Horacio SalazarEl País de las Maravillas
Los frutos de Acapulco
El viernes pasado, más de 180 personas nos pasamos todo el día encerrados en un hotelazo de Acapulco con una misión nada fácil: tratar de encontrar mejores modos de decirle al pueblo de México que la ciencia, la investigación, la innovación que se hacen en el país nos convienen a todos, y que es importante por ello apoyar con todas las fuerzas el afán de nuestros científicos.
Convocaron el Foro Consultivo Científico y Tecnológico, al mando de Juan Pedro Laclette, y la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica, que dirige Estrella Burgos.
Hubo una sesión inaugural, tres mesas de trabajo cada una con cuatro ponentes y un taller con tres expertos. O sea que fue un largo rosario de ideas que incluyó desde cosas tan pragmáticas como buscar que los textos pasen siempre por los ojos de un experto para no decir sandeces hasta idealismos tan abstractos e inalcanzables como incluir materias de comunicación de la ciencia en las carreras profesionales. Uf.
Quedó claro al paso de las sesiones que no tenemos una tarea sencilla en las manos, porque como gremio, los comunicadores de ciencia todavía no emprendemos las tareas de reflexión y consolidación necesarias para tener algunos acuerdos de base y construir sobre ellos.
Muchos aprovecharon todo el capítulo reciente de la influenza
A/H1N1 para remarcar tanto el valor de la ciencia como el de comunicar bien la información, pasando por la necesidad de que se nos facilite un tanto el recoger información muchas veces oculta detrás de un científico reticente o de una oficina de prensa más bien diseñada para guardar el contenido adentro.
Me quedó claro que sobran las buenas intenciones, pero, debo decirlo, creo que como colectividad todavía estamos verdes: somos pocos y pensamos muy distinto y no tenemos una cultura de la colaboración.
A mí me tocó hablar sobre la necesidad imperiosa de formar redes y trabajar en equipo, y procuré despertar en todos la inquietud por un futuro de zozobras en el que debemos tener claro lo que aportamos como valor para el destinatario final, nuestros lectores.
El cuete está en nuestras manos: tenemos que probar que además de escribir sabemos actuar.



