Issa VillarrealLicencia para confundirExistiendo desde 1984. Networkeando desde 1995. Soy una reportera independiente, blogger, editora web y music lover. Vivo en Monterrey, México. Entre otros proyectos, escribo y reseño eventos de música de mi ciudad en el blog weshallbefree (http://musica.nmty.org), colaboro como editora de México en Global Voices (http://www.globalvoicesonline.org), y me pongo personal y recopilo retazos de todo en mi blog Perdida en el súper (http://issa.nmty.org). Divido mi tiempo entre el Internet, la música y el arte urbano, y entre más cruzo los tres en lo que hago, más me la paso suave.
El título de este blog viene de una canción de Sebadoh.
Destructores
Nunca he sido ordenada. Más bien al revés: siempre he sido un desastre. Aún cuando vivía en casa de mis padres, entrar a mi cuarto siempre era como aterrizar en la segunda parte de la película Volcano: todo tirado al suelo, una fina capa de polvo y mucho pero mucho ruido. Eso pasaba cuando la chica que nos ayudaba a limpiar no intervenía mi cuarto. Cuando lo hacía, más que limpiar arrasaba con mi vida: algún martes cualquiera abría la puerta de mi cuarto al llegar de la escuela y la pulcritud que ella regalaba a mi clóset, a mi cama, a mis libretas prácticamente negaba mi existencia. Como si en un momento me alejara, me mandara por meses de vacaciones.
Ahora que vivo sola –con un compañero de depa– sigo siendo un desastre. Hay algo en los vasos con cenizas y los zapatos en el suelo que conserva los momentos. Nunca me he condenado mucho por ello porque es reversible. Un día me aprieto las pilas y los platos quedan limpios. El desorden revuelve las ideas pero conserva los envases enteros. Como cuando metes la ropa a la secadora. O como cuando mezclas las zanahorias, los pepinos y los rábanos en una ensalada.
Puede ser que por mi estrecha relación con el desorden que nunca me asustó el graffiti que hicieron los 300 chicos al paso a desnivel en avenida Constitución. Que hayan acuñado el nombre “Destrucción visual” siempre dejó en claro que estaban peleando contra una imagen, contra la apariencia de lo limpio. No les interesaba cortar la existencia del puente ni de los carriles. Pintaron y los carros hoy siguen transitando. Unos días desordenado quizá, pero nada grave. Un par de días después y las paredes grises y dormidas de nuevo. En la reversibilidad de sus acciones había puro juego. Es una lástima que, para lidiar con eso, las autoridades hayan preferido el encierro y las multas, irreversibles para los jóvenes y niños. En ese sentido, los destructores nunca serán los del aerosol en mano.










