final; pero hace un par de años se casó y hagan de cuenta que me la cambiaron en el carrito del súper. De repente se convirtió en una ñora amargada, su día a día se volvió una pesada rutina alejada de todo highlight y tras mucho hacer de cuenta que no pasaba nada, la olla se destapó y salieron hartos sapos. “Mi vida de casada no es como la imaginé, añoraba que antes de un año, mi marido me dijera que me saliera de trabajar y me dedicaría a viajar y al hogar”. Fue sorprendente escucharla. “Márgara, ¿de dónde sacas eso?, seguí tu relación paso a paso y nunca vi que la intención de Mario fuera esa”, alegué; y ella lejos de darme la razón me dijo que mi argumento no le solucionaba nada. Que al no ver su sueño materializado, se fue frustrando cada vez más.
“Pero eso no es lo peor”, me dijo con la mirada cristalizada, “creo que me voy a divorciar, porque estoy tan humillada; me apena mucho contártelo pero el otro día descubrí… descubrí…” y su descubrimiento se convirtió en un misterio porque rompió en un llanto apretado con kleenex en mano a la altura del pecho (nomás le faltaba la mantilla). “¿Qué pasa, amiga?”, pregunté pensando en lo peor. Margarita respiró y me confesó la verdad en voz baja, como si Mario hubiera asesinado a Michael Jackson. “Descubrí a mi esposo ¡viendo un video porno!...” y se tapó la cara mientras chillaba como la Zarzamora. Yo puse ojos de sospechosismo porque no tenía claro si el pecado de Mario era ese, o la confesión fue interrumpida por tanto moqueo.
Margarita casi me cachetea cuando le dije que no veía el objeto de tanto drama, sobre todo cuando ella siguió relatándome cómo su vida sexual está más extinta que los dinosaurios, porque ella soñaba “con tener románticos encuentros noche a noche, con brisa entrando por la ventana y mimosas al amanecer”. ¿Qué le hace pensar a esta ingenua que así va a ser su vida cuando el pobre Mario pasa 14 horas trabajando y llega a su casa para toparse con una jetona con aspecto de Hermelinda Linda? Es más, ¿qué le hace pensar que puede dormir con la ventana abierta en esta época?
Mi amiga tiene un gran marido, que le aguanta y le soporta sus dramas por todo, pero ella prefiere desperdiciar su vida en seguir imaginando cómo va a ser el futuro cuando “la crisis pase” en vez de actuar aquí y ahora y correr a darse una pintadita de cabello que buena falta le hace.
¿No les digo? Eso de andarse creyendo más los escenarios de nuestra cabeza que los de la vida real, no deja nada bueno. Por eso yo, mejor no me imagino nada; y los dejo porque tengo una cita en el mundo real con un hombre de carne y hueso también muy reales. Luego les cuento.
Felices pasos
taconescercanos@yahoo.com.mx
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