Días de radio (o de cómo nos hackearon en nuestros sueños)

¿Se acuerdan de cuando eran niños y pegaban la oreja al escuchar el radio? Algunos nos imaginamos pequeñas personitas que vivían dentro de él: toda una familia microvestida en su microhogar que se dedicaba a cantarnos durante tantos programas. En nuestra cabeza tramábamos una explicación para cada aparato tecnológico de la casa, entretenidos tanto por el producto como por la maravilla misma de cómo funcionaba.

Ahora con las elecciones y no sé si motivados por el miedo a la influenza, me topé con un par de enfrentamientos tardíos a aparatos mágicos. Por un lado, en una nota del 25 de junio el periódico Milenio avisó que la página del excandidato a la gubernatura de Nuevo León Fernando Elizondo había sido 'hackeada'. Lo que extrañaba era su descripción del hecho: alguien registró un dominio (www.fernandoelizondo.org.mx) que era muy similar a la del sitio oficial del excandidato (www.fernandoelizondo.com), con todo y duplicación de contenido. Eso podría ser malandrinismo electoral, pero definitivamente no tiene nada que ver con 'hackers'.

Por otro lado, el candidato a diputado Félix Alfonso Torres Gómez, del partido Convergencia, se enfrentaba a su blog. En una nota para el periódico La Rocka, alegó que aquel espacio electrónico (donde hablaba de su bisabuelo Félix U. Gómez y recopilaba notas de prensa acerca de su candidatura) había sido ‘bloqueado’. “No quieren que mi voz se escuche, no quieren que las cosas cambien” era la justificación de origen para el diputado sin dar más o menos datos de cómo había ocurrido el ‘bloqueo’. Considerando que su blog estaba administrado por Blogger, el servicio web de blogs que actualmente posee Google, las posibilidades quedaban reducidas a dos: perdió el password de su blog… o bien, alguien denunció (¿accidentalmente?) su blog como “de contenido inapropiado” y le suspendieron el acceso a lo mucho por dos semanas. De todas formas, ni tardo ni perezoso, Torres difundía entonces una dirección nueva para su blog a nombre de la libertad y amenazaba con crear más si lo 'hackeaban' o 'bloqueaban' de nuevo.

Supongo que a Alex Grijelmo, periodista español y purista de la lengua, le da comezón cada vez que se publica en algún medio la palabra ‘hackear’, a la cual aún no le ponen cuarto en el gran hotel de paso lexical que es la Real Academia Española. Pero eso no es nada comparado contra la roña que le daría al ver un verbo en pleno crecimiento que ha sido tan torcido en significado. El verbo ‘hackear’ –de “to hack”, en inglés, en su acepción re-nacida hace unos 25 o 30 años para describir el acto de entrar sin permiso a sistemas computacionales por algún experto programador de computadoras (o algún equivalente)– difícilmente podría cubrir los dos “atentados” a los sitios web de Torres y de Elizondo, no importa qué tanto lo estiren los medios o los mismos afectados. Y se entiende: como la microfamilia que imaginábamos cuando pequeños, los intrusos parecieran ser la explicación más natural cuando algo se mueve como no queremos.

Que no extrañe que la Internet para algunos –los más chavitos en uso, quizá– no sea más que una caja maravillosa, un sombrero de copa para sacar monstruos que nos dan un susto momentáneo. Todavía nos queda algo de misticismo en estos nuevos días de radio, y es probable que nos dure unos años más. Pero quizá queramos reservarnos el derecho de impresionarnos con cualquier explicación fantástica para las buenas memorias y los cuentos de Cortázar, y dejar un poco de lado las ideas infantiles de cómo funcionan las tecnologías.