“Para empezar, la vida es un desastre”
El 2 de julio cumplió 80 años el crítico jalisciense, quien actualmente escribe el tercer tomo de sus memorias y en esta charla recuerda su quehacer en la literatura mexicana.
Emmanuel Carballo escribió poesía y cuento en su juventud, sin embargo su mayor reconocimiento proviene del ejercicio de la crítica y la historia de la literatura. Entre sus libros más prestigiosos se encuentran Protagonistas de la literatura mexicana y La narrativa mexicana de 1910 a 1969, así como las antologías Cuentistas mexicanos modernos (1956) y El cuento mexicano del siglo XX (1965).
Carballo nació en Guadalajara, Jalisco, el 2 de julio de 1929. A sus 80 años se mantiene activo y actualmente escribe el tercer tomo de sus memorias. El también periodista y editor habla en entrevista de la literatura que se escribe en nuestro país y de la manera como se ejerce la crítica.
¿Cuáles han sido sus mejores años en la literatura mexicana?
Puedo referir, con mucho placer, que en los años cincuenta, sesenta y setenta tuve una actividad muy intensa. En aquel tiempo la literatura mexicana andaba muy bien, con Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán y otros novelistas de la Revolución, con destacados poetas, brillantes narradores, ensayistas y biógrafos de primer nivel. Los periodistas culturales de antes nos preocupábamos por hablar con la verdad. No desdeñábamos la crítica. Nunca nos dejábamos engañar o, por lo menos, nos engañaron muy pocas veces. Fuimos honrados. Y ahí tiene usted la literatura mexicana a principios del siglo XXI, bastante inferior a la literatura que se hacía en México en los años cincuenta, sesenta, setenta y ochenta, con escritores como Juan Rulfo, Juan José Arreola, Carlos Fuentes, Rosario Castellanos… La última generación interesante fue la de la onda, con José Agustín, Gustavo Sainz y Parménides García Saldaña.
¿Qué se requiere para ser un buen escritor?
Coherencia y talento. Muchos escritores han sido unos truhanes, unos sinvergüenzas; gente que vive desordenadamente para entender la vida. Esos poetas que se levantan a las ocho de la mañana, van a misa de nueve, comulgan, desayunan poco para no engordar, escriben de una a cinco de la tarde, rezan el rosario y se toman una taza de chocolate antes de acostarse, pueden ser buenos esposos, buenos padres, buenos empleados, pero nunca serán grandes escritores. La literatura, aparte de paciencia y de técnica, abarca mucho de inspiración y de experiencia. Una gente que no ha tenido vivencias no puede ser un gran poeta o un buen novelista. El escritor debe vivir y conocer el purgatorio y el infierno. No vivir en el limbo.
¿Cuál es la base del trabajo de un crítico?
El juicio personal. El juicio se forma, como usted y yo sabemos, a base de sabiduría, de ciencia, de paciencia, de estudio, de lecturas; de no hablar de un libro que no se conoce, de leer una, dos o tres veces un mismo libro; de conocer, más o menos, la obra anterior del autor y saber a qué generación pertenece. Y, entonces, sólo entonces, emitir un juicio lo menos irracional, lo menos grupal que sea posible, procurando ser lo más imparcial que se pueda. Eso es lo que hace un crítico.
¿Cómo ve la literatura que se escribe actualmente?
Soy un hombre viejo y ya no entiendo cómo son y qué quieren los escritores jóvenes. Estaría yo dando gato por liebre, hablando de un mundo que ya no conozco, si continuara ejerciendo la crítica. ¿Cómo puede un ciego hablar de las curvas de una muchacha hermosa? Las puede imaginar pero no las puede ver, así, yo puedo imaginar que la de ahora es una gran literatura, pero no puedo indicar cuáles son las razones por la que es buena. Hay cosas que ya no entiendo o ya no me interesa entender.
Como escritor, ¿está satisfecho con su obra?
Ningún escritor está satisfecho con su obra. Creo que ni Balzac ni Shakespeare ni Cervantes lo estuvieron. Ellos buscaban alcanzar la perfección y eso es imposible. A la perfección hay sólo acercamientos. Yo he sido constante. Me he dedicado a la crítica literaria. Es muy rara en México la gente que se dedica a trabajar crítica verdadera. De mi oficio estoy muy contento porque a la crítica van los que fracasaron en otros géneros: en poesía, cuento, novela. Todos ellos recaen en la crítica porque piensan que ésta es muy sencilla. Aunque suene pretencioso, yo la dignifiqué, le di categoría de género literario. Me coloqué en el nivel del punto de vista del estilo, a la misma altura del escritor. Nunca fui un pobre diablo hablando con un dios; sino que fuimos dos seres humanos dialogando de literatura. Uno de ellos presta su obra y el otro su talento para analizar. No creo en un crítico que no ha leído cuatro o cinco horas diarias libros, no sólo de creación literaria, sino de teoría y de algunos otros aspectos especiales. Yo me dedico sobre todo a la crítica de prosa narrativa. Considero tan difícil y tan hermosa la poesía, que no hay que tocarla más, hay que admirarla, simplemente.
A los 80 años, ¿cómo mira la vida?
Para empezar, la vida es un desastre; un desastre que no te da más que la opción de aceptar sus reglas, o en todo caso vivir de acuerdo con las que tú mismo te impongas. Si quieres destacar, ser el Carlos Slim de las nuevas generaciones, necesitas dedicarte a los negocios de lleno; si quieres ser el peor estafador tienes que arriesgarte a pasar 50 años en la cárcel; puedes escoger también el darle culto a tus sentidos con la droga o el alcohol, el sexo, el amor, la amistad, los cuates y la farándula. Todo se vale. La vida es plural, no hay reglas, sino que cada quien impone las suyas, y lo relevante es que las cumpla.
Si uno aspira a ser un gran escritor, debe demostrarlo con sus libros y no con los comentarios de sus amigos, que siempre lo halagarán. Debe demostrar con su obra que es un buen escritor. La obra avala la calidad o la demerita. En México a los escritores casi los fabrica el gobierno. El gobierno decide quién es bueno y a quién debe premiar. Es necesario que sea más abierta la selección de las personas a las que se concede un premio. Sería importante que participaran en este proceso la sociedad civil, los lectores y las cámaras del libro, para que no se ignore a algunas personas muy valiosas. A mí, recientemente me premió el INBA, porque he sido una gente decente, he dicho lo que pienso y no he flaqueado durante 60 años; con mi colaboración he ayudado y descubierto a la literatura mexicana. Durante 20 o 30 años fui el partero de la literatura mexicana. Lo hice con mucho gusto, con mucho entusiasmo.
Era yo dueño de la editorial Diógenes y anduve con mi lamparita buscando escritores jóvenes. Encontré muy pocos. Ya habían salido los mejores de la generación de los onderos. Sin embargo, edité a todos los escritores que pude. Sin tomarme demasiado en serio, puse mi mejor esfuerzo en mi quehacer.
¿Cómo se siente, maestro?
En mi vida hay una dicotomía: por un lado, está la parte física; por el otro la intelectual o espiritual. Intelectualmente me siento un hombre de 60 años y desde el punto de vista fisiológico me siento un hombre de 80, lo que no me es agradable en lo mínimo. Padezco enfermedades que son palabras mayores: soy diabético y necesito cuidarme mucho. Estoy en el tramo final de mi vida, y salir a diario a caminar al club media hora me da una flojera infinita, pero mis piernas, cuando no hago ejercicio, me molestan. Mentalmente me siento como a los 40 o a los 30, aunque con pequeños baches; por ejemplo, empiezo a perder la memoria: subo las escaleras buscando algo y cuando llego al lugar a donde iba se me olvida qué hago ahí. Esos pequeños accidentes son muy desagradables, muy propios de mi edad. Gozo de algunas satisfacciones, como ver con mayor claridad las cosas. Soy más objetivo para juzgarme a mí mismo, para juzgar al país en que vivo, a las autoridades que nos rigen. No cultivo intereses que defender. Eso es importante. En la antigüedad los concejos de ancianos gobernaban los países porque eran las gentes que tenían menos ataduras corporales con el mundo. Podían ser más sinceros, más objetivos y más sabios. Pegado a los 80 años no me siento reblandecido sino en perfecta capacidad mental; nada más que mi cuerpo ya no me ayuda.
Es tan triste empezar a envejecer. Estoy escribiendo mis memorias. Voy en el tercer tomo, el cual abarca la vida en la Ciudad de México desde la segunda mitad de los años cincuenta, que es lo que, más o menos, conozco.
Alejandro Alvarado



