Fernanda de la TorreNeteando con Fernanda“Nací un verano en la Ciudad de México. Creo en lo extraordinario de lo ordinario. Me fijo en lo que pasa todos los días y disfruto contarlo. Tengo la fortuna de colaborar en Milenio desde 2004 y con el blog, desde 2006. Colaboro para otras publicaciones como Newsweek en Español, Contenido, Algarabía y Actual. Adoro las conversaciones sinceras, ese es el objetivo de este espacio".
¿Votar o no votar? He ahí la cuestión
Dígame, señor Mengano, ¿qué considera que puede hacer por esta empresa? ¿Qué cualidades tiene usted para desempeñar su puesto?”. El candidato respira, espera unos segundos y empieza a hablar. “Mire, el gerente anterior cometió muchos errores, prometió muchas cosas que no cumplió, dejo sin resolver los problemas urgentes de la empresa. Descuidó las prioridades para beneficiar a sus amistades”.
El entrevistador lo mira perplejo. Parece que el entrevistado no entendió la pregunta. Trata de decir algo pero es imposible.
El candidato ignora su gesto y sigue hablando: “Acerca de otros candidatos para el puesto, déjeme decirle que el que entrevistó usted antes que a mí, no tiene el perfil para el puesto. Es cierto que cuenta con experiencia, pero lo conozco bien y su manera de trabajar deja mucho qué desear; se sabe que no es honesto, que ha ganado dinero de forma ilícita. No será buen líder. Definitivamente no es una buena opción”.
Nuevamente, el entrevistador trata de decir algo. Pero el candidato sigue hablando. “¿El candidato que está afuera? ¡No, bueno, ni pierda usted el tiempo en entrevistarlo! Imagínese que no tiene nada de experiencia. A ver ¿qué piensa usted que haría si lo nombraran para el puesto? Nada, y si llega a hacer algo, lo hará mal. Seguramente está bien recomendado porque de saber, no sabe nada”.
El entrevistador no puede más. Lo interrumpe bruscamente. “Disculpe, señor Mengano, pero más que hablar acerca de las debilidades de los otros candidatos, yo quisiera escuchar sus propuestas. Esta empresa tiene varios problemas que exigen soluciones inmediatas. Necesito saber qué haría usted en materia de capacitación para los empleados. Pensamos que eso, junto el tema de la seguridad, son primordiales para esta empresa. Más ahora, que por la crisis financiera global necesitamos fortalecer...”.
El candidato interrumpe. “Desde luego, desde luego. Yo estoy capacitado para resolver esos problemas”. El entrevistador respira; parece que por fin el candidato ha entendido. “Dígame, ¿qué propone usted para solucionarlos?”. La respuesta lo deja perplejo: “Confíe en mi. Yo sí se. Yo soy seguridad; conmigo se acabarán los problemas”. “¿Tiene usted alguna propuesta concreta?”, pregunta el entrevistador. “Desde luego”, dice orgulloso mientras entrega un papel con su foto, grande y a todo color, que dice “Mengano es el mejor”. El entrevistador da por terminado el encuentro.
Parece absurdo ¿verdad? Tener que elegir a alguien que no está calificado para el puesto, descalifica a sus pares, no propone soluciones y le importa muy poco lo que opina el entrevistador. En la vida real nunca obtendría el puesto. Nadie en una empresa que esté en posibilidad de contratar elegiría a un candidato con estas características. ¡Y nosotros tenemos que hacerlo! Es la chinchurrienta realidad electoral. Después de tres años, es doloroso como ciudadanos darnos cuenta de que las cosas no han cambiado en términos de campañas políticas.
¿Acaso necesitamos que nos digan cuáles son nuestros problemas? Los tenemos bien identificados porque los padecemos día a día. Necesitamos soluciones. Pero parecería que somos los únicos que nos damos cuenta de la urgencia de la situación, que vivimos en dos realidades diferentes. A pesar de las reformas a la ley, nada parece haber cambiado. Descalificaciones, acusaciones (que nadie se molesta en probar), los mismos eslóganes absurdos, frases trilladas, propuestas vagas, nadie que hable de lo esencial. Sólo vemos las mismas fotos mal arregladas, con nombres y rostros tan reciclados como las mentiras. Siguen pensando que por sus lindas caras (¡ja!) en un cartelón de plástico (señores, tengan al menos conciencia ecológica y usen materiales biodegradables) y con sus lemas absurdos es suficiente para que votemos por ellos.
A diferencia de una empresa que podrían llamar a más candidatos, nosotros no podemos hacerlo. Uno de estos candidatos se va a quedar con el puesto. En teoría, deberíamos escoger al más capacitado, pero por lo que vemos, tendremos que elegir al menos malo. Ya estamos hasta la coronilla de promesas de campaña que pasarán a ser realidades de corrupción, sean del color que sean. Ante esta situación, no sorprende el auge que han tomado la corriente abstencionista y el “voto en blanco”. Anular nuestra elección para decir: ¡Basta! ¡Estamos hartos de que sus campañas nos cuesten un dineral, y electos, hagan poco o nada! ¡Estamos fastidiados de que su compromiso sea con sus partidos para seguir teniendo huesos en vez de con nosotros los ciudadanos!
Esta claro que las cosas tienen que cambiar. A muchos no nos convence ningún candidato de ningún color. La tentación de votar en blanco es grande. ¿Pero servirá de algo? Tengo mis dudas de que anular el voto sea la opción para que entiendan la necesidad de un cambio. ¡Qué dilema! ¿Votamos por el candidato que nos parece el menos peor o anulamos nuestro voto? ¿Qué será lo menos malo?
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