Adriana Esthela FloresDesde el murmulloAntes que todo: Reportera. Integrante del Colectivo de Reporteros de Monterrey.
He sido reportera durante diez años en Monterrey y ahora estoy en el Distrito Federal, en MILENIO Televisión. Redacto poesía y este blog, donde se puede hablar de todo, sobre todo de asuntos de política, corrupción, seguridad y medio ambiente.
El paso está libre: no hay censura.
"Digan la verdad"
Ése fue el reproche que encontré entre vendedores ambulantes que estaban desesperados: les ordenaron retirarse de las calles y no ejercer su trabajo hasta el 6 de mayo.
No podían creerlo. Doña Consuelo, la señora que prepara cafés, cajas con frutas, tortas y otros alimentos que vende a precios baratos para tempraneros comensales, estaba sentada tras el puesto de dulces y cigarros de su hijo, tejiendo figuras de hilo que le pagan a siete pesos el ciento.
“¿Y ora cómo quieren que le hagamos?”, preguntó con su voz aguardientosa y su mirada siempre amable –pese a las circunstancias-. “Dígame usted, ¿a poco está eso tan grave?”.
Lo mismo me dijeron dos taqueros que, como todos los días, se levantaron temprano para llevar carne, tortillas, cilantro y otros insumos para su trabajo y, de pronto, así nada más, se toparon con el aviso: no podrían abrir.
“Pues no nos queda más que robar. Me parece que vamos a robar porque siempre nos hemos dedicado a esto ¿Y ‘ora?”.
En unas cuantas horas, los mensajes de correo electrónico y otros dejados en foros de Internet, pronto se convierten en verdad entre la gente:
“¿Cuál influenza? Es una mentira del G-7 para reactivar las farmacéuticas”.
“El virus lo trajo Obama para arrodillar a México”.
“Detrás de todo está el Comando Norte, el plan para conquistar el país”.
“Cuando se soltó la influenza, se aprobó lo del consumo mínimo de mariguana y otras cosas que no querían que la gente se enterara”.
“Fue un virus creado para matar a Obama, pero el plan falló”.
En medio de todo, asoma una verdad: pocos, son pocos los que creen en las versiones del gobierno. Y eso es, de por sí, una situación difícil.
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Alfredo no se quiere ir a su natal Morelos. Es viernes y acaba de enterarse que cuatro vehículos con placas del Distrito Federal fueron apedreados en Acapulco. En el periódico “La Prensa”, al día siguiente, la nota de primera plana tenía el encabezado en letras negras: “¡No vengan!”.
Hoy es un riesgo ser defeño en tierra extranjera.
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Sólo unos cuantos se acordaron del Día del Niño. Y de que el 30 de abril, fue uno de los más solitarios y tristes para los parques y zoológicos. Ningún pequeño salió de casa; si acaso, algunos arriesgados que burlaron la vigilancia de sus padres –y la de su Estado recién asumido como padre y vigía- y jugaron en toboganes y columpios sin portar cubrebocas. Al cabo, en medio de la alerta, el Presidente Felipe Calderón ni siquiera se acordó –como no lo ha hecho hasta ahora- de los 27 niños desaparecidos de un albergue manejado por un grupo de personas fanáticas que se adueñaron de ellos con el supuesto argumento de que estarían en un lugar mejor, en un “refugio de amor”.
Veintisiete niños, incluida Ilse Michel Curiel. Nadie se acordó.
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Pareciera que en las calles del Centro Histórico se quedó el eco de aquellas consignas que gritaban los colectivos de trabajadores cada Primero de Mayo. Esta vez no será así. Reforma, Juárez, Madero…Las avenidas donde se hacían presentes las manifestaciones y protestas para recordar aquel episodio de Cananea, están calladas, solitarias. Se quedaron solas de tanto grito y tanta protesta que llega a estas calles.
Al pie del Monumento, un grupo de colectivos socialistas se preparan para una marcha hasta el Zócalo. Han de ser unos cien, solamente. Nada más.
Alzan sus banderas rojinegras y después del uno, dos, tres brota la consigna “¡Muerte al gobierno, que viva la anarquía”.
Unos minutos más tarde, lanzarán huevos y gritarán “¡Huevones, asesinos, violadores!” a los más de 200 policías federales apostados afuera de Palacio Nacional que traían la consigna de no agredir aunque muchos tenían toda la intención de hacerlo. Doscientos policías armados contra gente que blandía huevos y botellas de plástico.
“¡No, no, no, no me da la gana, ser una colonia americana!”.
A los socialistas se les unen colectivos de sexo servidoras y otros en apoyo al ex candidato perredista Andrés Manuel López Obrador. Un conductor pregunta: “¿Y al menos cumplen las medidas de seguridad? ¿Acaso traen cubrebocas?”. “No, la mitad de ellos no trae”, le contestan.
Unos días atrás, en el diario español El País, se publicó una crónica en la que secretario de Salud, José Ángel Córdova, daba una entrevista sin tapabocas ni guantes en la oficina gubernamental donde nadie llevaba esa protección. Según el reporte, Córdova respondió al corresponsal que el cubrebocas servía más para dar una sensación de seguridad…En el Senado, el panista Gustavo Madero le tomó las manos a una reportera y se puso a jugar con ella también sin cubrebocas ni guantes.
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A sólo tres días de dictarse la alerta, se le solicitó al área de la Secretaría de Salud del Distrito Federal información sobre la edad y el sexo de las personas que fallecieron a causa de la influenza humana. “Por razones de seguridad” se negaron los datos.
Poco a poco, el gobierno federal ha revelado la información. Pero la duda queda: ¿Por qué en un principio eran tantos muertos y ahora se da otro número? ¿Por qué los estados reportan sus propios casos, distintos a los de la Secretaría de Salud y distintos a los de la Organización Mundial de la Salud? ¿Qué organismo es el que puede señalar si una muerte fue o no por influenza humana y cuánto se tarda en determinarlo?
La certeza es que, cada vez que las autoridades intentan esclarecer la situación, generan más dudas.
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“Así debes estar: a dos metros de distancia de mí”, expresan los compañeros tras escuchar anoche el nuevo mensaje del secretario de Salud. Hace unas horas, en Cuernavaca, los capitalinos se olvidaron por completo del virus: no traían cubrebocas, fueron a lugares concurridos y comieron en restaurantes junto a otros tranquilos comensales.
En las calles del centro, los puestos cerrados de tacos, tortas, huaraches y otros componentes del menú callejero, concentran el eco de la pregunta que hacen no sólo los vendedores ambulantes, sino aquellos que tienen dudas de lo que se transmite en los medios de comunicación respecto a la influenza humana: “Ya, digan la verdad”.










