Aliens, nahuales y espantos

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Adquirida en uno de los numerosos comercios del pueblo, desde hace años atesoro la postal en una de las repisas de mis libreros: “Los Omnis del Tepozteco [pudorosas cursivas nuestras]. Muchos testigos afirmen haber visto naves extraterrestres en el Tepozteco”, puede leerse al reverso de la fotografía de un platillo volador modelo Tim Burton flotando entre las copas de los árboles.

Ortografía y sintaxis aparte, los omnis del Tepozteco son uno de los atractivos del lugar, al grado de exhibirse en las paredes de uno de los restaurantes de la calle que conecta el zócalo del pueblo con el camino que conduce a la pirámide —Los Colorines— las fotografías de una nave extraterrestre en medio del bosque aledaño al pueblo, que volverían loco de felicidad al mismísimo Jaime Maussán.

Por supuesto Meztitla también ha recibido la visita de alienígenas (aunque no estoy seguro si pagaron su derecho de acampado al campo escuela): así lo aseguró con Nino Canún un tipo que se presentó antes de mis 15 minutos de fama warholiana derivados del mitote de la censura de la edición de Cuentos de una noche de campamento publicada por la Asociación. Seguro y el conductor de ¿Y usted qué opina? quiso asegurarse de no tener una aburrida emisión, sin imaginarse el espectáculo que terminaríamos regalándole los scouts, por cortesía del entonces jefe scout nacional, Carlos Albicker, y un servidor. Ante el impactante testimonio del encuentro cercano del tercer tipo ocurrido donde los scouts solemos montar nuestras tiendas de campaña, recuerdo que sólo atiné a decirle a uno de mis compañeros de asiento: “Ya no fumen esas porquerías”.

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Por años, muchos de los que solíamos ir a Meztitla fuimos clientes asiduos de la tienda de Daniel, para lo cual debíamos atravesar la cancha de futbol del barrio de Santo Domingo y enfilar por una larga y solitaria callejuela flanqueada por altas bardas de adobe, mismas que acentúan el siniestro aspecto de aquel tramo del camino, sobre todo por las noches cuando llegan a desatarse los ventarrones que arrancan a los cerros un furioso y lastimero aullido, acompañado de una vibra bien espesa.

Al llegar, era necesario saludar en voz alta para que el Danny acudiera de la habitación trasera donde estaba la cocina de la que también era su casa, o bien del traspatio donde atendía a sus animales. Uno terminaba por acomodarse en un banco de plástico o sobre los escalones de cemento de la escalera que comunicaba con la recámara de la habitación superior, mientras el anfitrión procedía a repartir cervezas extraídas del refrigerador de su establecimiento para refrescar la charla por venir. A veces encontrábamos cerrada la puerta metálica del establecimiento, debido a que su dueño había acudido al templo cristiano al que pertenecía, o bien buscaba a sus vacas sueltas para pastar a sus anchas por el campo… aunque, algunas veces, su ausencia se debía a la realización de algún “trabajo” de naturaleza supraterrena.

Porque todos quienes conocíamos al hospitalario tendero lo teníamos por un brujo blanco de gran poder y prestigio; era común que las charlas sostenidas con él apoltronados en el banco de plástico o la escalera de cemento derivaran en alguna de sus andanzas con nahuales —personas con oscuros poderes para trasformarse en perros, puercos, burros, vacas, coyotes o víboras—, brujas o la mismísima Muerte, lo que le hacía cambiar la inflexión de su voz y bajar el volumen hasta hacer sus palabras casi inaudibles, mientras a nosotros se nos calentaba el contenido de los envases sostenidos entre nuestras manos, embobados por su plática.

Una vez llegaron a la tienda del Daniel el Muppet y el Chino Garamendi, quienes llevaban varios días en Meztitla instalados en el cuarto anexo a la Cabaña Rover donde, la noche anterior, “algo” les había metido un susto del carajo.

—Me encontraba profundamente dormido —aquí engólese la voz para emular el tono con que al Muppet le gustaba narrar la anécdota— cuando, de pronto, un grito desgarró la noche: brinqué del catre donde dormía para ver al Chino, blanco como la cera, repetir “¡AHÍ, AHÍ!”, al tiempo de señalar el lugar donde una aterradora silueta los observaba momentos antes.

Luego de escuchar con total atención lo ocurrido, Daniel expresó con aire decidido:

—Vamos ahorita a hacer descansar a esa alma en pena.

Sin titubear, el Chino le dijo al Muppet:

—Llévalo a la Cabaña Rover.

A lo que el aludido le reviró de inmediato:

—¡Ni madres!, el que lo vio fuiste tú.

Por supuesto que los dos terminaron sin moverse de sus lugares.

Llamadas de silbato
OTRAS HISTORIAS FANTÁSTICAS DE CAMPAMENTO:
Años atrás, algún vendedor con iniciativa se acercó a la Asociación para ofrecer un libro que, pensaba en su ingenuidad, interesaría a los compradores habituales de la tienda scout: El insoportable (Alfaguara, 2001), del argentino Ricardo Mariño, mismo que estuvo exhibiéndose sin éxito por meses. Resulta que acabo de conseguir un ejemplar en el remate de libros que, por estos días, se realiza en el Auditorio Nacional, encontrándome con la simpática historia de Bruno, quien asiste a un campamento escolar pese a detestar el campo —“¡Debo de estar en medio de una pesadilla! ¡Gritan los pájaros, la tierra está llena de tierra, hay sol, miles de insectos se abalanzan sobre nosotros! ¡Y todavía tenemos que caminar llevando mochilas!”—, quien a sus 11 años trata de ligarse su compañera Tania y conocerá a los krupianos, un sorprendente pueblo de diminutas personas que habitan en medio del campo… FAMILIA DE EXTREMISTAS: La semana anterior, los medios de comunicación dieron a conocer el prototipo de un avión impulsado con energía solar, con el que el suizo Bertrand Piccard contempla para 2012 volar alrededor del mundo, algo que ya hizo en 1999 a bordo de un globo aerostático. Piccard representa la tercera generación familiar dedicada a implantar marcas extremas: según Wikipedia, en 1932 su abuelo Auguste (1882-1962) fue el primer humano en contemplar la curvatura terrestre desde la estratosfera, trepado en la cápsula presurizada de un globo con el que casi llegó a los 16 mil metros de altura, mientras que su padre, Jacques (1922-2008), optó por irse en sentido contrario y descender en un batiscafo a casi 11 mil metros de profundidad en las fosas Marianas, en 1960, lo que a la fecha es la mayor profundidad alcanzada por humano alguno. (29/jun/09)