El camino de regreso

Aquella mañana estaba en una junta cuando sonó mi celular. “¡Mag, estoy ocupadísima, habla luego!”, grité en voz baja –¿a poco nunca lo han hecho?– y colgué. Al cabo de una hora, revisé el mensaje de texto de mi amiga, con código rojo: “Houston, we have a problem!”. Más tarde, recibí otro, esta vez de Abril: “Quién sabe que trae Magdalena, pero urge. Donde siempre a las 9. Habrá tequila”. ¡Uta!, tequila en martes...

Llegué y me encontré con Abril igual de intrigada que yo por saber qué le pasaba a nuestra amiga. “Mírala, ahí viene, temblando como gelatina”, dijo Abril cuando la tercera apareció. En efecto, parecía que tenía mal del zambito… pero no se veía mal. De hecho se veía radiante, temblorosa, pero radiante. Obedientes a nuestro ritual, saludamos, brindamos y entonces, Magdalena nos soltó la sopa…

“¡¿QUEEE?!”, gritamos Abril y yo, patidifusas. “Así como lo oyen”, replicó Magdalena, “me sorprendí confesándole mis sentimientos a Jaime, de una forma tan espontánea… simplemente no lo pensé, no pude más y se lo solté”.

“¡Jaime!”, dije, “lo ubico perfecto, tu amante de cabecera, el ‘dildo con patas’ del que jamás te ibas a enamorar porque aunque era el mejor sexo de tu vida y la pasabas súper con él, no sentías ese látigo en el alma, ¿no?, de quien era obvio que no te movía nada porque de haber cedido, lo hubieras hecho años atrás, cuando te empezó a rogar pero no tuvo más remedio que ser testigo de tus relaciones fallidas y de cómo le rompiste el corazón a más de uno en el camino, ¿no?”.

Mag me vio con ojos de pistola y luego nos dijo que en efecto, de ese Jaime está enamorada; y eso no era lo peor (¿o lo mejor?), sino el hecho de cómo abrió su corazón. “A ver”, intervino Abril, “¿qué fue primero: la declaración o el llanto?”… “No sé, creo que fueron al mismo tiempo; pero fue así de repente, nos estábamos revolcando y casi en el orgasmo dije: TE AMO y me solté a llorar”.
¡Mo–cos! Sólo quienes hemos pasado por eso sabemos que es una de las sensaciones más intensas, y siempre se da durante o después del sexo. Lo digo en serio, chicos: si una mujer les declara sus sentimientos en ese lapso de tiempo y acto seguido llora, pueden considerarse acreedores del Oscar de “Feminilandia”.

Pero después de que Magdalena le confesó sus sentimientos al interfecto, entró en pánico. “Ya saben, uno se siente vulnerable, desnuda (bueno, desnuda estaba)… a todas nos han roto el corazón y a estas alturas creo que enamorarse es un acto de valentía”.

“No sé… tal vez el acto de valentía no es sentirlo, sino confesarlo; porque, insisto: creo que el amor no es voluntad; simplemente es y da, como la gripa; pero también es verdad que confesarlo tiene su chiste”, argumenté.

Magdalena nos comentó el miedo que siente, acompañado de felicidad, incertidumbre y un montón de emociones. Abril y yo nos sentimos contentas de ver así a nuestra amiga, de saber que es una mujer que no obstante sus demonios, puede entregarse a algo por el simple hecho de sentirlo (y que no se enamoró del equivocado, como “otra” que conozco y que todavía tiene sentenciado al pinche Cupido). Así que finalmente, concluimos que nuestra reunión era en realidad un festejo.

Casi al despedirnos, Magdalena me tomó de la mano y me preguntó: “Violetta, ¿y si me lleva la chingada?”. “Mi reina, si te lleva la chingada… ya conoces el camino de regreso, y ya sabes que no pasa nada. Así que ahora, a pasarla bien”, finiquité la charla.

Y es que en verdad, así es el juego de las emociones: uno puede resistirse, pero cuando alguien nos hace sentir que tenemos un panal de abejas en vez de corazón, no hay más que dejarse fluir. Nadie sabe si las cosas son para siempre, pero entre que son peras o manzanas, lo mejor que vivirlas, ¿no?

* LAS PALABRAS ALTISONANTES, GROSERÍAS Y/O ATAQUES AGRESIVOS QUE NO TENGAN NADA QUE VER CON EL TEMA TRATADO, SERÁN BORRADOS.

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