Eduardo Yáñez, el Sup y esa negra tiene tumbao

Jueves, 22 Mayo, 2008

Si hasta la belleza cansa, qué se puede esperar de la guerrilla. Nelly Ávila, Karina, harta de que los ejes de su carreta no estuvieran engrasados, decidió tirar por la borda su leyenda de temible líder de las FARC y se entregó a las autoridades del lángaro gobierno de Álvaro Uribe, cuando supo que le habían valuado su cabeza en un millón de dólares. Se sabía víctima perfecta para una conjura de traidores. Aunque hay quien piensa que la comandante Karina, mejor conocida como La Negra, una suerte de Atila de pelo ingobernable y grifo que por donde pisaba no volvía a crecer la hierba, prefirió renunciar a las gestas populares para cobrar ella misma la recompensa.

El oficio de revolucionario tiene unos estándares tan altos (aquello de “Seremos como el Che” no es enchílame una gorda) y unos sacrificios tan rigurosos (tiempo completo en las profundidades nada amistosas de selvas, cerros, y arrabales miserables), que se requiere de un espíritu a prueba de las tentaciones pequeñoburguesas para luchar toda la vida y ser un imprescindible.

Ser guerrillero no es una elección sencilla. No es un trabajo de nueve a cinco con dos horas para comer; no hay periodos vacacionales ni aguinaldos ni préstamos personales; carece de objetivos trimestrales o quinquenales (nadie dice, en este ejercicio fiscal acabaremos con el gobierno autoritario de tal sátrapa, o las metas productivas para el próximo periodo serán atentar contra tantos plutócratas, secuestrar cierto número de caciques o derrocar a tales enemigos del proletariado). Será por eso que la negra que tiene tumbao quería dejar el uniforme, escapar de la clandestinidad y bailar reggaeton, cantar las de Shakira y tirarle una tanga a Juanes. Ya no quería ser personaje de película de Oliver Stone.

Por eso no deja de ser admirable la capacidad de resistencia del subcomanche Marcos, que ha administrado tan bien su tarea histórica de sembrar jardines donde había basureros, que cualquiera diría que lo asesoran los mismos que llevan la carrera de Eduardo Yáñez. Al encapuchado nomás le falta salir a enfrentar al mal gobierno con el torso desnudo.

El caso de La Negra es muy aleccionador. Desde ahora, todo movimiento guerrillero deberá concederle a sus miembros periodos de gracia y relajación en paradisiacos hoteles y destinos turísticos porque el lucha, lucha, lucha, no dejes de luchar, es muy cansado.

Por eso es más fácil ser de ultraderecha. Menos glamoroso, pero sin fatiga.

jairo.calixto@milenio.com