De mandamientos (serie Leyes)

PRIMER MANDAMIENTO

Supiste que tu amor desbordado se convertiría en el exilio del más allá. Era inevitable, su talle de amanecer, el rocío de jazmines de su jadeo, la mirada de terciopelo, el cuello de río cristalino y el vientre enraizado en tu alma hacia que ella estuviera por sobre todas las cosas.

Condenado estabas, tal vez un ser supremo lo entendería.

SEGUNDO MANDAMIENTO

Cuando viste al violador muerto junto a tu ultrajada mujer lo decidiste.

Tu juicio fue sumario -lógico era- así lo habías planeado. Era necesario que ella permaneciera en el hospital recuperándose, mientras a ti, te sentenciaban.

Ahora llegas al cadalso, sientes la soga sobre la garganta, el nudo de horca insinuarse morbosamente sobre tu nuca, el frágil banco bajo los pies desnudos, la humedad invadiendo los temerosos poros de tu cuerpo. Se oye el accionar de una palanca y ya no sientes nada…

Sobre una Biblia -y ante leyes terrenas- juraste haber matado al delincuente sexual.

En su rabia, tu amada rompió las leyes del hombre, tú las de Dios. Otro juicio te espera.