La Nueva Alta Costura

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El miércoles pasado se presentaron las colecciones de invierno de Alta Costura de este año en París.

“Nosotros hacemos mucho dinero”, declaró Karl Lagerfeld al New York Times, en referencia a las ventas de la sección de Chanel.
Una frase que otros diseñadores gustarían de decir con tanta facilidad, y es que cuando se habla de Alta Costura los comentarios son más bien de preocupación y nostalgia, nada tan optimista.

Inclusive Karl cambia el tono y declara que la Alta Costura está hecha para aquellos que puedan comprarla, usarla durante el día y en eventos especiales.

“Ya no hay grandes bailes, sólo eventos de caridad y fiestas libres de impuestos”, dijo Lagerfeld.

Entonces es fácil cuestionarse ¿es todavía viable la Alta Costura?, o ¿qué tanto se debe cambiar el diseño para que siga siendo rentable?

Siendo la disciplina más cara y especial de la industria por su manera artesanal de llevarse a cabo, la Alta Costura crea un precio muy elevado para cada una de sus prendas, reduciendo la clientela a un selecto grupo que no sólo puede pagarla sino que la aprecia como tal.

En 2001 había 13 casas de Alta Costura funcionando, desde entonces el número se ha reducido a 9 (entre ellas Christian Lacroix, aún con un destino incierto).
Estas últimas colecciones muestran la nueva etapa de la industria, una donde los diseñadores están más conscientes de las finanzas y del peligro de perder clientes y ver su taller cerrar.
De las nueve casas restantes destacan tres: Chanel, Dior y Christian Lacroix; éstas proponen una nueva estética más sobria para lo que solía ser fastuoso y dramático.

Christian Lacroix resultó ser el amigo que todos quieren ayudar, su desfile fue posible gracias a la ayuda de otros diseñadores, tanto las telas como los zapatos fueron donados para que se pudiera llevar a cabo; sólo las modelos fueron pagadas con 50 euros cada una.
Sin querer decepcionar a aquellos que con tanto gusto lo ayudaron , Lacroix presentó su colección más accesible hasta el momento; amante de lo barroco y el color, las prendas parecían una lección de cómo hacer couture y no morir en el intento, una simpleza no siempre vista en Christian Lacroix (y antes condenada en esta disciplina) que mostró su habilidad como diseñador en tiempos de crisis.

En Dior, John Galliano decidió no arriesgarse y se fue por el camino más seguro, lleno de color y recuerdos de la silueta de finales de los 40, nada cayó en lo muy teatral o imposible de usar, casi obligado a atenuarse o atenerse a las consecuencias.

Dejando atrás sus elaboradas presentaciones del pasado, este desfile fue casi irreconocible a lo que se acostumbra para Dior (si se compara con aquel de la primavera del 2003). Sin una fastuosa locación, y para un número muy reducido de asistentes, la ropa fue expuesta en el mismo taller de costura donde fue creada en la avenida Montaigne en París.

Por último, Chanel no se entregó por completo a la mesura, su desfile volvió a presentarse en el Grand Palais con enormes botellas de perfume que marcaban el centro de la pasarela.
Chanel dejó a la crítica esperando los “vestidos para baile”, en su lugar las modelos caminaron con trajes cortos y un panel trasero que las diferenciaba de colecciones pasadas.

Lagerfeld declara que prefiere no saber quién es el actual cliente de la Alta Costura para evitar acoplarse a ciertos estándares, “está de nuestra parte proponer algo nuevo”, dijo.

Las tres casas presentan la nueva Alta Costura, una más mesurada y precavida, para una industria que cada vez trata más y más de alejarse de los excesos que puedan llevarlos a la bancarrota.

Este nuevo diseño parece tratar de justificar la existencia del couture en la moda, haciéndola ver como necesaria y es que en realidad no todo puede ser sobrio y excesivamente funcional, se necesita ese dejo de locura y despreocupación que antes era permitido.